“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró
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viernes, 9 de agosto de 2013

Fetichismo (parte 2): La Mercancía

En el apunte anterior hacía referencia a un libro Paul-Laurent Assoun sobre el Fetichismo, y reflexionaba en torno a la romería del fin de semana, y de cómo, aunque los católicos lo niegan, todo su rito de peregrinación y cumplimiento de promesas es un acto de fetichismo tal y como lo describió De Brosses. Fetichismo, cuando no idolatría. Algunas de las reacciones al apunte me han parecido algo simpáticas, porque las personas que me han escrito dicen que son creyentes a su manera. Eso me han dicho varios amigos y amigas para marcar distancia con el rito idolátrico oficial de la Iglesia Católica.

Pero digamos que esto del fetichismo se trata de hacer como si las cosas tuvieran propiedades o poderes que no tienen, eso es lo que ocurre en muchas de las personas que hicieron la romería y que profesan devoción a "La Negrita".

Ahora, intentaré explicar el renuevo que Marx le dio al fetichismo, para llegar a cómo estas formas del fetichismo se sintetizaron de forma notable en la romería. Para ello haré una breve disertación sobre eso que Marx llamó el fetichismo de la mercancía, y que a mi juicio es central para comprender la constitución de la subjetividad en estos tiempos que corren.

Marx en El Capital parte del análisis de la forma más simple de la riqueza: la mercancía. Y no es casual que inicie por ahí, pues se trata del elemento básico de la riqueza en la sociedad capitalista. Marx ve en la mercancía una toda una lógica, una genealogía, y explica que la mercancía no es un objeto simple, juega un papel activo, y tiene dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor, que son dos cosas distintas pero inherentes a la mercancía.

Esto resulta de primordial importancia en la teoría marxista de acumulación de capital, porque precisamente su metodología de análisis permite ver en lo concreto de un objeto, en su forma de mercancía, la historia que éste contiene, como objeto, el proceso de su producción encierra todo un cúmulo de conocimientos. Pero además, con su visión de totalidad hace visible las relaciones sociales que posibilitan la conversión de un objeto en un valor de uso y en un valor de cambio a través del trabajo humano – concreto y abstracto a la vez –, en mercancía.

El análisis dialéctico de Marx pone en su real contexto las relaciones económicas y sociales de las sociedades en donde impera el modo de producción capitalista. Lo importante de la metodología utilizada por Marx, es que en su análisis explica que la acumulación de Capital es parte del desarrollo histórico de las relaciones sociales, económicas y políticas de las sociedades, y que en este sentido no se trata de una relación natural.

El fetichismo del dinero, como veremos, es el producto de esta forma relaciones de poner en el centro de las relaciones económicas al dinero, como fin, y no como el medio del intercambio (forma de equivalente) que es.

Antes detengámonos a puntualizar el análisis que Marx hizo de la mercancía, para con ello dilucidar lo que en el parágrafo 4 del primer capítulo de El capital, Marx llamó El fetichismo de la mercancía, y que a mi juicio resulta de fundamental importancia para comprender cómo es que el capitalismo, a pesar de que claramente es un sistema destructivo, sigue sosteniéndose más allá de sus límites objetivos (es decir materiales) y se ha instalado como único sistema posible en la subjetividad, a fuerza de una naturalización en las relaciones sociales.

Empecemos por señalar que para Marx, en la relación de cambio, la mercancía juega un papel activo, y es el dinero el que sirve para “medir” el valor de la mercancía. El conocimiento de la economía proviene de la relación de cambio, y Marx ve en la mercancía que se vende, el objeto como tal. El dinero, ya lo veremos, es una mercancía peculiar que hace de equivalente entre todas las mercancías. Cuando Marx nos indica que en el modo de producción capitalista, la riqueza es un enorme cúmulo de objetos útiles, no sólo historiza esta riqueza, sino que además nos dice que en el modo de producción capitalista la producción gira en torno a la generación y multiplicación de estos objetos, que finalmente devendrán en capital.

Ahora bien, ese objeto que se ha denominado mercancía, nos explica Marx, se trata de un objeto exterior, modificado en su forma original (es decir se trata de un hecho histórico en tanto modificado por la mano – trabajo – humana, para ser más claro, es un objeto de la cultura), y que satisface necesidades humanas, deseadas o necesitadas, no importa, lo que importa es propiamente que satisfaga una necesidad. Ese objeto, se mencionó al inicio, se compone de dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor de cambio.

Cuando Marx habla del valor de uso se refiere al cuerpo propiamente del objeto, el objeto como cosa útil, producto del trabajo humano, y que no está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, no se refiere a una determinación de tipo cuantitativa, sino más bien cualitativa. No se debe perder de vista el valor de uso de los objetos porque debe considerarse la forma de producir y reproducir la vida.

Es decir, que con sólo el valor de uso los objetos no se convierten en mercancía, sino que además los objetos en tanto útiles pueden contener un otro valor, que se denomina valor de cambio. Pero a diferencia del valor de uso de los objetos, este valor de cambio no es natural de los objetos, no remite a la forma, se trata más bien de una convención social, una propiedad socialmente determinada, y esa determinación es cuantitativa. El valor de una mercancía sólo se puede expresar a través de otra mercancía, un objeto “a” se expresa en una cantidad determinada de un objeto “b”, se trata de una relación cuantitativa, porque en principio los objetos, aunque útiles, no son comparables. Se deduce con facilidad, que una condición necesaria para el intercambio es que los objetos sean diferentes. Cuando una persona se hace la pregunta por el valor de una mercancía “a” la respuesta se basa en el valor de “b”, y cuando se pregunta por el valor de “b” se tendrá que hacer referencia a la mercancía “a”. Y esto ocurre porque hay una suposición de que el objeto tiene un valor. Pero ese valor se expresa en el valor de uso de otra mercancía, el valor se hace visible a través de otra mercancía, por sí mismo el valor es invisible. No hay mercancía posible sin relación con otras mercancías, es ahí dónde se manifiesta el valor de cambio, una mercancía aislada es una ficción metodológica. Por tanto, no se trata de una propiedad natural inherente al objeto, en la relación de cambio da igual que su naturaleza sea distinta, son intercambiables siempre que tengan la misma proporción de valor. Y aunque cuando en lo cotidiano se hace abstracción del valor de uso y nos remitimos al valor de cambio (de forma irreflexiva, por puro uso común) sigue siendo condición necesaria para la posibilidad de cuantificación del valor el valor de uso.

Pero sí hay algo que es “igual” en estas mercancías, y es eso que llamamos valor: la magnitud del valor. No se igualan los valores de uso, sin embargo, como se mencionó, un objeto como cosa, es útil en tanto ha sido modificado de su estado natural (transformación de la naturaleza) por el trabajo humano, y que es lo que constituye la base para poder pensar el valor: la cantidad de trabajo. Es teniendo en cuenta el trabajo humano contenido en este objeto útil que se pueden igualar los objetos. Por tanto, la sustancia del objeto es el trabajo, mientras la magnitud del mismo es la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene, como unidad de medida. Es justamente (o más bien injustamente) el trabajo lo que no se ve en la mercancía, pero precisamente el trabajo humano es lo que hace que la mercancía pueda ser comparable con otra mercancía.

La mercancía, por tanto, es un producto del trabajo humano útil, concreto. Y este cúmulo de mercancía que componen la riqueza en el modo de producción capitalista es producto del trabajo social disponible, que se expresa como trabajo concreto (que produce objetos de forma particular) a través de la división social del trabajo – que se nos presenta como una red de productores privados autónomos e independientes –, y eso es lo que está de fondo en este cúmulo de mercancías.

Los productores privados se presentan al mercado a cambiar sus valores de uso (para otros, para el propietario se trata de un “no valor de uso”) en tanto son poseedores (dueños) de objetos, es en ese momento en que el valor de uso se transmuta en valor de cambio y “se igualan” los objetos, en tanto contienen la misma magnitud de valor, es decir, en tanto la sustancia misma del valor (el trabajo humano). El tiempo medio para producir un objeto es una imposición social. Y este trabajo medio es lo que se denomina trabajo abstracto.

El economista Hernán Alvarado en su libro Para descifrar el símbolo monetario y el fin del capital (1997), explica que “Es la mediación de un trabajo concreto lo que le imprime a la cosa una supranaturalidad, lo que la convierte en objeto, en una materialidad social, en un valor de uso; de la misma manera que es la medida de un “trabajo abstracto” lo que le imprime al objeto una supersociabilidad: un valor de cambio que lo convierte en mercancía”.

El valor es una relación social que busca el reconocimiento de la fracción del trabajo social, esto se establece a través de una relación con otra mercancía. Para ello es necesario una forma de equivalencia. En la forma equivalente el cuerpo de la mercancía “b” aparece como “alma” de la mercancía “a”, por tanto el valor se puede expresar a través de otros objetos que “prestan” su cuerpo. Y el trabajo concreto de “b” se expresa como trabajo abstracto en la mercancía “a”. Este trabajo concreto contenido en la mercancía “a”representa un trabajo privado que al enfrentarse a la mercancía “b” se presenta como trabajo social. Según Marx: “El cuerpo que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto de un trabajo útil, concreto. Esta trabajo concreto, pues, se convierte en expresión de trabajo abstractamente humano.”

Esto es lo que Marx denomina la Forma simple del valor: “La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía, se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo valor se ha expresado, cuenta única y directamente como valor de uso, mientras que la otra mercancía, aquella en que se expresa valor, cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis, contenida en ella, entre el valor de uso y el valor”. Otra forma de valor es la Forma desplegada o total del valor, en la que se puede establecer una relación con todos los objetos a través de una mercancía, es justo ahí cuando el valor muestra su naturaleza social.

En la Forma general del valor, los objetos establecen una relación con una mercancía que hará las de equivalente general:
“Una mercancía sólo alcanza la expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que ser una forma socialmente vigente”.
Todas las mercancías son comparables a través de una sola, el valor social está expresado a través de esta “tercera mercancía” para lograr calcular las magnitudes del valor de las mercancías. Esta “tercera mercancía” en su función de equivalente general, juega un papel exclusivo y excluyente para medir el valor de todas las demás mercancías, es un objeto simple, pero es un objeto común que las compara a todas y posibilita el intercambio, como medida de valor. En tanto es medio de intercambio permanece “invisible”, nadie pregunta por su valor, porque supone el valor de las otras mercancías, es un supuesto absoluto que no se expresa. Según Alvarado, la Forma dinero deriva de esta Forma general del valor:
“En cuanto valores los objetos se transforman en mercancías (...) se toman en cuenta dos características de esta forma del objeto: la primera, que en la relación mercantil los valores de uso equiparan sus magnitudes de valor, de esa equivalencia depende su vigencia histórica. Los objetos mercantiles se sujetan a la ley social con el rigor con que sus materiales se sujetan a la ley de la gravedad. La segunda, que el valor de cambio comporta, en la práctica, una realidad simbólica: su precio, o representación del valor en términos dinerarios. Sólo que aquí lo simbólico esta supeditado a la materialidad de equivalente: el precio se refiere al valor de la materialidad del oro, al dinero”.

Lo que Alvarado explica, es que lo simbólico queda supeditado a la materialidad del dinero, y que es precisamente esa supeditación lo que permite que considerar al dinero mercancía, puesto que hay un valor de uso que deviene en valor de cambio, y el objeto se manifiesta “sólo como una cantidad equivalente de otros valores de uso”. Y agrega: “La equivalencia es un caso de ambivalencia; dos magnitudes se sopesan y se equiparan, así se propicia el vínculo mercantil. La equivalencia es la ambivalencia en su punto de equilibrio, pues el valor de cambio supone la doble valencia de la mercancía y del dinero”. Para Marx, es la forma de dinero “... la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales.” Marx insiste en que se trata de un modo de pensar válido “... para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.

Es precisamente aquí cuando se produce un fenómeno con enormes consecuencias para el modo de producción capitalista, y que a mi juicio también tiene serias consecuencias en la subjetividad, y que de alguna forma viene a determinar la forma en que nos relacionamos, y determina en alguna medida el porqué hacemos lo que hacemos, y es lo que Marx denominó el Fetichismo de la mercancía. Es este momento en que el desarrollo de la producción capitalista se topó con la cuestión del fetichismo. Es justamente aquí cuando, según Paul-Laurent Assoun, el "rasgo fetíchico" se inscribe en el momento de la materia bruta de las cosas con su carácter de forma en el sistema de los intercambios, es decir, en donde la cosa parece animarse hasta llegar a la "autonomía" y se incorpora a la "danza de las mercancías". 

Es por esto que Assoun dice que Marx se torna en etnólogo del capitalismo moderno, porque en sus análisis de la mercancía señala que ésta es la forma visible e inasible de las relaciones sociales, porque en el intercambio las cosas pareciera que se relacionan entre sí, como si no se tratara de relaciones humanas. Esta forma de fetichismo expresa la ruptura entre el valor de uso y el valor de cambio, y la naturalización de las relaciones sociales, por lo que parece que son las cosas las que tienen un valor que no poseen, con una dinámica propia. Es como si los objetos tuvieran propiedades por ser mercancías, y olvidamos que se trata de productos del trabajo humano. Pero esto ocurre porque, las mercancías, al producirse de forma privada y de forma independiente, sus atributos sociales se manifiestan en el intercambio, ocultando las relaciones sociales que tiene de fondo, pareciera que las cosas se relacionan entre sí, como si no existiera historia dentro de las mercancías. Se trata del trabajo humano, y lo que determina la magnitud de valor es la cantidad del trabajo. 

Marx explica que cuando una persona trabaja para otra, ese trabajo adquiere también una forma social. En el intercambio, y nada más que ahí, nos dice Marx, es que los productos del trabajo adquieren una objetividad del valor, que es social, y que se separa de su “objetividad de uso”, se trata pues de una escisión del producto laboral devenido en cosa útil y cosa de valor, que se hace efectiva en la práctica y cuando las cosas se producen para el intercambio, porque ahí se tiene en cuenta el valor para que el intercambio sea posible. Marx agrega: “A partir de ese momento los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble carácter social”, y explica que los objetos satisfacen una necesidad socialmente determinada, con la que prueban la eficacia como partes del trabajo global, dentro de la división social del trabajo, pero además, esta producción de objetos útiles produce objetos dotados de valor susceptibles de ser intercambiados por otros objetos equivalentes en cuanto a su magnitud de valor: “La igualdad de trabajos toto cœlo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo abstractamente humano”.

Como explica Alvarado:
“El objeto es naturaleza transformada por el trabajo humano, lo que quiere decir relación de poder, intencionalidad, finalidad colectiva. No obstante, a menudo se atribuye al objeto propiedades que en sí no tiene y se omite, sospechosamente, el trabajo y su determinación: se le atribuye una plusrealidad, una segunda capa de sentido que recubre la funcionalidad original. Si no se distingue entre un objeto y una cosa natural, aunque ambos sean igualmente útiles, no se ve la mano humana, por ende no se puede delimitar lo real de la relación histórica. (...) en alguna parte se pierde así lo real del objeto. Lo curioso es que no se pierde el objeto sino su realidad histórica; el objeto sigue fungiendo en la práctica, pero ya no como lo que es, sino como otra cosa; como si la utilidad fuera refuncionalizada y puesta al servicio de otro orden, del orden arbitrario del fetiche, en el que se pervierte la realidad inicial del objeto. No obstante, al omitirse la naturaleza, el objeto será una metafísica; al olvidarse el trabajo será una cosa mítica; se esfuma así la objetividad de la cultura que lo originó. Esta operación mental consiste en aniquilar la realidad social del objeto, en omitir así la relación humana. Esta última pervive petrificada, como si fuera una cosa y no una dialéctica.” 
Marx lo que dice es que, al producirse de forma privada objetos que son socialmente útiles, se revela el carácter social del trabajo que los produce, y que justamente eso es lo que tienen de común las mercancías, que son objetos producto del trabajo humano, y en el mercado esta relación de trabajo, que es la que en el fondo produce el valor, se da de forma inconsciente, “No lo saben, pero lo hacen”, dice Marx. El valor no lleva escrito en la frente lo que es. Por el contrario, transforma a todo producto del trabajo en jeroglífico social. La relación social de las personas es transformada en un comportamiento social de cosas. Pero además como lo señala acertadamente Alvarado, se trata de una “relación de poder, intencionalidad, finalidad colectiva”, de una relación de explotación, en la que el capitalista se apropia del plusvalor producido por el obrero. Como “sospechosamente” se omite u olvida el trabajo contenido en la mercancía, la cosa se vuelve mítica y se oculta completamente la cultura que lo origina, la cultura de la irracionalidad capitalista, y a la vez inaugura el síntoma de la sociedad capitalista contenido en la producción de mercancías. Para el productor lo que interesa es cuánto valor ajeno obtendrá por el producto propio. La magnitud de valor cambia de forma constante y de forma independiente de la voluntad de los sujetos del intercambio, según Marx, “su propio movimiento social posee para ellos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de controlarlas”.

En ese sentido es que el método de análisis dialéctico de Marx permite ver que la sociedad burguesa genera en su modo de producción, el fetichismo, que se sostiene bajo una lógica perversa de explotación, y que se oculta bajo la figura de la mercancía. Pero además, pone de manifiesto que las actuales formas de relación social no son igualitarias, tal y como pretende la burguesía, y que no se trata del “Edén de los derechos humanos innatos”, sino que se trata de una sociedad en la que la desigualdad se disfraza de igualdad a través de la relación económica en la dialéctica del intercambio de mercancías. Esta ley de equivalencia del intercambio, según Alvarado, es una operación mental, donde lo distinto aparece como si fuera lo mismo, como si las cosas se cambiaran de forma proporcional (ya veremos cómo esto no es posible), que esta equivalencia “es una utopía mercantil”. En una nota al pie de página de El Capital, Marx lo explica de esta forma: “Lo que caracteriza, pues, a la época capitalista es que la fuerza de trabajo reviste para el obrero mismo la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo la forma de trabajo asalariado…”. Alvarado sostiene que el trabajo en la sociedad capitalista se convierte en una actividad que desconoce lo subjetivo del sujeto que lo realiza, se trata de una ideología que no soporta lo específicamente humano, lo diferente, lo inconmensurable: “... Por eso cabe afirmar que el intercambio de objetos está fundado en una ficción que sostiene eficientemente un fetiche: la mercancía. Fetiche sobre el que pesa una mentira: la ley de equivalencia, o sea, la ley que toma lo diferente por lo mismo, que instaura la violencia simbólica de la medida, el totalitarismo del valor”.

Pero además de ocultar una relación de producción perversa, en donde se genera un sinrazón (el proletario y la exclusión), se impone como afirma Alvarado un totalitarismo del valor, que se instaura en la subjetividad, y que es finalmente lo que hace que el mismo sistema se mantenga a pesar de las contundentes pruebas de su propia disfuncionalidad:
“El intercambio que hace mercancía al objeto es, por otra parte, un proceso social que multiplica los usos y necesidades. Una instancia que acelera en progresión creciente la producción/consumo de objetos. La forma mercantil es un primer acelerador de ese proceso universal de objetivación o de transformación de la naturaleza en objeto, de la lógica general de cosificación, que termina siendo, para el sujeto, el mismo proceso de su enajenación.”
Tras esta extensa reflexión en torno al carácter fetichista de la mercancía, y en cómo efectivamente, ésta se convierte en síntoma del capitalismo, finalizo mencionando un detalle que me llamó poderosamente la atención de la romería pasada, y que no pasó inadvertida por mucha gente (y que demás dio origen a esta serie de apuntes sobre el fetichismo), es la foto de la Basílica por dentro:


Las marcas, según Naomi Klein en un interesantísimo libro titulado No Logo, han llegado a sustituir o al menos convertirse en algo similar a las mercancías, en algunos casos las mercancías "valen" por el simple hecho de tener un logo. Es decir, que "el capitalismo" ha dado un salto en las producción de fetiches, y las marcas pueden sustituir en alguna medida a los objetos (y su producción) al punto de que ya no es necesario el objeto como tal, sino su representación, que en este caso sería la marca. Es una inversión bastante interesante de lo que sucede con el fetiche religioso, que sí requiere del objeto. 

En todo caso, los fetiches a lo interno de la Basílica se sintetizan en el "pasillo de la fe", nótese el simbolismo de entrar de rodilla al santuario estando rodeado de marcas comerciales. No deja de ser una ironía que en el supuesto espacio sagrado se conjuguen tantos fetiches, primitivos y modernos. Pero lo que más me llama la atención es que la gente sea tan irreflexiva y no pueda ver a los mercaderes absolutamente metidos en el templo, por eso precisamente es que es tan importante el análisis Marxista de la mercancía, que devela el carácter social de la producción capitalista. Por eso es que Marx analiza el objeto básico de la producción, porque encierra y a la vez oculta todo el proceso de producción, es decir las relaciones de poder. Y esas relaciones de poder no es casual están presentes en ese acto religioso, la gente encandilada por el brillo de la mercancía no ve lo que ocurre frente a sus narices, este acto de fe, es precisamente lo que sostiene al fetiche religioso, este acto de fe también es lo que sostiene al capitalismo. La romería es un claro ejemplo de ello. 

El próximo apunte, analizará cómo efectivamente en este "acto de fe" el poder político también hizo su juego, aunque por supuesto como es la tónica en el gobierno de la Chinchilla, les salió un poco mal. Hasta aquí por hoy, que me extendí demasiado.

miércoles, 26 de junio de 2013

Nuestro derecho a la huelga

No sé si alguien cree que eso de la lucha de clases es una invención de un viejo barbudo que se murió hace poco más de siglo y medio, o que eso quedó enterrado con la URSS; si es así esa persona está muy equivocada. Si algo nos ha mostrado este gobierno, es que la lucha de clases existe, y que se hace con mucha fuerza desde arriba hacia abajo. ¿No es acaso evidente que este es el gobierno de los empresarios? ¿No es evidente acaso que esos empresarios que han tomado el poder gobiernan para sí mismos? ¿no es más que evidente que buscan reformar todo el aparato estatal para sacar mayor ganancia a costa de la fuerza de trabajo? ¿No dice nada acaso que este es el país de Latinoamérica donde más rápidamente se concentra la riqueza? ¿Es que acaso tanto chorizo no es un seña inequívoca de que quieren sacarnos hasta los ojos para seguir con la fiesta? El gobierno de Costa Rica, independientemente de si es el PLN o el PUSC, es el gobierno de los ricos, de los empresarios, y ese gobierno sirve para sostener los buenos negocios, la generación de capital que se acumula en pocas manos, a partir de los muchísimas manos que producen día tras día esa riqueza.



Por eso es que una de las herramientas fundamentales que tenemos como trabajadores, como trabajadoras, es la huelga. El derecho a parar la producción y la circulación de mercancías es clave para generar presión a esos dueños que se enriquecen con nuestro trabajo. Por eso es que le tienen tanto miedo a la huelga, porque interrumpe el ciclo de reproducción del capital. También por eso es que los capitalistas (es decir los dueños de los medios de producción) pugnan y presionan al gobierno para que se suprima el derecho a la huelga, es por eso que en nuestro país están prohibidos los sindicatos en el sector privado. Es por eso esa campaña un día sí y otro también contra ese instrumento de organización política que es el Sindicato.



Ahora, ¿son el Sindicato y la huelga las únicas herramientas de lucha? Por supuesto que no, pero son importantes, porque parar la producción es una herida profunda para el sistema. Por ejmplo, cuando hay una parálisis de la producción y de la circulación de mercancías el gobierno sale apurado a "informar" sobre las pérdidas. Como si las pérdidas fueran para todos de forma directa y por igual. Claro que en primera instancia el que pierde es el capitalista, también hay que reconocer que en segunda y tercera instancia hay otras afectaciones, pero la principal es para el capitalista. Esas otras afectaciones ocurren porque el PIB y la economía como tal están ligadas a la producción y a eso que denominan el crecimiento económico, que no es otra que el ciclo de reproducción del capital. Que nos hacen creer que es la única forma en que la economía puede funcionar, y que una parálisis de la producción nos hace perder a todos.



Es precisamente por eso que el poder le teme tanto a las huelgas, es por eso que los gobiernos, que los capitalistas, buscan constantemente dividir al movimiento obrero, es por eso también que la batalla se instala en el campo de lo ideológico. Es por eso que las huelgas son reprimidas brutalmente.

El capitalista sabe que en esta sociedad, en la que trabajadores y trabajadoras tienen que vender su Fuerza de Trabajo para sobrevivir - esto que se denominó el Reino de la Necesidad -, el trabajador es la parte débil de la relación, aunque la Constitución Política establezca el derecho a cambiar de trabajo cuando "uno quiera" se trata de una ilusión cuando la realidad manda que hay que comer. Es decir, tenemos la ilusión de una libertad que es sometida a un principio de realidad, al reino de la necesidad, y cuando hay necesidad, no hay libertad posible. Esto lo sabe el patrono y juega con ello. Es precisamente por eso que la fuerza de los trabajadores estriba en la posibilidad de unirse y juntos hacer presión sobre el patrón. Y se hace presión, a través de la paralización de la producción y la circulación de las mercancías.



Para eso es que sirven las huelgas. Por eso es que para el gobierno de los empresarios la huelga nunca es oportuna, nunca es el momento para una huelga, por eso es que cuando hay huelga se lanzan violentamente a señalar "los daños" que provoca la huelga, y muchas veces se lanzan a reprimirlas. Justamente por eso es que en este país nunca hay "huelgas legales". Por eso no es de extrañar el titular del periódico de Tibás: "Paro Nacional afectó a conductores, pacientes y turistas", y ojo que lo llaman "paro". Por eso es que la Chinchilla agradece a quienes no salieron a manifestarse. Con esto Chinchilla se asemeja más al franquista Mariano Rajoy que a Mujica. Roverssi, nuevo ministro de propaganda, hizo esa absurda comparación con Mujica, no hay palabras.

Miles de personas salieron hoy a las calles en todo el país, nadie, absolutamente nadie puede ocultar que la jornada de lucha de hoy se extendió por todo el país. Compañeros de Guanacaste reportan que desde el Combo en el año 2000, no había tanta gente manifestándose en Liberia. En Limón la jornada también multitudinaria, como también lo fue la marcha en Cartago, en Heredia, Alajuela y Occidente. Las razones son muchas, y sólo el gobierno las ignora. Porque es un gobierno prepotente y corrupto, que ha gobernado con total cinismo.



Es mucha la molestia que hay en nuestro país. No conozco a nadie que defienda ya a este gobierno corrupto. El gobierno está solo, y ya hasta las ratas han abandonado el barco. Pero es que además, esto es el cúmulo de 30 años de neoliberalismo, de eso que Francisco Chacón denomina un éxito y llama "modelo país". El país no aguanta ya tanto saqueo, tanto descaro con las instituciones públicas y ya tira el tapón. Estoy seguro que miles y miles de costarricenses se habrían sumado hoy a a huelga si no fuera porque perderían su trabajo al sumarse, por el miedo, porque lo sindicatos y la organización de trabajadores está prohibida en el sector privado.

Estamos en un momento clave en la historia del país, y las manifestaciones en el mundo están a la orden del día, exigiendo exactamente lo mismo que nosotros, más participación en la toma de las decisiones, más inversión pública, un gobierno para todos y no solo para el capital, cero corrupción, no más recortes. En nuestro país, el malestar es más que evidente, sólo el gobierno "no lo ve", y no lo ve simplemente porque no le importa, creen que pueden gobernar alejados de la gente. Mientras Dilma Russef enfrenta la movilizaciones convocando a una constituyente y entablando diálogo, Chinchilla dice no entender porqué la gente sale a al calle.

En este momento clave que vivimos es más que necesario unirnos, tener la posibilidad de hablarnos, pero sobretodo en convertirnos en interlocutores de la gente, y para eso es necesario salir a la calle, salir a los barrios, ir a las fábricas, a todos los centros de trabajo, y hablar con la gente. Es indispensable conseguir que toda esa gente también se movilice. Será posible sólo si hablamos con la gente. Y si todos paramos el país, que es el golpe, el punto de inflexión que requiere este país para construir otra Costa Rica. Pero ese hablar con la gente implica construir propuestas que den respuesta a esas grandes y pequeñas necesidades de las mayorías, desde sus necesidades. Si tenemos esa capacidad lograremos cambiar este país.



Las huelgas son esa oportunidad para mostrar el cinismo del gobierno, pero son también una oportunidad perfecta para dialogar con la gente, esa oportunidad se construye y se construye en la preparación de la huelga, generando las condiciones para que la paralización sea total. Hay que dar ese salto fundamental, hay condiciones suficientes, hay hartazgo, hay malestar. Por eso le tienen tanto miedo a la huelga. Por eso la satanizan, porque es nuestra herramienta de presión, y si logramos que esa herramienta se combine con toda la diversidad del movimiento social se convierte en una fuerza imparable.



Los sindicatos deben comprender que la unidad es la única posibilidad de triunfo, y que además, hoy, el sindicato no es el único actor social de lucha, que no es el sujeto revolucionario único, aunque muy importante, que hay otros actores y actrices fundamentales y que todas otras luchas y reivindicaciones que trascienden los meramente económico son importantes en la transformación social.

Por eso el llamado que hace este Parcial Irrescatable es a construir, a preparar una huelga nacional que paralice todo, que pare la producción, y que sea capaz de asestarle un golpe mortal al gobierno corrupto que tenemos. Las condiciones están, pero hay que esforzarse mucho para lograr canalizar todos esos malestares. La Jornada de este 25 de junio fue éxito, pero nos falta mucho más.



miércoles, 15 de junio de 2011

El "valor" del dinero ... y la explotación minera en Crucitas (I)


¿Cuánto cuesta un colón*? La respuesta siempre refiere al dólar. Y cuando uno se pregunta cuánto cuesta un dólar... pues... ya no puede responder con toda propiedad que cierta cantidad de oro... como se solía hacer. Desde hace muchos años el "valor" del dinero se separó del patrón-oro, lo que ha dejado más en evidencia (no para todos he de decir) lo arbitrario del "valor" de la moneda.
Porque resulta que el dinero no tiene ningún valor en sí mismo, como tampoco lo tiene ninguna otra mercancía. El dinero sirve para hacer de equivalente entre dos objetos que en sí mismos no tienen tienen ningún "valor". 
Pero empecemos por señalar que en la relación de cambio la mercancía juega un papel activo, y es el dinero el que sirve para “medir” el valor de la mercancía, el conocimiento de la economía proviene de la relación de cambio, y Marx ve en la mercancía que se vende, el objeto como tal. El dinero, ya lo veremos, es una mercancía peculiar que hace de equivalente entre todas las mercancías.

Ahora bien, ese objeto que se ha denominado mercancía, se trata de un objeto exterior, modificado en su forma original (es decir se trata de un hecho histórico en tanto modificado por la mano – trabajo – humana, es decir, es un objeto de la cultura), que satisface necesidades humanas, deseadas o necesitadas, no importa, lo que importa es propiamente que satisfaga una necesidad. Ese objeto se compone de dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor de cambio.

El valor de uso se refiere al cuerpo propiamente del objeto, el objeto como cosa útil, producto del trabajo humano, y que no está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, no se refiere a una determinación de tipo cuantitativa, sino más bien cualitativa. Ahora bien, con sólo el valor de uso los objetos no se convierten en mercancía, sino que además los objetos en tanto útiles contienen un otro valor, que se denomina valor de cambio.

Pero a diferencia del valor de uso de los objetos, este valor de cambio no es natural de los objetos, no remite a la forma, se trata más bien de una convención social, una propiedad socialmente determinada, y esa determinación es cuantitativa. El valor de una mercancía sólo se puede expresar a través de otra mercancía, un objeto “a” se expresa en una cantidad determinada de un objeto “b”, se trata de una relación cuantitativa, porque en principio los objetos, aunque útiles, no son comparables. Se deduce con facilidad que una condición necesaria para el intercambio es que los objetos sean diferentes. Cuando una persona se hace la pregunta por el valor de una mercancía “a” la respuesta se basa en el valor de “b”, y cuando se pregunta por el valor de “b” se tendrá que hacer referencia a la mercancía “a”. Y esto ocurre porque hay una suposición de que el objeto tiene un valor. Pero ese valor se expresa en el valor de uso de otra mercancía, el valor se hace visible a través de otra mercancía, por sí mismo el valor es invisible. No hay mercancía posible sin relación con otras mercancías, es ahí dónde se manifiesta el valor de cambio, una mercancía aislada es una ficción metodológica. Por tanto, no se trata de una propiedad natural inherente al objeto. En la relación de cambio da igual que su naturaleza sea distinta, son intercambiables siempre que tengan la misma proporción de valor. Y aunque, cuando en lo cotidiano, se hace abstracción del valor de uso y nos remitimos al valor de cambio (de forma irreflexiva, por puro uso común) el valor de uso sigue siendo condición necesaria para la posibilidad de cuantificación del valor.

Sin embargo, sí hay algo que es igual en estas mercancías, y es eso que llamamos valor: la magnitud del valor. No se igualan los valores de uso, pero, como se mencionó, un objeto como cosa, es útil en tanto ha sido modificado de su estado natural (transformación de la naturaleza) por el trabajo humano, y que es lo que constituye la base para poder pensar el valor: la cantidad de trabajo. Es, teniendo en cuenta el trabajo humano contenido en este objeto útil, que se pueden igualar los objetos. Por tanto, la sustancia del objeto es el trabajo, mientras la magnitud del mismo es la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene, como unidad de medida. Es justamente (o más bien injustamente) el trabajo lo que no se ve en la mercancía, pero precisamente el trabajo humano es lo que hace que la mercancía pueda ser comparable con otra mercancía.

La mercancía, por tanto, es un producto del trabajo humano útil, concreto. Y este cúmulo de mercancías que componen la riqueza en el modo de producción capitalista es producto del trabajo social disponible, que se expresa como trabajo concreto (que produce objetos de forma particular) a través de la división social del trabajo – que se nos presenta como una red de productores privados autónomos e independientes –, pero que es lo que está de fondo en este cúmulo de mercancías. Los productores privados se presentan al mercado a cambiar sus valores de uso (para otros, para el propietario se trata de un “no valor de uso”) en tanto son poseedores (dueños) de objetos, es en ese momento en que el valor de uso se transmuta en valor de cambio y “se igualan” los objetos, en tanto contienen la misma magnitud de valor, es decir, en tanto la sustancia misma del valor (el trabajo humano). El tiempo medio para producir un objeto es una imposición social. Y este trabajo medio es lo que se denomina trabajo abstracto.

Para el economista Hernán Alvarado “Es la mediación de un trabajo concreto lo que le imprime a la cosa una supranaturalidad, lo que la convierte en objeto, en una materialidad social, en un valor de uso; de la misma manera que es la medida de un “trabajo abstracto” lo que le imprime al objeto una supersociabilidad: un valor de cambio que lo convierte en mercancía”

Entonces, el valor es una relación social que busca el reconocimiento de la fracción del trabajo social, esto se establece a través de una relación con otra mercancía. Para ello es necesario una forma de equivalencia. En la forma equivalente el cuerpo de la mercancía “b” aparece como “alma” de la mercancía “a”, por tanto el valor se puede expresar a través de otros objetos que “prestan” su cuerpo. Y el trabajo concreto de “b” se expresa como trabajo abstracto en la mercancía “a”. Este trabajo concreto contenido en la mercancía “a”representa un trabajo privado que al enfrentarse a la mercancía “b” se presenta como trabajo social. Como explica Marx en El Capital: “El cuerpo que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto de un trabajo útil, concreto. Esta trabajo concreto, pues, se convierte en expresión de trabajo abstractamente humano.”

Esto es lo que Marx denomina la Forma simple del valor: “La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía, se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo valor se ha expresado, cuenta única y directamente como valor de uso, mientras que la otra mercancía, aquella en que se expresa valor, cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis, contenida en ella, entre el valor de uso y el valor”. Otra forma de valor es la Forma desplegada o total del valor, en la que se puede establecer una relación con todos los objetos a través de una mercancía, es justo ahí cuando el valor muestra su naturaleza social.

En la Forma general del valor, los objetos establecen una relación con una mercancía que hará las de equivalente general:

“Una mercancía sólo alcanza la expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que se una forma socialmente vigente”

Todas las mercancías son comparables a través de una sola, el valor social está expresado a través de esta “tercera mercancía” para lograr calcular las magnitudes del valor de las mercancías. Esta “tercera mercancía” en su función de equivalente general, juega un papal exclusivo y excluyente para medir el valor de todas las demás mercancías, es un objeto simple, pero es un objeto común que las compara a todas y posibilita el intercambio, como medida de valor. En tanto es medio de intercambio permanece “invisible” nadie pregunta por su valor, porque supone el valor de las otras mercancías, es un supuesto absoluto que no se expresa.

La Forma dinero deriva de esta Forma general del valor, Hernán Alvarado lo explica de la siguiente manera:
“En cuanto valores los objetos se transforman en mercancías (...) se toman en cuenta dos características de esta forma del objeto: la primera, que en la relación mercantil los valores de uso equiparan sus magnitudes de valor, de esa equivalencia depende su vigencia histórica. Los objetos mercantiles se sujetan a la ley social con el rigor con que sus materiales se sujetan a la ley de la gravedad. La segunda, que el valor de cambio comporta, en la práctica, una realidad simbólica: su precio, o representación del valor en términos dinerarios. Sólo que aquí lo simbólico esta supeditado a la materialidad de equivalente: el precio se refiere al valor de la materialidad del oro, al dinero.” (Alvarado, 1997, p. 46).

Según el mismo Alvarado, lo simbólico queda supeditado a la materialidad del dinero, y que es precisamente esa supeditación lo que permite que considerar al dinero mercancía, puesto que hay un valor de uso que deviene en valor de cambio, y el objeto se manifiesta “sólo como una cantidad equivalente de otros valores de uso”, y agrega: “La equivalencia es un caso de ambivalencia; dos magnitudes se sopesan y se equiparan, así se propicia el vínculo mercantil. La equivalencia es la ambivalencia en su punto de equilibrio, pues el valor de cambio supone la doble valencia de la mercancía y del dinero”. Es la forma de dinero “... la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales”, Marx insiste en que se trata de un modo de pensar válido “... para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.

Es precisamente aquí cuando se produce un fenómeno con enormes consecuencias para el modo de producción capitalista, y que a mi juicio también tiene serias consecuencias en la subjetividad, y que de alguna forma viene a determinar la forma en que nos relacionamos, y determina en alguna medida el porqué hacemos lo que hacemos, lo que Marx denominó el Fetichismo de la mercancía.

En palabras de Marx:

“La primera peculiaridad que salta a la vista cuando se analiza la forma de equivalente es que el valor de uso se convierte en la forma en que se manifiesta su contrario, el valor.
La forma natural de la mercancía se convierte en forma de valor. Pero obsérvese que ese quid pro quo [tomar una cosa por otra] sólo ocurre, con respecto a una mercancía B (chaqueta o trigo o hierro, etc.) en el marco de la relación de valor que enfrenta con otra mercancía A cualquiera (lienzo, etc.); únicamente dentro de los límites de esa relación. Como ninguna mercancía puede referirse a sí misma como equivalente, y por tanto tampoco puede convertir a su propia corteza natural en expresión de su propio valor, tiene que referirse a otra mercancía como equivalente, o sea, hacer de la corteza natural de otra mercancía su propia forma de valor.”
En este párrafo Marx nos advierte la inversión que se opera en la mercancía equivalente, cuando el valor de uso se transforma en valor, que es su contrario. Hay una transmutación de una forma natural a otra forma opuesta, y eso sólo es posible en la relación entre mercancías, una mercancía por sí misma no puede efectuar esta operación de inversión, se trata pues de una relación social entre las cosas, un tomar una cosa por otra en la relación de los objetos. Dice Marx que las mercancías “... no bien entra entra en escena como mercancía, se transmuta en cosa sensorialmente suprasensible”. Pareciera entonces que en su forma de equivalente general, las mercancías tuvieran un carácter místico. Y este carácter místico de la mercancía no deriva, por tanto, de su valor de uso. Para Marx:

“Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio de este quid pro quo [tomar una cosa por otra] como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o sociales.”

La forma de mercancía y el valor no tienen nada que ver con la naturaleza física “... ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de un elación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquellos” (op. Cit.; p. 89). Este fetichismo, pues es inherente al modo de producción capitalista. Para Paul-Laurent Assoun “La fetichización se advierte por ese pasaje de las “relaciones humanas” a las “relaciones de las cosas entre sí” – “reificación” que justifica la analogía del mundo económico con “la región nebulosa del mundo religioso” –.”

En Palabras de Marx esa analogía con la religión, donde:

“... los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil.
Ese carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el análisis precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que produce mercancías.
Si lo objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. (...) Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio (...) por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”.

Luego de esta reflexión teórica (más extensa de lo que quisiera), vuelvo sobre la pregunta inicial, sobre el valor de la moneda. Y ya hemos visto que en sí mismo el dinero no tiene ningún valor, como tampoco lo tiene el oro, que durante muchos años ocupó el lugar de equivalente, y durante otros tantos, el de respaldo del dinero.

Esta reflexión puede parecer absolutamente ociosa, sino fuera porque en Costa Rica la compañía transnacional minera Infinito Gold y el Estado costarricense pretenden hacer un enorme hueco en la zona norte del país para extraer oro. Las ilegalidades en que ha incurrido la empresa, y el mismo gobierno, son muchas, tantas que el Tribunal Contencioso Administrativo se trajo abajo el contrato con esta empresa canadiense. Y lo que se puede apreciar a la luz de la reflexión sobre el valor de las mercancías, en especial de la mercancía dinero, es que el gobierno costarricense está encandilado con el brillo del oro.

Y en este sentido, la pregunta que cabe no es por el valor del dinero (que insisto no vale nada en sí mismo), sino la pregunta correcta es ¿qué vale más el oro o los ecosistemas del bosque primario de Crucitas? ¿vale más el oro que la vida de cientos de especies animales (algunas de ellas en peligro de extinción) y vegetales (algunas de ellas en peligro de extinción)? Para el gobierno antiecológico de Costa Rica la respuesta es clara: el oro que se llevará la empresa canadiense.

Volveré en un par de días sobre el tema de Crucitas y la explotación minera en Costa Rica, ya me extendí demasiado.


* Moneda de curso legal en Costa Rica

Textos citados en este apunte:
Alvarado, Hernán; Para descifrar el símbolo monetario y el fin del capital. Editorial Fundación UNA, Heredia, Costa Rica, 1997.

Assoun, Paul-Laurent; El fetichismo. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires, 1997.

Marx, Karl; El Capital. Crítica de la economía política. Siglo XXI Editores, Argentina, 2006.



domingo, 22 de mayo de 2011

Antes llegará el fin del mundo....

Yo también me siento indignado. Desde hace mucho tiempo me siento así. Me siento cabreado y molesto con el estado de las cosas, con esta realidad, que por ratos se me hace insoportable. Y de cuando en cuando, me pregunto si es la única posible. No lo creo. Pero sí creo que para cambiar nuestra realidad habrá que hacer muchas cosas y muchos esfuerzos.

Pasa que pensamos y que aceptamos con total naturalidad que el mundo se pueda "acabar" mediante una catástrofe. Es más, estamos seguros de ello, y creemos que la naturaleza nos pasará factura por el grave daño ambiental que como colectivo le infringimos, es posible  que así sea. Pero lo que más me sorprende de esto, que insisto es toda una posibilidad, es que lo creamos más posible que una transformación radical del modo de producción. O sea, nos es más aceptable la idea de la extinción de la humanidad que la idea de la transformación. Cada vez que se introduce la idea de la transformación hay todo tipo de justificaciones, desde que es imposible, hasta la naturaleza del ser humano es así y no se puede cambiar, cosas por el estilo. El caso es que para la mayoría es claro que la naturaleza no aguanta más este nivel de explotación del planeta.

Lo que no parece claro para todo el mundo, es que eso es resultado de un modo de producción concreto, y que eso se llama capitalismo. El capitalismo en su lógica es bastante sencillo, aunque su forma actual sea tan compleja. ¿De qué trata el capitalismo? Pue sencillo, de acumular capital a partir de la producción de cosas, mercancías que llaman.  Para que algo sea mercancía debe ser un objeto útil (valor de uso) que pueda ser intercambiable por otro objeto (valor de cambio). Ahora bien resulta que en la sociedad actual las cosas no se producen para ser útiles, sino para ser intercambiadas, para generar acumulación, y entonces eso ha derivado en que las cosas que consumimos hoy día, tengan una fecha de caducidad programada, con el simple objetivo de que tengamos que consumir un objeto similar en un periodo corto. Las compañías se encargan de hacernos creer luego que necesitamos ese nuevo objeto porque el anterior ya era obsoleto. Y así entramos en una esfera "infinita" de producción-consumo de cosas  como si la naturaleza se regenerara a la misma velocidad. Estamos entonces atrapados en una esfera de consumo irracional que es la que precisamente provoca la destrucción de la naturaleza, esto a cambio de que los capitalistas (unos pocos, que son los dueños de las fábricas y de los bancos) acumulen riqueza. Este es el primer aspecto de esta espiral destructiva, el lado de la producción: la primacía del valor de cambio, ignorando el valor de uso, o lo que los economistas ("sabios" gurús de nuestro tiempo) llaman crecimiento económico, es decir, producir cada vez más (lo medimos año con año). Ya hemos escuchado que la economía decrece, y que eso produce desempleo, la desaceleración económica es por lo tanto mala, y para que haya aceleración económica debe haber consumo, sin consumo no hay producción sostenible para el capitalista. Recordemos que la motivación última del capitalista no es otra que la acumulación de capital.

Luego está la otra dimensión, la social, que aunque es otra, está íntimamente ligada a la esfera productiva. No es la misma, ni se manifiesta en el mismo plano, de hecho una oculta a la otra. Me explico. Cuando las cosas se intercambian unas por otras, pareciera que las cosas tienen un valor intrínseco, natural, cuando en realidad el valor que tienen (o deberían tener) es que son cosas útiles. Por un momento pareciera que el dinero encierra el valor de las cosas y que podemos ponerle precio a todo, cuando en realidad el dinero es simplemente una mercancía que juega las veces de equivalente, y que en sí mismo no tiene ningún valor. Dicho de otro modo, el valor del dinero es una convención social que nos permite intercambiar cosas que son físicamente distintas, e incomparables entre sí, salvo por un pequeño aspecto, contienen trabajo humano en su producción. Sin embargo, en la relación social esto queda opacado por el "brillo" del dinero, porque este "brillo" hace parecer que las cosas tienen un valor en sí mismo, y que son las cosas que se relacionan entre sí, ocultando con ello la relación social que está detrás. Nunca o casi nunca nos detenemos a pensar en esto. Esto es lo que Marx llamó el fetichismo de la mercancía.

Esto no es meramente anecdótico, porque nos lleva a pensar cómo es que es posible que no aceptemos que las cosas puedan cambiar, o que pensemos que el mundo es naturalmente así, y que no nos preguntemos si esta conducta individualista de la sociedad occidental es más bien producto de una lógica que privilegia la acumulación de cosas sobre el bienestar colectivo. ¿Qué tal si hubiésemos crecido en un tipo de sociedad distinto en el que lo individual estuviera supeditado al bienestar colectivo? Y hago la pregunta sin pretender suprimir la subjetividad e individualidad en pro de lo colectivo, solo cuestiono si lo colectivo no requiere otro lugar, y si ese lugar fuera parte de la cultura no sería diferente la sociedad.

Lo que lleva a la cuestión de fondo. En momentos en que en España miles de personas se han tomado las plazas, desafiando precisamente al sostén político del capital, o sea, al Estado y sus aparatos, reclamando una verdadera democracia. Muchos de los carteles que he podido ver, contienen reclamos a la forma en que está estructurada la economía. Por ejemplo, uno de los carteles decía algo así como no puede haber una verdadera democracia si no hay democracia económica. Lo que lleva inmediatamente a preguntarnos por la forma en que producimos, y por el tipo de democracia en la que vivimos, que sirve precisamente para que el modelo de producción capitalista se sostenga.

Estoy seguro, convencido, de que el malestar que vivimos y que se ha expresado en España, Portugal, Gracia, Irlanda, y con especial fuerza ciudadana, en Islandia tiene que ver con el malestar por la forma en que se produce, pero sobre todo en la forma que esto se expresa. Nuevamente, en la forma hay un fondo oculta, bajo la forma de una democracia formal, lo que hay es un autoritarismo que sostiene la explotación bajo formas sutiles, y en la que creemos hay una relación de igual a igual, cuando lo que en realidad es una lucha desigual porque ocupamos lugares que son construcciones socio-históricas que generan ventajas a unos pocos, pero que creemos que se llama democracia. Justamente esta es la crítica al sistema, y un cartel lo expresaba con toda claridad: "No somos antisistema, el sistema es antonosotros", se trata de una crítica profunda al modelo de producción, aunque muchos no lo tengan claro. Y que por eso es que aceptamos el "fin del mundo" antes que el fin del capitalista.

Ya volveré sobre el tema del crecimiento económico, y sobre este "malestar de la democracia". Les dejo ahí la reflexión esperando que provoque algo, aunque sea una puteada.

lunes, 10 de enero de 2011

Nuestra "feliz inclusión" en la lógica explotadora que nos consume en el consumo.



A lo largo de su extensa obra Marcuse desarrolla una crítica radical a la sexualidad sobrerrepresiva y su deformación en la sociedad capitalista, además de una crítica no menos radical a la sociedad industrial y su unidimensionalidad, la cultura, el arte, la agresividad y la violencia, la tolerancia represiva, la economía; al punto que plantea una ruptura absoluta con el sistema como posibilidad de liberación.

Con relación a lo anterior, vale decir que para Marcuse la promesa de liberación de la alienación y la constitución de una sociedad no represiva no se ha realizado, por el contrario, los procesos de dominación y alienación se profundizan. Para Marcuse “la intensificación del progreso parece estar ligada con la intensificación de la falta de libertad”. Desde 1953, Marcuse señalaba que la dominación y la explotación aumentaban en dimensión y eficacia, y que esto no se debía a un accidente del sistema capitalista. Éstas (la explotación y la dominación) son inherentes al sistema, es la “utilización irreprimida de los logros de la ciencia moderna, la técnica y la dominación. Y la más efectiva subyugación y destrucción del hombre por el hombre se desarrolla en la cumbre de la civilización, cuando los logros materiales e intelectuales de la humanidad parecen permitir la creación de un mundo verdaderamente libre.” (Marcuse, 2001, p. 18).

En el trabajo ”los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta identificación no es una ilusión, sino realidad (...) la realidad constituye un estado más avanzado de la alienación. Ésta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada (...) la “falsa conciencia” de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia” (Marcuse, 1995, p. 41). La sociedad industrial, al hacer suya la tecnología y la ciencia, organiza cada vez con mayor efectividad el dominio, “la racionalidad tecnológica revela su carácter político a medida en que se convierte en el gran vehículo de una dominación más acabada...” (op. Cit., p.48), la industrialización, la alta productividad y el avance de la tecnología, lejos de producir la reducción del trabajo y el desarrollo y satisfacción de las necesidades se utiliza para “la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades” (op. Cit., p. 48), tal y como ya lo había develado Marx en el primer tomo de El Capital.

Desde la perspectiva de Marcuse la única posibilidad de liberación es la ruptura total con el sistema, el avanzar hacia formas de liberación no conocidas hasta el momento. No hay negociación posible con el capitalismo, lo que propone es la destrucción del sistema capitalista como tal, lo cual a la fecha, evidentemente es una tarea inconclusa. La sociedad capitalista pese a sus contradicciones internas mantiene su carácter unidimensional y ha tenido la capacidad de integrar todas sus fuerzas hostiles en un continuo unificado, por lo que las proposiciones de Marcuse siguen tan vigentes como cuando escribió Eros y Civilización.

Marcuse encuentra en Freud la base psicológica que servirían de apoyo y complemento al marxismo. Y es en El Malestar en la Cultura, donde Marcuse halla la base para la crítica de la sociedad excesivamente represiva, pero sobre todo para sus planteamientos de una sociedad libre.

En El Malestar en la Cultura, Freud analizaba el peso de lo cultural sobre el accionar humano, pero sobre todo en la imposibilidad de alcanzar la felicidad. Freud menciona tres fuentes de dónde proviene nuestro penar: “la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad” (1999, p. 85), según Freud: “se descubrió que el ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y de ahí se concluyó que suprimir esas exigencias o disminuirlas en mucho significaría un regreso a las posibilidades de dicha”, es decir, ya Freud estaba señalando la imposición de la cultura occidental (podríamos decir también imposición del principio de realidad) sobre las posibilidades de la felicidad del ser humano, esto a pesar del desarrollo técnico y los progresos de la ciencia de las primeras tres décadas del siglo anterior.

Pero Freud va más allá y señala la contradicción entre la libido y la cultura: “el amor se contrapone a los intereses de la cultura (...) la cultura amenaza al amor con sensibles limitaciones” (op. Cit., p. 100), Freud explica también que la estructura macroeconómica tiene su fuerte influencia en la economía sexual del ser humano, y agrega: “el reclamo de una vida sexual uniforme para todos, que se traduce en estas prohibiciones, prescinde de las desigualdades en la constitución sexual innata y adquirida de los seres humanos, segrega a un buen número de ellos del goce sexual y de tal modo que se convierte en fuente de grave injusticia” (op. Cit., p. 102). Para Freud, la represión es impuesta por la lucha por la existencia, y ésta lucha tiene un origen económico, al haber “escasez” de los medios de subsistencia la sociedad, por lo que para él se ve obligada a limitar la reproducción de la especie y a dirigir la libido hacia el trabajo, a este proceso lo llamará sublimación. Freud señala no solo lo represivo de la Vienna de principios del siglo pasado en el plano sexual, sino también que esta economía de la sexualidad está muy relacionada con el modo de producción, sin quererlo el mismo Freud sienta las bases para lo que sería el fundamento de una crítica radical de la sociedad capitalista.

Este análisis realizado por Freud fue uno de los puntos de partida de Marcuse en Eros y Civilización que se convirtió en toda una reinterpretación de la teoría psicoanalítica ligándola a la crítica marxista del modo de producción capitalista con una clara intención sociopolítica, desde la cual Marcuse plantearía que en Freud hay una base revolucionaria para una sociedad libre. Los planteamientos freudianos no dejan de ser un análisis de la Europa Central de principios de siglo pasado, pero no por ello menos actuales máxime cuando la sociedad occidental se impone, y el modelo de producción capitalista ha logrado mundializarse y ha llevado hasta puntos inimaginables la represión en nombre de la libertad, poniendo en el lugar de mercancía a la naturaleza y al ser humano mismo, a la vez que nos ha llevado a niveles de desarrollo técnico y científico, y con ello, comodidad y a una alta expectativa de vida a sectores amplios de la sociedad (¡toda una contradicción!). Pero, tal y como se preguntaba Freud: “en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huera de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?” (op. Cit., p. 87), y yendo todavía más allá podríamos preguntarnos ¿de qué nos sirven todos los progresos técnicos si una gran porción de la humanidad está excluida?

Para muchos, sobre todo en estos momentos de crisis económica mundial, acceder a una fuente de empleo implica básicamente todo un “milagro” y hasta una “bendición”, a pesar de que lo consideren como una desgracia necesaria, sin ningún tipo de garantía o protección social, despojados de todos sus derechos laborales. Y es que efectivamente es una paradoja: es un alivio obtener un empleo, ser explotado implica sobrevivir. Por supuesto que también existe todo un aparato que pone en funcionamiento todo esta nueva dimensión de la explotación, las técnicas de “motivación” y de identificación con los patronos, vía gratificaciones económicas y/o afectivas (cuidadosamente planificadas y ejecutadas por los operadores de la salud mental, como se les suele llamar hoy día). En las empresas han evolucionado a tal punto que efectivamente, no sólo el trabajador es más explotado, tanto por el patrono como por el conjunto del sistema, sino que además de ser más pobre material y espiritualmente, casi se siente orgulloso de ello. Esto cuando se trata de un empleo formal, pero miles de personas se han visto empujados al “submundo” del trabajo informal, donde no existe ya ningún tipo de derechos, y la lucha por la sobrevivencia se hace cada día más dura y miserable. Es aquí donde la explotación se hace todavía más evidente, dónde el capitalismo en su forma neoliberal se muestra tal cual es. El “alivio” de tener trabajo es una fuente de estrés, cansancio y una terrible angustia por la sobrevivencia en nombre de la “competitividad” constante a la que nos vemos sometidos. Esta es precisamente la paradoja que subjetivamente se impone: parece que debemos ser felices de ser explotados, hay que estar agradecidos de generar plusvalía para el capitalista. Pero esto empeora cuando el trabajador o la trabajadora son conscientes de su condición de explotados, ya que el sistema les dice que no hay alternativa, pero no sólo lo dice, sino que lo impone como única realidad posible, cualquier otra cosa es locura, es irracional, subversivo, demoníaco, y por supuesto expresamente prohibido, no es nada casual que en Costa Rica no existan sindicatos en las empresas privadas (a pesar de que es un derecho constitucional, en la práctica están proscritos), y que desde los aparatos de reproducción de la ideología capitalista haya casi todos los días ataques a las organizaciones gremiales y los movimientos sociales.

Todo en el sistema apunta a que seamos explotados sin que nos cuestionemos el proceso por el cual estamos siendo explotados. El análisis del fetichismo de la mercancía de Marx, en este sentido, es brillante, y además brinda la clave para desmitificar la lógica misma de la producción capitalista. Es este carácter fetichista de la mercancía el que nos permite entrar en el mundo del intercambio mercantil de forma alienada, y más aún del consumo irracional de cualquier objeto que se pueda consumir (y hoy casi todo ha sido reducido a “objetos de consumo”), y por lo tanto existir en el mundo: “consumo luego existo”. Ser sujeto inmerso en el trabajo, quiere decir que se es sujeto de crédito, o lo que es mismo, se es un sujeto apto para endeudarse para el consumo. Es un ciclo, donde el trabajar es condenarse a consumir objetos inservibles y con una caducidad casi inmediata, o lo que es lo mismo, es consumirse en el consumo, suicidarse con el consumo (y el suicidio además es colectivo), ya que este consumo voraz consume el espíritu y la naturaleza. Nos convertimos en víctimas culpables de la destrucción del medio ambiente, y de la especie humana como consecuencia. El Capital “en su afán” desmedido de crecimiento (esa es su razón de ser, su lógica intrínseca) necesita una producción excesiva, para un consumo excesivo, esa es su única forma de sobrevivienciaaunque como ya se mencionó se socaven las bases para su reproducción. Se entra en una paradoja: es necesario reducir los costos de producción, producir más barato y obtener más plusvalía, pero al reducir los costos de producción se reducen también los salarios que permiten precisamente la posibilidad de reproducción de la fuerza de trabajo que se consume en el proceso de producción del capital, el mismo capitalismo socava su propia fuente tanto en la naturaleza como en la fuente productora de toda riqueza: la Fuerza de Trabajo.

Justamente (mejor, injustamente) el paso de la universidad (o del sistema educativo en general) al trabajo (mercado laboral) implica la aceptación de esta realidad y el acomodamiento a las “leyes” que impone el mercado mediante sus aparatos tanto sociales como ideológicos. Pocos son los privilegiados que hoy día logran pasar del trabajo a laborar, es decir, de la exigencia de sobrevivir con su fuerza de trabajo a la labor creativa, satisfactoria y liberadora, de hecho esos pueden considerarse una excepción, la mayoría estamos marcados por el trabajo que nos “incluye felizmente” en el ciclo del consumo pero que nos excluye del reparto equitativo de la riqueza que producimos.

BIBLIOGRAFÍA

Freud, Sigmund; El Malestar en la Cultura, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1999.

Marcuse, Herbert; Eros y civilización. Editorial Ariel, Barcelona, 2001.

Marcuse, Herbert; El final de la Utopía; Editorial Ariel, Barcelona, 1986.

Marcuse, Herbert; El hombre unidimensional. Editorial Planeta-De Agostini, Barcelona, 1995.

Marcuse, Herbert; El marxismo soviético. Alianza Editorial, Madrid, 1984.

Marcuse, Herbert; Ética de la revolución. Editorial Taurus, Madrid, 1970.

Marcuse, Herbert; Libertad y Agresión en la Sociedad Tecnológica, en: La Sociedad Industrial Contemporánea, Editorial Siglo XXI, México, 1990.

Marcuse, Herbert; Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social.Alianza Editorial, Madrid, 1999.

Marx, Karl; El Capital. Crítica de la economía política Tomo I. Siglo XXI Editores, Argentina, 2006.