“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró
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jueves, 4 de abril de 2019

Las ganas de vivir

En enero de este año el Semanario Universidad hizo una serie de reportajes que titularon "Crónicas de vulnerables" en los que se describen las penurias que muchas personas pasan para lograr sobrevivir. Una de ellas es la historia de Freddy que trabaja repartiendo comida en su bicicleta a través de la plataforma digital UberEats.

El periodista Ernesto Rivera reseña:
"Juntas [la tecnología de la rueda y la tecnología digital] son parte de lo que en el mundo se conoce como economía de plataformas, un fenómeno comercial imparable que hace llover oro sobre un puñado de corporaciones globales que inventaron una tecnología que conecta –a través suyo y con una buena comisión– la oferta y demanda con servicios y productos.
En la base de esta nueva economía hi-tech están Freddy y el resto de la tribu dos ruedas. Son una variante siglo XXI de los proletarios del XIX. No tienen nada. Usan una bicicleta y un celular para vender la fuerza de sus piernas junto a una buena dosis de empeño y algunas capas de piel que el sol les comisiona cada día."
Se trata de un segundo trabajo para redondearse dinero para sostener a su familia, necesidad que llaman. Otro chavalo, Osiris, dice: "Yo antes era hojalatero en construcción, pero qué va, no hay brete, no me sale nada y tenía la bici. Le reforcé los aros y salí. Le meto unos 30 kilómetros al día y me rinde. No crea, le saco entre 12 y 13 mil cañas al día". Agrega que buscó pero no consiguió otro trabajo.

Otro chavalo, Mauricio, dice: "Yo en realidad me pasé, hacía Uber con un auto pero tenía que pagarle ₡100.000 al dueño, juntar para la gasolina, lidiar con los taxistas y todo eso nada que ver. Agarré la moto, ahora me queda todo a mí y es mejor. Salgo como a las ocho de la mañana y a las siete pasaditas me voy a casa con ₡8.000 o ₡10.000 en la bolsa. Es mejor que el carro y que la bici. Yo por lo menos si me accidento, tengo el seguro del INS. Es carísimo, pero al menos si me rompo la madre, me arreglan".

Todos ellos tienen en común la precarización laboral, un salario (no reconocido como tal) que apenas alcanza y un esfuerzo corporal diario, descomunal. Todos ellos son parte de una relación laboral que tampoco es reconocida. Por supuesto, no tienen seguro, no cotizan a la CCSS, la empresa no se hace responsable de lo que les pase, porque son "socios repartidores" no trabajadores. La OIT las llama “formas vulnerables de empleo” en el sector informal. Pablo Sauma indicó que “Tienen características típicas del trabajo informal, son empleos autogenerados, riesgosos, apartados de la seguridad social y que hasta hace poco tiempo eran trabajos asalariados formales, ya que cada restaurante tenía sus motos y sus choferes. Ahora esos empleos se pasaron al sector informal”.

Para El Estado de la Nación (PEN) hay un serio problema con este tipo de empleos ya que “La tendencia a la informalidad laboral tiene impacto en que son personas que no están cotizando para su jubilación y tampoco están aportando a la seguridad social, por lo que le restan sostenibilidad a los actuales pensionados y rompen el pacto generacional de que los jóvenes financien las pensiones de quienes ya se jubilaron”.

La situación es jodida, porque se trata de una espiral de precarización del trabajo y la vida, con un Estado que se niega a tener una política de empleo que no sea la de atraer multinacionales y flexibilizar cada vez más las condiciones laborales. El PEN también advirtió que la aplicación de las políticas neoliberales de los PAE, en los ochenta y noventa, debilitó considerablemente la educación, produciendo miles de expulsados del sistema educativo, y el resultado es que muchísima gente que pudo haber accedido a un empleo de mayor calidad no lo hizo porque no tiene los estudios suficientes, y que eso tendrá será un serio problema en el futuro.

Pero a pesar de todo esto, para el economista Daniel Suchar Zomer, esta gente que la pulsea es más bien de gente con "ganas de vivir". El pasado 31 de marzo hizo un tuit bastante grosero al respecto:



Digo tuit grosero porque primero se banaliza la precarización de la vida de la personas mayores, yo dudo que a este señor le parezca muy bonito trabajar como "socio repartidor" en UberEats, creo más bien que este señor necesita algún ingreso económico. Esta foto, más que mostrar las "ganas de vivir", lo que en realidad muestra es nuestro fracaso como sociedad. Que una persona mayor tenga que trabajar para llegar a fin de mes no es otra cosa que un fracaso social. Una tuitera en defensa de Suchar, afirmando que "los mayores necesitan mantenerse activos", y por supuesto, que una cosa es mantenerse activo y otra muy distinta tener que trabajar. Son dos tipos de necesidades distintas, la primera desde la cierta tranquilidad que da tener una pensión, y la otra la necesidad de sobrevivir, que no es lo mismo que las "ganas de vivir". Ed Muñoz respondió desde su cuenta de Facebook a Suchar, aportando datos importantes:



Luego, la misma tuitera, me responde acusándome de matar el enfoque "de que quiere trabajar lo puede hacer sin poner  peros, sin pretender que “papá estado me dé todo!".



Y bueno, creo que la muchacha no entiende algo muy básico, que es el sistema de pensiones está pensado como un sistema solidario, no  como un sistema de "privilegio" como lo llama. Lo justo y digno es que tras una larga vida laboral, uno pueda retirarse en condiciones decentes para hacerle frente a lo que queda de vida.

Pero el problema es que este tipo de trabajo no regulados por el Estado (y que no se regulan por puro prejuicio ideológico) no aporta a la seguridad social, y entonces esas personas con "ganas de vivir" no van a tener luego una pensión digna, van a tener una pensión mínima, que hará que tengan que seguir trabajando, es un ciclo, una espiral de precarización que se extenderá hasta el final de la vida.

 

Este tipo de razonamiento tiene de fondo que quienes no tienen ese "privilegio" es porque no lo construyeron o no se lo ganaron. Pongamos por ejemplo a mi abuela, jornada de trabajo doble: casa y sostenimiento del hogar, nunca cotizó a la seguridad social, su trabajo era informal, pero trabajaba, y mucho. Al final de sus días recibió una pensión del régimen no contributiva, no tuvo "el privilegio", pero sí trabajó toda su vida. Pero para no ser autoreferencial, volvamos a los chavalos de UberEats, los "socios repartidores", con ese empleo informal tampoco cotizan, y desde la lógica de esta persona, no están construyendo ni se están ganado su pensión, o como ella insiste "su privilegio", ¿o sí? No es clara esta lógica, lo que sí es claro es que estos "socios repartidores" están precarizados, y están condenados  a seguirlo siendo.

Pero ella cree que no hay incoherencia, y creo que su último tuit es elocuente:

Yo sí creo que como sociedad estamos fallando. Cada persona que no puede estudiar por razones económicas es un fracaso social, cada persona que llega a viejo tras haber trabajado su vida entera sin haber cotizado es un fracaso social, cada viejo o vieja que no llega a fin de mes es un fracaso social, un fracaso que tenemos que asumir como sociedad. Gente "que luego hay que sostener", supongo que para ella sería ideal no haya que sostenerlos. Creo además que no hay que confundir la dignidad de la gente que la pulsea con la explotación a la que está siendo sometida, son cosas distintas, y en este caso estas personas sí están siendo explotadas. En fin, pura mentalidad neoliberal, que destila un individualismo vergonzoso.

Para finalizar volvamos al tuit de Suchar, porque cierra con broche de oro: "y tanta "gente" pidiendo en las calles". De acuerdo a esto, esa "gente"  es "no gente". Y esa "no gente" no tiene la misma consideración de los que sí tienen ganas de vivir, porque claro "el que es pobre lo es porque quiere".



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domingo, 23 de junio de 2013

El tiempo y el "modelo país"

Abro el diario de Tibás y me encuentro dos cosas que me llaman la atención: una entrevista a Fancisco Chacón (ex-ministro de propaganda) y un reportaje sobre el uso del tiempo de los costarricenses. En principio, una cosa no tiene que ver con la otra... y en realidad no, bueno tal vez un poco.

En noviembre del año pasado escribí un par de apuntes sobre el "Absurdo de vivir", el segundo específicamente relacionado con el trabajo y de cómo nuestra vida se va en el trabajo. Decía que "Vivimos sometidos (voluntariamente, es lo peor) a un ritmo de vida que únicamente sirve para la producción de cosas. Un ritmo de vida que en realidad es un ritmo de producción. Nuestra vida está en función de la producción, nos hemos convertido en simples eslabones de esta absurda y destructiva espiral de producción-consumo, que en realidad es de destrucción de la vida humana y del planeta, en forma paralela." 

Cuando leo el "reportaje especial" del diario de Tibás me quedo pensando que Álberto Barrantes C. ni siquiera se pregunta qué es lo que pasa, su reportaje es completamente superficial, lo cual no debería extrañarme. En su narración (decir análisis sería exagerar) Barrantes nos explica: "Corre como el agua. El principal culpable es el tiempo. Ese enemigo que, con sus minutos y segundos, se escurre en un abrir y cerrar de ojos entre la computadora, el celular, comer, dormir, el traslado para llegar al centro de trabajo y para realizar los quehaceres domésticos del día a día."  (la negira es mía).


Según Barrantes se trata del tiempo, no de la lógica de producción que nos ata al trabajo y al consumo. Sería mucho pedir que hubiese llegado al fondo del asunto. La colega y amiga Amaryllis Quirós lo pone un poco más en perspectiva cuando cuestiona la lógica materialista que nos exige tener más, pero se queda corta (claro que la entrevista y las opiniones de Quirós no están del todo consignadas en el reportaje). El reportaje de Barrantes por eso se queda corto, porque como es típico en estos periodistas de molde, apenas se dedica a describir una encuesta a la que podría sacársele más jugo, pero no es de interés ni del periodista ni del diario, que ya sabemos lo que es. Es apenas un dato que el 44% de los encuestados se sienta satisfecho con su trabajo, es decir el 56% está insatisfecho más de la mitad, hace diez años el 70% se manifestaba satisfecho. Esto no es un dato menor, ya veremos si en otro reportaje se mencionan las causas. 


Pero obviamente el "culpable" no es el tiempo, si no su distribución, y la distribución del tiempo no es azarosa, está completamente estructurada en función de la producción. La vida se nos va en el trabajo,  en estudiar para tener mejor trabajo, y en el consumo, porque el consumo es una pieza fundamental para que el sistema se sostenga, sin consumo no hay crecimiento y sin crecimiento, "hay caos". Por eso la reivindicación con respecto al tiempo es fundamental, y tiene también que ver con darle el verdadero valor que corresponde a los valores de uso, nuestra sociedad le da ha dado una posición privilegiada al valor de cambio, y es así como hemos convertido todo en una mercancía que se vende o se compra, "time is money", dicen los dueños de todo, los capitalistas, y las focas aplauden, aunque no tengan dónde caer muertos. Con esta lógica es que acabamos con nuestra vida, no es por culpa del tiempo, el tiempo es el que es, siempre lo ha sido, la diferencia fundamental es nuestro "ritmo de vida". 


Hace unos días veía una entrevista en TVE al presidente del Uruguay, José Mujica (ese que es "igualito a la Chinchilla"). En esa entrevista el Mujica reflexionaba sobre la vida, sobre nuestra vida en la sociedad de consumo, en esta misma línea en la que he venido argumentando desde hace meses sobre el trabajo y el tiempo, y Mujica decía: "... porque para vivir hay que tener libertad y para tener libertad hay que tener tiempo, si me preocupo mucho de los cacharros, de la casa grande, del servicio, cosas no tengo tiempo, me tengo que ocupar de eso, y si tengo mucha plata me tengo que preocupar de que no me roben y que trabajan, y si despilfarro estoy viviendo a costilla de otros. Entonces prefiero tener el mayor margen de tiempo para hacer lo que a mí me gusta y eso es la libertad. Mientras tengo que trabajar para llenar la olla no tengo libertad (…) Cuando tu compras con plata, no estás comprando con plata, estás comprando con tiempo de tu vida, que tuviste que gastar para tener esa plata y lo único que no se compra es la vida, entonces hay que ser avaro en la forma de gastarla y veo que la humanidad esta enloquecida y no tiene tiene tiempo." (se puede ver la entrevista completa aquí: http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-desayunos-de-tve/entrevista-jose-mujica-presidente-uruguay-desayunos/1847647/)


Es muy claro, nuestro tiempo está castrado por la lógica de producción-consumo, y eso no tiene ningún sentido. Y hay quienes se sienten muy felices con esta lógica - hasta orgullosos -, de que cada vez dediquemos más tiempo al trabajo y al consumo, total se trata de un modelo que en nuestro país se viene profundizando, ellos le llaman "modelo país". 



No tenemos tiempo para disfrutar de la vida, estamos insatisfechos con nuestro trabajo, y el malestar en esta cultura neoliberal sale por todos lados, pero aún así Francisco Chacón dice en esa entrevista publicada en el diario de Tibas, cuando le preguntan cuál es el "modelo país" que han impulsado, responde: "Hacer de Costa Rica un país exitoso en el mundo económico, para mejorar la calidad de vida de la población. Los esfuerzos que ha hecho Costa Rica en los últimos 25 años, y de los cuales me siento orgulloso de haber formado parte, han sido exitosos".

Gracias don Francisco, pero mejor no se hubiera molestado. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Apunte del fin del mundo...

Hago una pequeña pausa de estos apuntes gráficos, creo que amerita hacer una breve reflexión del "final de los tiempos".

He estado haciendo joda desde hace varias semanas sobre esto del fin del mundo, alguien me increpó casi exigiendo respeto por la cosmogonía maya. Pues no entendió nada. No hago mofa de la cosmogonía maya, hago mofa del fatalismo occidental, del uso del miedo como forma de control, el miedo vende, y mucho. Y recordemos que el sistema se sostiene porque se consume... de forma desmedida.

Nunca he creído que el mundo se vaya a acabar mañana o pasado, no creo que sea posible fijar una fecha, y si fuera posible habría que hacerlo viendo hacia atrás, no tanto al futuro. Creo que desde hace tiempo hemos venido acabando el planeta, y que esto es un proceso sostenido de destrucción, y por ende de nosotros mismos. Hay quienes tienen más responsabilidad que otros. Por ejemplo, no se puede comparar la responsabilidad del dueño de la Coca-Cola frente a la de, digamos, un vecino cualquiera (aún cuando ese vecino cualquiera no recicle ni media botella), la contaminación que uno y otro genera es disímil. Y sin embargo la responsabilidad se le suele tirar al vecino: recicle, ahorre energía, etc. Mientras por otro lado se le exige consumir. ¿Y la empresa? Mientras tenga una política de responsabilidad social corporativa, no pasa nada, son buenos. En nuestro país, para no divagar mucho, el tema de la producción limpia es sencillamente un slogan muy bonito, pero no efectivo, simplemente porque no se aplica como debería una política sostenida, estricta y consciente. Lo que importa es producir, es el crecimiento que es el sostén de la economía, y del fondo, por supuesto, que el capital se reproduzca, el cómo, vale madres. Ahora, lo discutible es si con esa política estricta de producción verde, podría haber capitalismo. Porque capitalismo y sostenibilidad ambiental son "antónimos". Lo uno niega lo otro. Así de sencillo.

Lo que le hemos hecho al planeta simplemente no tiene nombre. Y lo peor de todo es que lo hemos hecho en nombre de un absurdo, sosteniendo un absurdo. Una falsa noción de libertad sujeta al consumo irracional, como si tuviéramos 25 planetas. Lo más absurdo de todo, es que el sistema está hecho para que unos pocos acumulen lo que se produce entre muchos, y a eso le llaman naturaleza humana. Nos han hecho creer que este es el orden natural, que siempre ha sido así, que el ser humano es egoísta por naturaleza. Quienes nos acusan de querer volver a la era de piedra en el fondo están defendiendo una animalidad sin sentido, son ellos quienes se comportan como los animales de la edad de piedra. Eso es en lo que creen, en el fondo son eso, animales con poder, y nosotros les damos ese poder. Y lo que ocurre es que no tiene justificación algo así, simplemente contamos con la inteligencia necesaria para que sea diferente - yo sé que los hechos están probando lo contrario -, pero apelo a la racionalidad, por lo visto quienes gobiernan apelan, a la "racionalidad", pero de la animalidad. Este mundo tal y como está en este momento simplemente no tiene sentido. Hoy tenemos todos los elementos como para buscar otras formas de producir, pero eso implicaría parar... y eso es una mala palabra para los economistas, y también para quienes desde su día a día creen en el capitalismo y su crecimiento económico como única forma de organización económica, social y política.

Se nos va más de media vida trabajando, produciendo, destruyendo el planeta en ese mismo acto de producción, y no disfrutamos de la vida. Pensamos que la vida es consumo. ¿qué sentido tiene esto? Ninguno. Yo no sé para qué carajos vivimos, pero lo cierto es que me niego a vivir solo para trabajar. Me niego a tener que vivir produciendo para que alguien se haga rico a costa de mi trabajo, y que en este mismo acto otros simplemente mal vivan.

Una nueva era debería iniciar. A eso se referían los mayas. Pero muchas cosas deberían cambiar, también dijeron. Y las cosas no han cambiado, empeoran.

Y no creo que mañana ocurra el cataclismo que Hollywood y algunos insensatos esperan. Yo creo que "el fin del mundo" en realidad lo venimos provocando desde hace décadas de obstinado consumo irracional. Y lo que va a ocurrir no es que el mundo se acabe, es que el planeta se va a acomodar buscando el equilibrio que le hemos robado, y en esa búsqueda del equilibrio natural, una inmensa mayoría de la humanidad estará de más. Uno quisiera que la naturaleza tuviera el mecanismo para cobrar a cada quién de acuerdo a su responsabilidad, pero esa es tarea de un dios en el que no creo. Para ser muy honesto, y aunque quisiera vivir unos cuantos años más, creo que nos merecemos este final, por haber destruido el planeta de esta forma. No hay justificación. Nuestra forma de vida es absurda.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El absurdo de vivir, parte 2: El trabajo

"A usted que corre tras el éxito (...)
¿No le gustaría no ir mañana a trabajar
y no pedirle a nadie excusas, para jugar al juego
que mejor juega y que más le gusta...?
¿No le gustaría ser capaz de renunciar a todas sus pertenencias,
y ganar la libertad y el tiempo que pierde en defenderlas...? 
¿No le gustaría acaso, vencer la tentación
sucumbiendo de lleno en sus brazos...?"
Serrat

 
Luego de un par de semanas con el blog botado lo retomo, una vez que se acabó la tesis (por fin!!!) y sólo queda la graduación.

Continúo con este apunte sobre lo absurdo de vivir, esta vez con el apunte que debió ser el primero, pero que por razones no muy claras dentro de mi cabeza salió después.


Desde hace tiempo estoy convencido que nuestro estilo de vida es completamente absurdo. Vivimos para trabajar. La vida se nos va en el trabajo, y peor aún en el trabajo para Otro, que no es lo mismo que decir trabajo para los otros, para la colectividad. A producir, ese es el mandato. Pero ¿A producir para quién? ¿Para qué?

Voy a decir una obviedad. Vivimos en una sociedad en la prevalece el modo de producción capitalista.

La lógica del sistema en realidad es bastante simple, aunque sus formas y el entramado social y cultural que lo sostiene es bien complejo. ¿De qué se trata el capitalismo? Como ya había dicho en otro apunte, el capitalismo trata de algo bien sencillo: de acumular capital a partir de la producción de cosas, mercancías que llaman. Para que algo sea mercancía debe ser un objeto útil (valor de uso) que pueda ser intercambiable por otro objeto (valor de cambio). Ahora bien resulta que en la sociedad actual las cosas no se producen para ser útiles, sino para ser intercambiadas, para generar acumulación, y entonces eso ha derivado en que las cosas que consumimos hoy día, tengan una fecha de caducidad programada, con el simple objetivo de que tengamos que consumir un objeto similar en un periodo corto. Las compañías se encargan de hacernos creer luego que necesitamos ese nuevo objeto porque el anterior ya era obsoleto. Y así entramos en una esfera "infinita" de producción-consumo de cosas como si la naturaleza se regenerara a la misma velocidad. Estamos entonces atrapados en una esfera de consumo irracional que es la que precisamente provoca la destrucción de la naturaleza, esto a cambio de que los capitalistas (unos pocos, que son los dueños de las fábricas y de los bancos) acumulen riqueza. Este es el primer aspecto de esta espiral destructiva, el lado de la producción: la primacía del valor de cambio, ignorando el valor de uso, o lo que los economistas ("sabios gurús" de nuestro tiempo) llaman crecimiento económico, es decir, producir cada vez más (lo medimos año con año). Ya hemos escuchado que la economía decrece, y que eso produce desempleo, la desaceleración económica es por lo tanto mala, y para que haya aceleración económica debe haber consumo, sin consumo no hay producción sostenible para el capitalista. Recordemos que la motivación última del capitalista no es otra que la acumulación de capital.

Todo esto podría sonar a retórica trasnochada si no fuera porque esto tiene implicaciones directas en la subjetividad, y por extensión en la forma en que nos relacionamos. O sea, vivimos en una sociedad que produce mercancías, y en el que hemos establecido relaciones (de todo tipo, hasta afectivas) a través de la producción de objetos. Para decirlo de otra, nuestra sociedad está organizada bajo una serie de relaciones económicas que no son sólo económicas. Como ya se dijo, el modo de producción capitalista genera subjetividades, formas de relacionarnos que están marcadas por las relaciones económicas, es toda una lógica. Esta lógica de producción requiere de una legislación específica, y esa legislación se legitima socialmente, y subjetivamente, al punto que se naturaliza. Para que el sistema capitalista funcione, es necesaria una internalización de esa legalidad, o como la llamaría el programa de educación cívica: "cultura de la legalidad". Para eso existen una serie de mecanismos e instituciones, desde la familia, la iglesia, la escuela, los medios de comunicación. Y claramente lo que se busca es que este sistema se legitima socialmente, que no se cuestione, algo así como lo que Antonio Gramsci denominó hegemonía cultural.

El capitalismo ha logrado por tanto legalizar, y peor aún, naturalizar que los patrones (los dueños de la medios de producción) roben a diario el plus de valor que producen los trabajadores con su fuerza de trabajo. Ha logrado que nos sintamos culpables cuando reclamamos nuestros derechos: "no muerdas la mano que te da de comer", como si la mano que nos dan de comer no fueran otras que las nuestras.

A todo el mundo la parece natural ir a trabajar todo el día (o la noche), gastar varias horas de transporte de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa. Pongo dos ejemplos.


Mi vecina tiene 23 años, ella viaja cada mañana 2 horas hasta su centro de trabajo, eso quiere decir que si la hora de entrada es a las 8 a.m., debe salir del edificio a las 6 a.m., o sea que como mínimo se tuvo que haber levantado a las 5:15 a.m. para alistarse; a la vuelta la cosa no es más alentadora, si sale a las 5 p.m., y atravesando la ciudad nuevamente se le van unas dos horas, y a veces más. Llegará cansada, con ganas de comer y dormir; para, a la mañana siguiente, seguir con su rutina. Eso quiere decir, que esta chica cada día dura una media jornada de trabajo para llegar a su centro de trabajo. Ella estudió, se le acabará esta semana su contrato, y no sabe si encontrará trabajo pronto. Digo esto, porque habrá quien pueda plantearle "cambiar de trabajo", sí claro, si encuentra trabajo. Porque la "libertad para escoger el trabajo" en realidad es casi un mito, funciona para unos pocos, en el Reino de la Necesidad la cosa no funciona así de sencillo. Así que a la vecina no le quedó opción, viajar todos los días al otro lado de la ciudad, al menos por esta semana.

Los chavalos que trabajan en la construcción del frente empiezan su jornada laboral con los primeros rayos del sol, o sea, como a las 6 a.m., o quizá antes; eso quiere decir que si viven relativamente cerca, mínimo deben levantarse a las 4:30 a.m., o sea que a las 5 a.m. deber ir saliendo de su casa. Terminan su jornada laboral a las 6 p.m., más o menos, eso quiere decir que posiblemente lleguen a su casa tipo 7 p.m. Al día siguiente la misma rutina: todo el día volando pala, jalando blocks, bajo el sol o la lluvia, y aunque tiemble. No mencionemos los riesgos laborales en una construcción. Esos chavalos deben llegar a su casa sin ganas de nada. La paga no debe ser muy buena tampoco.

Podría seguir poniendo ejemplos de aquí al infinito de gente que se le va la vida completa en el trabajo. ¿qué sentido tiene esto? ¿No es les parece un total sinsentido que alguien trabaje 8 horas diarias más otras 4 horas transportándose a causa del trabajo? Doce horas en total invertidas en el trabajo, y eso que no estamos contemplando la hora de almuerzo, que normalmente se hace en el centro de trabajo o muy cerca.

Es decir, nuestra vida se nos va en el trabajo. Vivimos para trabajar, y no trabajamos para vivir. En un trabajo que produce objetos, ¡que son para otros! Más claramente ¡qué hacen ricos a unos pocos! ¿A qué hora vemos crecer a nuestros hijos? ¿A qué hora gozamos de la vida? Sumemos además que nuestro tiempo libre se nos va en actividades que también tienen que ver con el trabajo, solo que no pago, como ocurre a muchas mujeres que dedican su tiempo libre para limpiar, cocinar, lavar y otras labores domésticas. Jornadas dobles en el mejor de los casos.

Y nuestras actividades de ocio tampoco son muy gratificantes que digamos, son más bien alienantes, los fines de semana pasamos metidos en el Mall, en esta orgía de consumo para que el sistema funcione. El cuadro no puede ser más patético. Nos  pasamos todo el día produciendo valor para Otro, otro tanto transportándonos, para llegar a la casa a comer, si acaso ver y que nos pasen ordenando que debemos consumir (la publicidad no es más que eso), y consumimos cuando tenemos tiempo libre. Una locura.

Vivimos sometidos (voluntariamente, es lo peor) a un ritmo de vida que únicamente sirve para la producción de cosas. Un ritmo de vida que en realidad es un ritmo de producción. Nuestra vida está en función de la producción, nos hemos convertido en simples eslabones de esta absurda y destructiva espiral de producción-consumo, que en realidad es de destrucción de la vida humana y del planeta, en forma paralela.

¿Porqué nos cuesta tanto pensar en que las cosas podrían ser diferentes? ¿No deberíamos simplemente disfrutar de la vida? Es perfectamente posible hoy, con el desarrollo tecnológico, trabajar lo estrictamente necesario, y el resto dedicarlo a cosas realmente productivas, pero para el espíritu, para la convivencia, bajo otros parámetros. Produciendo, pero para los otros, para nosotros, no para Otro. ¿No le gustaría, acaso?

Pero simplemente nos horrorizamos cuando pensamos en otra forma de vivir, hasta nos sentimos culpables, y es más fácil aceptar que el mundo se pueda acabar que otra forma de vida, de organización social, de convivencia. Nos cuesta aceptar que esta forma de vivir simplemente no tiene sentido: es absurda.

Tomado del álbum de fotos de Facebook de LaErre.tv

miércoles, 15 de junio de 2011

El "valor" del dinero ... y la explotación minera en Crucitas (I)


¿Cuánto cuesta un colón*? La respuesta siempre refiere al dólar. Y cuando uno se pregunta cuánto cuesta un dólar... pues... ya no puede responder con toda propiedad que cierta cantidad de oro... como se solía hacer. Desde hace muchos años el "valor" del dinero se separó del patrón-oro, lo que ha dejado más en evidencia (no para todos he de decir) lo arbitrario del "valor" de la moneda.
Porque resulta que el dinero no tiene ningún valor en sí mismo, como tampoco lo tiene ninguna otra mercancía. El dinero sirve para hacer de equivalente entre dos objetos que en sí mismos no tienen tienen ningún "valor". 
Pero empecemos por señalar que en la relación de cambio la mercancía juega un papel activo, y es el dinero el que sirve para “medir” el valor de la mercancía, el conocimiento de la economía proviene de la relación de cambio, y Marx ve en la mercancía que se vende, el objeto como tal. El dinero, ya lo veremos, es una mercancía peculiar que hace de equivalente entre todas las mercancías.

Ahora bien, ese objeto que se ha denominado mercancía, se trata de un objeto exterior, modificado en su forma original (es decir se trata de un hecho histórico en tanto modificado por la mano – trabajo – humana, es decir, es un objeto de la cultura), que satisface necesidades humanas, deseadas o necesitadas, no importa, lo que importa es propiamente que satisfaga una necesidad. Ese objeto se compone de dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor de cambio.

El valor de uso se refiere al cuerpo propiamente del objeto, el objeto como cosa útil, producto del trabajo humano, y que no está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, no se refiere a una determinación de tipo cuantitativa, sino más bien cualitativa. Ahora bien, con sólo el valor de uso los objetos no se convierten en mercancía, sino que además los objetos en tanto útiles contienen un otro valor, que se denomina valor de cambio.

Pero a diferencia del valor de uso de los objetos, este valor de cambio no es natural de los objetos, no remite a la forma, se trata más bien de una convención social, una propiedad socialmente determinada, y esa determinación es cuantitativa. El valor de una mercancía sólo se puede expresar a través de otra mercancía, un objeto “a” se expresa en una cantidad determinada de un objeto “b”, se trata de una relación cuantitativa, porque en principio los objetos, aunque útiles, no son comparables. Se deduce con facilidad que una condición necesaria para el intercambio es que los objetos sean diferentes. Cuando una persona se hace la pregunta por el valor de una mercancía “a” la respuesta se basa en el valor de “b”, y cuando se pregunta por el valor de “b” se tendrá que hacer referencia a la mercancía “a”. Y esto ocurre porque hay una suposición de que el objeto tiene un valor. Pero ese valor se expresa en el valor de uso de otra mercancía, el valor se hace visible a través de otra mercancía, por sí mismo el valor es invisible. No hay mercancía posible sin relación con otras mercancías, es ahí dónde se manifiesta el valor de cambio, una mercancía aislada es una ficción metodológica. Por tanto, no se trata de una propiedad natural inherente al objeto. En la relación de cambio da igual que su naturaleza sea distinta, son intercambiables siempre que tengan la misma proporción de valor. Y aunque, cuando en lo cotidiano, se hace abstracción del valor de uso y nos remitimos al valor de cambio (de forma irreflexiva, por puro uso común) el valor de uso sigue siendo condición necesaria para la posibilidad de cuantificación del valor.

Sin embargo, sí hay algo que es igual en estas mercancías, y es eso que llamamos valor: la magnitud del valor. No se igualan los valores de uso, pero, como se mencionó, un objeto como cosa, es útil en tanto ha sido modificado de su estado natural (transformación de la naturaleza) por el trabajo humano, y que es lo que constituye la base para poder pensar el valor: la cantidad de trabajo. Es, teniendo en cuenta el trabajo humano contenido en este objeto útil, que se pueden igualar los objetos. Por tanto, la sustancia del objeto es el trabajo, mientras la magnitud del mismo es la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene, como unidad de medida. Es justamente (o más bien injustamente) el trabajo lo que no se ve en la mercancía, pero precisamente el trabajo humano es lo que hace que la mercancía pueda ser comparable con otra mercancía.

La mercancía, por tanto, es un producto del trabajo humano útil, concreto. Y este cúmulo de mercancías que componen la riqueza en el modo de producción capitalista es producto del trabajo social disponible, que se expresa como trabajo concreto (que produce objetos de forma particular) a través de la división social del trabajo – que se nos presenta como una red de productores privados autónomos e independientes –, pero que es lo que está de fondo en este cúmulo de mercancías. Los productores privados se presentan al mercado a cambiar sus valores de uso (para otros, para el propietario se trata de un “no valor de uso”) en tanto son poseedores (dueños) de objetos, es en ese momento en que el valor de uso se transmuta en valor de cambio y “se igualan” los objetos, en tanto contienen la misma magnitud de valor, es decir, en tanto la sustancia misma del valor (el trabajo humano). El tiempo medio para producir un objeto es una imposición social. Y este trabajo medio es lo que se denomina trabajo abstracto.

Para el economista Hernán Alvarado “Es la mediación de un trabajo concreto lo que le imprime a la cosa una supranaturalidad, lo que la convierte en objeto, en una materialidad social, en un valor de uso; de la misma manera que es la medida de un “trabajo abstracto” lo que le imprime al objeto una supersociabilidad: un valor de cambio que lo convierte en mercancía”

Entonces, el valor es una relación social que busca el reconocimiento de la fracción del trabajo social, esto se establece a través de una relación con otra mercancía. Para ello es necesario una forma de equivalencia. En la forma equivalente el cuerpo de la mercancía “b” aparece como “alma” de la mercancía “a”, por tanto el valor se puede expresar a través de otros objetos que “prestan” su cuerpo. Y el trabajo concreto de “b” se expresa como trabajo abstracto en la mercancía “a”. Este trabajo concreto contenido en la mercancía “a”representa un trabajo privado que al enfrentarse a la mercancía “b” se presenta como trabajo social. Como explica Marx en El Capital: “El cuerpo que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto de un trabajo útil, concreto. Esta trabajo concreto, pues, se convierte en expresión de trabajo abstractamente humano.”

Esto es lo que Marx denomina la Forma simple del valor: “La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía, se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo valor se ha expresado, cuenta única y directamente como valor de uso, mientras que la otra mercancía, aquella en que se expresa valor, cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis, contenida en ella, entre el valor de uso y el valor”. Otra forma de valor es la Forma desplegada o total del valor, en la que se puede establecer una relación con todos los objetos a través de una mercancía, es justo ahí cuando el valor muestra su naturaleza social.

En la Forma general del valor, los objetos establecen una relación con una mercancía que hará las de equivalente general:

“Una mercancía sólo alcanza la expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que se una forma socialmente vigente”

Todas las mercancías son comparables a través de una sola, el valor social está expresado a través de esta “tercera mercancía” para lograr calcular las magnitudes del valor de las mercancías. Esta “tercera mercancía” en su función de equivalente general, juega un papal exclusivo y excluyente para medir el valor de todas las demás mercancías, es un objeto simple, pero es un objeto común que las compara a todas y posibilita el intercambio, como medida de valor. En tanto es medio de intercambio permanece “invisible” nadie pregunta por su valor, porque supone el valor de las otras mercancías, es un supuesto absoluto que no se expresa.

La Forma dinero deriva de esta Forma general del valor, Hernán Alvarado lo explica de la siguiente manera:
“En cuanto valores los objetos se transforman en mercancías (...) se toman en cuenta dos características de esta forma del objeto: la primera, que en la relación mercantil los valores de uso equiparan sus magnitudes de valor, de esa equivalencia depende su vigencia histórica. Los objetos mercantiles se sujetan a la ley social con el rigor con que sus materiales se sujetan a la ley de la gravedad. La segunda, que el valor de cambio comporta, en la práctica, una realidad simbólica: su precio, o representación del valor en términos dinerarios. Sólo que aquí lo simbólico esta supeditado a la materialidad de equivalente: el precio se refiere al valor de la materialidad del oro, al dinero.” (Alvarado, 1997, p. 46).

Según el mismo Alvarado, lo simbólico queda supeditado a la materialidad del dinero, y que es precisamente esa supeditación lo que permite que considerar al dinero mercancía, puesto que hay un valor de uso que deviene en valor de cambio, y el objeto se manifiesta “sólo como una cantidad equivalente de otros valores de uso”, y agrega: “La equivalencia es un caso de ambivalencia; dos magnitudes se sopesan y se equiparan, así se propicia el vínculo mercantil. La equivalencia es la ambivalencia en su punto de equilibrio, pues el valor de cambio supone la doble valencia de la mercancía y del dinero”. Es la forma de dinero “... la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales”, Marx insiste en que se trata de un modo de pensar válido “... para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.

Es precisamente aquí cuando se produce un fenómeno con enormes consecuencias para el modo de producción capitalista, y que a mi juicio también tiene serias consecuencias en la subjetividad, y que de alguna forma viene a determinar la forma en que nos relacionamos, y determina en alguna medida el porqué hacemos lo que hacemos, lo que Marx denominó el Fetichismo de la mercancía.

En palabras de Marx:

“La primera peculiaridad que salta a la vista cuando se analiza la forma de equivalente es que el valor de uso se convierte en la forma en que se manifiesta su contrario, el valor.
La forma natural de la mercancía se convierte en forma de valor. Pero obsérvese que ese quid pro quo [tomar una cosa por otra] sólo ocurre, con respecto a una mercancía B (chaqueta o trigo o hierro, etc.) en el marco de la relación de valor que enfrenta con otra mercancía A cualquiera (lienzo, etc.); únicamente dentro de los límites de esa relación. Como ninguna mercancía puede referirse a sí misma como equivalente, y por tanto tampoco puede convertir a su propia corteza natural en expresión de su propio valor, tiene que referirse a otra mercancía como equivalente, o sea, hacer de la corteza natural de otra mercancía su propia forma de valor.”
En este párrafo Marx nos advierte la inversión que se opera en la mercancía equivalente, cuando el valor de uso se transforma en valor, que es su contrario. Hay una transmutación de una forma natural a otra forma opuesta, y eso sólo es posible en la relación entre mercancías, una mercancía por sí misma no puede efectuar esta operación de inversión, se trata pues de una relación social entre las cosas, un tomar una cosa por otra en la relación de los objetos. Dice Marx que las mercancías “... no bien entra entra en escena como mercancía, se transmuta en cosa sensorialmente suprasensible”. Pareciera entonces que en su forma de equivalente general, las mercancías tuvieran un carácter místico. Y este carácter místico de la mercancía no deriva, por tanto, de su valor de uso. Para Marx:

“Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio de este quid pro quo [tomar una cosa por otra] como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o sociales.”

La forma de mercancía y el valor no tienen nada que ver con la naturaleza física “... ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de un elación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquellos” (op. Cit.; p. 89). Este fetichismo, pues es inherente al modo de producción capitalista. Para Paul-Laurent Assoun “La fetichización se advierte por ese pasaje de las “relaciones humanas” a las “relaciones de las cosas entre sí” – “reificación” que justifica la analogía del mundo económico con “la región nebulosa del mundo religioso” –.”

En Palabras de Marx esa analogía con la religión, donde:

“... los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil.
Ese carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el análisis precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que produce mercancías.
Si lo objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. (...) Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio (...) por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”.

Luego de esta reflexión teórica (más extensa de lo que quisiera), vuelvo sobre la pregunta inicial, sobre el valor de la moneda. Y ya hemos visto que en sí mismo el dinero no tiene ningún valor, como tampoco lo tiene el oro, que durante muchos años ocupó el lugar de equivalente, y durante otros tantos, el de respaldo del dinero.

Esta reflexión puede parecer absolutamente ociosa, sino fuera porque en Costa Rica la compañía transnacional minera Infinito Gold y el Estado costarricense pretenden hacer un enorme hueco en la zona norte del país para extraer oro. Las ilegalidades en que ha incurrido la empresa, y el mismo gobierno, son muchas, tantas que el Tribunal Contencioso Administrativo se trajo abajo el contrato con esta empresa canadiense. Y lo que se puede apreciar a la luz de la reflexión sobre el valor de las mercancías, en especial de la mercancía dinero, es que el gobierno costarricense está encandilado con el brillo del oro.

Y en este sentido, la pregunta que cabe no es por el valor del dinero (que insisto no vale nada en sí mismo), sino la pregunta correcta es ¿qué vale más el oro o los ecosistemas del bosque primario de Crucitas? ¿vale más el oro que la vida de cientos de especies animales (algunas de ellas en peligro de extinción) y vegetales (algunas de ellas en peligro de extinción)? Para el gobierno antiecológico de Costa Rica la respuesta es clara: el oro que se llevará la empresa canadiense.

Volveré en un par de días sobre el tema de Crucitas y la explotación minera en Costa Rica, ya me extendí demasiado.


* Moneda de curso legal en Costa Rica

Textos citados en este apunte:
Alvarado, Hernán; Para descifrar el símbolo monetario y el fin del capital. Editorial Fundación UNA, Heredia, Costa Rica, 1997.

Assoun, Paul-Laurent; El fetichismo. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires, 1997.

Marx, Karl; El Capital. Crítica de la economía política. Siglo XXI Editores, Argentina, 2006.



lunes, 10 de enero de 2011

Nuestra "feliz inclusión" en la lógica explotadora que nos consume en el consumo.



A lo largo de su extensa obra Marcuse desarrolla una crítica radical a la sexualidad sobrerrepresiva y su deformación en la sociedad capitalista, además de una crítica no menos radical a la sociedad industrial y su unidimensionalidad, la cultura, el arte, la agresividad y la violencia, la tolerancia represiva, la economía; al punto que plantea una ruptura absoluta con el sistema como posibilidad de liberación.

Con relación a lo anterior, vale decir que para Marcuse la promesa de liberación de la alienación y la constitución de una sociedad no represiva no se ha realizado, por el contrario, los procesos de dominación y alienación se profundizan. Para Marcuse “la intensificación del progreso parece estar ligada con la intensificación de la falta de libertad”. Desde 1953, Marcuse señalaba que la dominación y la explotación aumentaban en dimensión y eficacia, y que esto no se debía a un accidente del sistema capitalista. Éstas (la explotación y la dominación) son inherentes al sistema, es la “utilización irreprimida de los logros de la ciencia moderna, la técnica y la dominación. Y la más efectiva subyugación y destrucción del hombre por el hombre se desarrolla en la cumbre de la civilización, cuando los logros materiales e intelectuales de la humanidad parecen permitir la creación de un mundo verdaderamente libre.” (Marcuse, 2001, p. 18).

En el trabajo ”los individuos se identifican con la existencia que les es impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta identificación no es una ilusión, sino realidad (...) la realidad constituye un estado más avanzado de la alienación. Ésta se ha vuelto enteramente objetiva; el sujeto alienado es devorado por su existencia alienada (...) la “falsa conciencia” de su racionalidad se convierte en la verdadera conciencia” (Marcuse, 1995, p. 41). La sociedad industrial, al hacer suya la tecnología y la ciencia, organiza cada vez con mayor efectividad el dominio, “la racionalidad tecnológica revela su carácter político a medida en que se convierte en el gran vehículo de una dominación más acabada...” (op. Cit., p.48), la industrialización, la alta productividad y el avance de la tecnología, lejos de producir la reducción del trabajo y el desarrollo y satisfacción de las necesidades se utiliza para “la perpetuación del trabajo, la industrialización más efectiva puede servir para la restricción y la manipulación de las necesidades” (op. Cit., p. 48), tal y como ya lo había develado Marx en el primer tomo de El Capital.

Desde la perspectiva de Marcuse la única posibilidad de liberación es la ruptura total con el sistema, el avanzar hacia formas de liberación no conocidas hasta el momento. No hay negociación posible con el capitalismo, lo que propone es la destrucción del sistema capitalista como tal, lo cual a la fecha, evidentemente es una tarea inconclusa. La sociedad capitalista pese a sus contradicciones internas mantiene su carácter unidimensional y ha tenido la capacidad de integrar todas sus fuerzas hostiles en un continuo unificado, por lo que las proposiciones de Marcuse siguen tan vigentes como cuando escribió Eros y Civilización.

Marcuse encuentra en Freud la base psicológica que servirían de apoyo y complemento al marxismo. Y es en El Malestar en la Cultura, donde Marcuse halla la base para la crítica de la sociedad excesivamente represiva, pero sobre todo para sus planteamientos de una sociedad libre.

En El Malestar en la Cultura, Freud analizaba el peso de lo cultural sobre el accionar humano, pero sobre todo en la imposibilidad de alcanzar la felicidad. Freud menciona tres fuentes de dónde proviene nuestro penar: “la hiperpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad” (1999, p. 85), según Freud: “se descubrió que el ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y de ahí se concluyó que suprimir esas exigencias o disminuirlas en mucho significaría un regreso a las posibilidades de dicha”, es decir, ya Freud estaba señalando la imposición de la cultura occidental (podríamos decir también imposición del principio de realidad) sobre las posibilidades de la felicidad del ser humano, esto a pesar del desarrollo técnico y los progresos de la ciencia de las primeras tres décadas del siglo anterior.

Pero Freud va más allá y señala la contradicción entre la libido y la cultura: “el amor se contrapone a los intereses de la cultura (...) la cultura amenaza al amor con sensibles limitaciones” (op. Cit., p. 100), Freud explica también que la estructura macroeconómica tiene su fuerte influencia en la economía sexual del ser humano, y agrega: “el reclamo de una vida sexual uniforme para todos, que se traduce en estas prohibiciones, prescinde de las desigualdades en la constitución sexual innata y adquirida de los seres humanos, segrega a un buen número de ellos del goce sexual y de tal modo que se convierte en fuente de grave injusticia” (op. Cit., p. 102). Para Freud, la represión es impuesta por la lucha por la existencia, y ésta lucha tiene un origen económico, al haber “escasez” de los medios de subsistencia la sociedad, por lo que para él se ve obligada a limitar la reproducción de la especie y a dirigir la libido hacia el trabajo, a este proceso lo llamará sublimación. Freud señala no solo lo represivo de la Vienna de principios del siglo pasado en el plano sexual, sino también que esta economía de la sexualidad está muy relacionada con el modo de producción, sin quererlo el mismo Freud sienta las bases para lo que sería el fundamento de una crítica radical de la sociedad capitalista.

Este análisis realizado por Freud fue uno de los puntos de partida de Marcuse en Eros y Civilización que se convirtió en toda una reinterpretación de la teoría psicoanalítica ligándola a la crítica marxista del modo de producción capitalista con una clara intención sociopolítica, desde la cual Marcuse plantearía que en Freud hay una base revolucionaria para una sociedad libre. Los planteamientos freudianos no dejan de ser un análisis de la Europa Central de principios de siglo pasado, pero no por ello menos actuales máxime cuando la sociedad occidental se impone, y el modelo de producción capitalista ha logrado mundializarse y ha llevado hasta puntos inimaginables la represión en nombre de la libertad, poniendo en el lugar de mercancía a la naturaleza y al ser humano mismo, a la vez que nos ha llevado a niveles de desarrollo técnico y científico, y con ello, comodidad y a una alta expectativa de vida a sectores amplios de la sociedad (¡toda una contradicción!). Pero, tal y como se preguntaba Freud: “en definitiva, ¿de qué nos vale una larga vida, si ella es fatigosa, huera de alegrías y tan afligente que no podemos sino saludar a la muerte como redentora?” (op. Cit., p. 87), y yendo todavía más allá podríamos preguntarnos ¿de qué nos sirven todos los progresos técnicos si una gran porción de la humanidad está excluida?

Para muchos, sobre todo en estos momentos de crisis económica mundial, acceder a una fuente de empleo implica básicamente todo un “milagro” y hasta una “bendición”, a pesar de que lo consideren como una desgracia necesaria, sin ningún tipo de garantía o protección social, despojados de todos sus derechos laborales. Y es que efectivamente es una paradoja: es un alivio obtener un empleo, ser explotado implica sobrevivir. Por supuesto que también existe todo un aparato que pone en funcionamiento todo esta nueva dimensión de la explotación, las técnicas de “motivación” y de identificación con los patronos, vía gratificaciones económicas y/o afectivas (cuidadosamente planificadas y ejecutadas por los operadores de la salud mental, como se les suele llamar hoy día). En las empresas han evolucionado a tal punto que efectivamente, no sólo el trabajador es más explotado, tanto por el patrono como por el conjunto del sistema, sino que además de ser más pobre material y espiritualmente, casi se siente orgulloso de ello. Esto cuando se trata de un empleo formal, pero miles de personas se han visto empujados al “submundo” del trabajo informal, donde no existe ya ningún tipo de derechos, y la lucha por la sobrevivencia se hace cada día más dura y miserable. Es aquí donde la explotación se hace todavía más evidente, dónde el capitalismo en su forma neoliberal se muestra tal cual es. El “alivio” de tener trabajo es una fuente de estrés, cansancio y una terrible angustia por la sobrevivencia en nombre de la “competitividad” constante a la que nos vemos sometidos. Esta es precisamente la paradoja que subjetivamente se impone: parece que debemos ser felices de ser explotados, hay que estar agradecidos de generar plusvalía para el capitalista. Pero esto empeora cuando el trabajador o la trabajadora son conscientes de su condición de explotados, ya que el sistema les dice que no hay alternativa, pero no sólo lo dice, sino que lo impone como única realidad posible, cualquier otra cosa es locura, es irracional, subversivo, demoníaco, y por supuesto expresamente prohibido, no es nada casual que en Costa Rica no existan sindicatos en las empresas privadas (a pesar de que es un derecho constitucional, en la práctica están proscritos), y que desde los aparatos de reproducción de la ideología capitalista haya casi todos los días ataques a las organizaciones gremiales y los movimientos sociales.

Todo en el sistema apunta a que seamos explotados sin que nos cuestionemos el proceso por el cual estamos siendo explotados. El análisis del fetichismo de la mercancía de Marx, en este sentido, es brillante, y además brinda la clave para desmitificar la lógica misma de la producción capitalista. Es este carácter fetichista de la mercancía el que nos permite entrar en el mundo del intercambio mercantil de forma alienada, y más aún del consumo irracional de cualquier objeto que se pueda consumir (y hoy casi todo ha sido reducido a “objetos de consumo”), y por lo tanto existir en el mundo: “consumo luego existo”. Ser sujeto inmerso en el trabajo, quiere decir que se es sujeto de crédito, o lo que es mismo, se es un sujeto apto para endeudarse para el consumo. Es un ciclo, donde el trabajar es condenarse a consumir objetos inservibles y con una caducidad casi inmediata, o lo que es lo mismo, es consumirse en el consumo, suicidarse con el consumo (y el suicidio además es colectivo), ya que este consumo voraz consume el espíritu y la naturaleza. Nos convertimos en víctimas culpables de la destrucción del medio ambiente, y de la especie humana como consecuencia. El Capital “en su afán” desmedido de crecimiento (esa es su razón de ser, su lógica intrínseca) necesita una producción excesiva, para un consumo excesivo, esa es su única forma de sobrevivienciaaunque como ya se mencionó se socaven las bases para su reproducción. Se entra en una paradoja: es necesario reducir los costos de producción, producir más barato y obtener más plusvalía, pero al reducir los costos de producción se reducen también los salarios que permiten precisamente la posibilidad de reproducción de la fuerza de trabajo que se consume en el proceso de producción del capital, el mismo capitalismo socava su propia fuente tanto en la naturaleza como en la fuente productora de toda riqueza: la Fuerza de Trabajo.

Justamente (mejor, injustamente) el paso de la universidad (o del sistema educativo en general) al trabajo (mercado laboral) implica la aceptación de esta realidad y el acomodamiento a las “leyes” que impone el mercado mediante sus aparatos tanto sociales como ideológicos. Pocos son los privilegiados que hoy día logran pasar del trabajo a laborar, es decir, de la exigencia de sobrevivir con su fuerza de trabajo a la labor creativa, satisfactoria y liberadora, de hecho esos pueden considerarse una excepción, la mayoría estamos marcados por el trabajo que nos “incluye felizmente” en el ciclo del consumo pero que nos excluye del reparto equitativo de la riqueza que producimos.

BIBLIOGRAFÍA

Freud, Sigmund; El Malestar en la Cultura, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1999.

Marcuse, Herbert; Eros y civilización. Editorial Ariel, Barcelona, 2001.

Marcuse, Herbert; El final de la Utopía; Editorial Ariel, Barcelona, 1986.

Marcuse, Herbert; El hombre unidimensional. Editorial Planeta-De Agostini, Barcelona, 1995.

Marcuse, Herbert; El marxismo soviético. Alianza Editorial, Madrid, 1984.

Marcuse, Herbert; Ética de la revolución. Editorial Taurus, Madrid, 1970.

Marcuse, Herbert; Libertad y Agresión en la Sociedad Tecnológica, en: La Sociedad Industrial Contemporánea, Editorial Siglo XXI, México, 1990.

Marcuse, Herbert; Razón y revolución. Hegel y el surgimiento de la teoría social.Alianza Editorial, Madrid, 1999.

Marx, Karl; El Capital. Crítica de la economía política Tomo I. Siglo XXI Editores, Argentina, 2006.