Alessandro Soares: “Una cosa es la utopía de un mundo mejor. Otra cosa es la posibilidad real de salir del capitalismo"*
Entrevista: Héctor Solano-Chavarría.
Fotografía: Josué Arévalo-Villalobos.
Profesor e investigador de la Universidad de San Pablo, Brasil,
Alessandro Soares da Silva es un intelectual comprometido con los
procesos de cambio y las luchas sociales. Recientemente, ha estado en el
Costa Rica desarrollando trabajo académico en la UCR.
PUEBLO conversó con Alessandro sobre el proceso de cambios que se
vive en Brasil, así como de las perspectivas de la izquierda
latinoamericana. Acá reproducimos la entrevista.
Háblenos un poco sobre la relación entre gobierno, partido de izquierda y movimientos sociales en Brasil
En el caso de Brasil hay que hablar de un proceso histórico.
Pasamos
de una etapa de dictadura, a otra etapa de 20 años de dictadura con una
cara democrática. Cada 4 años se cambiaba el dictador de plantón.
Al principio del proceso, las izquierdas se organizaron en un plano
institucional: el Movimiento Democrático Brasileño (MRB), que hoy es el
segundo partido más grande del país, al que pertenece el Vice-Presidente
de la República.
Como se suele decir en Brasil, era un partido autobús: todos entran
(risas). No importa si eres de izquierda, de derecha, “facha”; era el
partido donde estaba toda la gente que estaba contra la dictadura. Era
un frente de resistencia.
Cuando en 1982, aún durante la dictadura, comienza a haber apertura
al multipartidismo, el MRB se fragmenta, mientras que otros partidos que
estaban en la clandestinidad, vuelven a la legalidad. El Partido
Comunista do Brasil, el Partido Comunista Brasilero, el Partido, el
Partido Democratico Trabalhista, el Partido Trabalhista Brasileiro: una
gran gama de partidos de izquierdas dejaron de estar proscritos y
volvieron a la escena.
En ese contexto, nace el Partido de los Trabajadores (PT).
¿Se crea como resultado de la articulación de esos partidos?
No, es un proceso anterior.
Gente
que estaba en guerrillas, académicos, intelectuales, trabajadores que
estaban en sindicatos, gente que estaba en el MRB pero que tenían una
cosmovisión más marxista, más de izquierda o más obrera.
Era un partido muy radical, pero que con el paso del tiempo ha venido cambiando. Como dice la canción, “todo cambia” (risas).
Para
pensar la relación entre partidos, movimientos sociales y gobierno, hay
que precisar un poco en qué momento, en qué coyuntura, en qué contexto,
en qué situación te colocas.
Lula participó 4 elecciones antes de ser presidente en 2002. Había
perdido en tres ocasiones y su techo era del 30%. Entonces, hizo una
alianza con partido “nanico” (chico), pero con una figura muy
importante: José Silva, candidato a la vice-presidencia. Silva era un
industrial textil que se mete a la política por amistad con Lula.
Cuando Lula y el partido comenzaron a decir que no iban a destrozar
la economía, que no iban a deshacer las privatizaciones, que iban a
garantizar el marco legal de lo que ya está hecho, obtiene el apoyo del
sector industrial, y cambia. En fin, hay toda una transformación.
En el pasado, la disputa era solamente contra Fernando Henrique
Cardozo o contra Collor de Melo. Ellos eran vistos cómo políticos
jóvenes, “inteligentes”, provenientes de una clase “vastada”, estudiados
y “exitosos”; mientras que Lula era un obrero que trabajaba en la
industria metalúrgica que no tenía estudios, pero que había desempañado
un liderazgo importante contra la dictadura. Tenía mucho capital
político, más, ese capital político solo acumulaba entre los que ya
estaban en la izquierda.
Estar en la oposición te permite hacer y decir cosas que uno cuando
se está en el gobierno, no puede hacer más. No porque uno no quiera,
sino porque no puedes. Por ejemplo, hoy tenemos más de 30 partidos en el
Congreso. ¡Imagínense hacer un arco de alianzas!
En Brasil no es como en España, donde a lo mucho hay dos o tres partidos.
Parte
de la discusión sobre los gobiernos de izquierda en América Latina,
tiene que ver el tema de si dichos procesos han avanzado en la
perspectiva de cambios en relación con el modelo neoliberal, o si, por
el contrario, han implicado una continuación de prácticas o políticas
propias de la hegemonía neoliberal. ¿Cuál es su valoración para el caso
de Brasil?
Eso lo han hecho tanto gobiernos como los del PT, el de los
Kirchner, Tabaré Vázquez o el propio Evo Morales. Venezuela hace lo
mismo cuando negocia el petróleo.
El tema es: una cosa es que
tengamos la utopía de un mundo mejor, más justo socialmente. Otra cosa,
es que tengamos la posibilidad real y efectiva de salir del capitalismo,
de abandonar los presupuestos neoliberales, a fin de avanzar hacia el
modelo de sociedad con el que soñamos.
Es muy importante que tengamos eso como un objetivo a seguir, pero
para eso necesitamos cosas concretas para avanzar en el momento
presente. A mí me gustaría que todo cambiara radicalmente, pero me
satisface ver el solo hecho que avancen políticas que impliquen más
justicia social.
En el caso de Brasil, por ejemplo, Lula fue históricamente un
“nacionalista” y un “desarrollista”. Entonces, si bien mantuvo la
política económica y apostó por un desarrollo industrial, económico y de
pujanza en el país, también quería que el país fuera suyo, de los
brasileños, y no de otros.
Por ejemplo, Brasil se niega a comprar aviones para el ejército a
países que no le trasmitan la tecnología. Si no lo hacen, no les
compramos los aviones. Esa es una medida que apunta a desarrollarnos
como nosotros queremos, lo cual expresa una visión de país. Sin embargo,
eso no necesariamente implica dejar el capitalismo al margen.
Mi impresión es que los gobiernos de izquierda han hecho de la
socialdemocracia, algo más real. Los partidos socialdemócratas están
siempre más a la derecha de lo que sus discursos ideológicos plantean.
Tienen un aparente plan ideológico, pero las alianzas que hacen y su
forma de hacer las cosas, los ubica siempre en la derecha. No en la
izquierda. Uno esperaría ver a la socialdemocracia haciendo alianzas con
los comunistas y los socialistas, pero eso no pasa.
Esa combinación de cambios y continuidades que expresan los
gobiernos de izquierda en relación con el neoliberalismo, presupondría
distanciamientos por parte de los movimientos sociales que
históricamente al PT. ¿Ha sucedido eso?
Eso ha tendido a pasar. Uno que peleó para tomar el poder, tomar el
Estado, como parte de tus expectativas de izquierda, esperas que el
Estado cumpla con todas las cosas que se habían prometido.
Entonces,
una vez que descubres que todo lo que se esperaba no es posible
hacerlo, te preguntas: ¿Qué hago? ¿Pelearme con el gobierno? ¿Permitir
que los que estaban antes en el poder tengan argumentos,
instrumentalizando mi pelea, para pelearse ellos con el gobierno y
eventualmente volver al poder?
¿Qué hago? ¿Insertarme por dentro de las estructuras? ¿Construir
espacios de contra-hegemonía a lo interno del partido? Bueno, son
estrategias que se hace uno.
Lo que pasa es que hay un techo para
la posibilidad de acciones en el Estado. Eso pone a los movimientos
sociales, a los partidos políticos y a los sectores más progresistas en
una situación un poco de jaque mate. Ha tendido a pasar en Brasil, pero
también pasa en Argentina o en Uruguay, cuando Tabaré Vázquez no
sancionó la ley de caducidad ni la ley del aborto.
Dado eso, ¿cuáles serían las claves para superar ese tipo de
discontinuidades entre las expectativas de los movimientos sociales y
las limitaciones reales que tiene el gobierno?
Lo que pasa es
que para hacer un cambio definitivo, no veo muchas posibilidades a
través de una perspectiva que no sea la acción totalitaria. Sin embargo,
la fuerza, las armas y la imposición radical, no garantizan una noción
de justicia que sea necesariamente la mejor, o una justicia que sea
satisfactoria para la gente.
El cambio soñado, es un sueño. Un sueño a ser perseguido. Estoy más
preocupado por ver cómo avanzamos en relación con los cambios a nivel de
la educación política. La educación para el poder.
Si las cosas
se hacen desde arriba, si se impone por la fuerza, sin promover
condiciones para el diálogo, no se avanza en la
producción-transformación de la consciencia. La consciencia no es una
cosa que yo te regalo, o que te impongo. Es un proceso de producción.
Construir sentidos.
Es un trabajo de hormiga, y para eso necesitamos muchos hormigueros
trabajando articuladamente. No cada uno en su hormiguero. El problema
con las izquierdas es que cada uno tiene su hormiguero.
Eso me
parece un desafío muy gordo, porque eso impide que se avance más. La
derecha consigue pelearse, pero al final decide cuál es la estrategia.
Nosotros más bien decidimos una estrategia y nos peleamos después. Eso
contribuye a una imagen de que la izquierda no tiene articulación
suficiente para gobernar.
La izquierda necesita cambiar su manera de relacionarse con la
población y de relacionarse con compañeros que tienen planteamientos
diferentes.
Eso no es traicionar valores ideológicos. Eso es
tener claridad para construir cambios en la cultura política, en la
subjetividad y en las prácticas colectivas de la izquierda.
Así llegaremos a construir el otro mundo que es posible.
* Entrevista publicada en el Periódico Pueblo en su edición del mes de Marzo, la versión digital de esta entrevista también se puede encontrar aquí:
https://www.facebook.com/notes/peri%C3%B3dico-pueblo/alessandro-soares-una-cosa-es-la-utop%C3%ADa-de-un-mundo-mejor-otra-cosa-es-la-posibi/261364933948407