“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

jueves, 16 de febrero de 2017

La tristeza más absoluta

Ya pasó un mes. Treinta días que son toda una vida. Treinta como los treinta años de vida mi hermana. Un mes apenas y sigo sintiendo el desconsuelo y la tristeza más absoluta que he sentido en mi vida. Son apenas treinta días, y me parecen como si fuera tan solo uno. Treinta días que desearía fueran solo una noche, la peor pesadilla, pero al fin de cuentas un sueño y nada más. Son apenas treinta días, y el tiempo es líquido, no sé en qué momento pasaron, y siento todo como si hubiese pasado apenas unos minutos, siento como si hubieran pasado esos treinta años y medio, y recuerdo con precisión el primer día que la vi, como hoy veo a mi sobrina, pequeña, y siento ternura. Pero recordarlo me produce una tristeza que me parte en mil pedazos. Treinta días, treinta años. Es mucho, y a la vez nada. Es todo.

Aún no lo creo. No lo quiero creer, pero es cierto, debo aceptarlo, pero no quiero. La extraño, y mucho. No escucharé más su voz. Nunca más podré abrazarla. Nunca más me mirará con sus bellos ojos verdes, nunca más podré mirarla. Quedaron muchas cosas por decir. Quedan miles de recuerdos. Queda la música, que hoy me duele profundamente. Quedan aquellos buenos tiempos que no volverán, y que nunca quise que se acabaran. Pero crecimos.

No encuentro consuelo con nada. Estoy roto. Trato de juntar las piezas para volver a armarlas, como si se pudiera, pero me falta una vital, y ya nada volverá a ser igual.

Es apenas un mes, y algunos días he estado bien, otros masomenos, otros mal, y otros peor. No necesariamente en ese orden. Y hoy es uno de esos días que estoy peor. Hoy, que es justo un mes, que se me hace tanto como sus treinta años de vida.

Siempre temí que una noche sonara el teléfono, y fuera ese tipo de llamadas que comunican una tragedia. Aún retumba en mi cabeza la voz de mi hermana entre sollozos diciéndome "Prisci murió", se me eriza la piel, y me siento helado. No puedo evitar sentir cómo se me parte la vida en mil, que me desgarro por dentro y por fuera.

Son treinta días... y esta tristeza es absoluta...

jueves, 15 de diciembre de 2016

¡Usted no sabe quién soy yo!

Mucho se ha hablado estos días de la prepotencia, la arrogancia y el semblante clasista de Andrey Amador (a algunos se les olvida de dónde vienen). Se le cayeron las medallas, aunque se haya disculpado, se mostró tal cual es. Pero más allá del papelón de Amador, es común que los famosos o los poderosos se valgan de su posición para zafarse de las consecuencias de sus actos irreflexivos o prepotentes. El "¡Usted no sabe quién soy yo!" es más común de lo que pensamos o de lo que muestran las cámaras, y se da en todos los niveles. Lo más grave, y eso es lo que deja ver Amador, es que esta gente se cree impune, siente que la ley no les aplica simplemente por ser quienes son y, claro, la autoridad normalmente responde sumisa a este tipo de gente. Los ejemplos sobran. Uno muy claro y vergonzoso es el de Álvarez Desanti. Podríamos hacer una lista; pero no es el objeto de este apunte.

A nosotros en cambio, simples mortales, insignes desconocidos, nos pasa eso, y tenemos que recurrir al ¡Usted no sabe quién soy yo! de otra forma. Digamos que como defensiva frente al abuso de autoridad y el talante represivo de la policía. Nada que ver con lo de Amador. 

Resulta que en alguna de las manifestaciones contra la guerra de Irak, la policía se había puesto algo agresiva, nos llamaban terroristas, y un policía en cierta ocasión me dijo que por qué no iba a poner bombas a Irak. Otro día, cuando la policía se había cansado de que estuviéramos en la calle, y nos echó a los antimotines, uno de los tombos se abalanzó hacia mí, con cara de pitbul. Me sentí perdido y pensé que sumaría un nuevo arresto. Fue entonces cuando se me ocurrió gritarle: "¡Usted no sabe quién soy yo!"... El tombo titubeó, se quedó mirándome como preguntándose quién diablos podría ser yo... fue una fracción de segundo, pero suficiente como para salir corriendo y librarme de un arresto seguro. Es posible que el tombo haya entrado en cólera sabiéndose burlado, traicionado por su sumisión al poder, instrumentalizado... aunque es posible que no haya dado para tanto, y que simplemente se haya quedado pensando si efectivamente yo era alguien importante.

En otra ocasión, podría ser el año 2010 ó 2011 -épocas en que la policía andaba muy agresiva, estaban muy matones, y era el mal gobierno del PLN y Laura Chinchilla- estaba con unos amigos fuera de La Chicha, nada más hablando. Las cervezas las habíamos dejado adentro, la policía hizo un operativo y ordenó que entráramos, nos dijo que no podíamos estar en la acera. Preguntamos por qué y uno de los oficiales entró en cólera, nos gritó que estábamos obstruyendo la vía. Asombrado por la respuesta le pregunté a quién le obstruíamos la vía, más sorprendente fue la respuesta: "¡A mí!". Me hice a un lado y le dije "pase, nadie le obstruye el camino". Parece que el oficial se enojó un poquito, porque al rato volvió con refuerzos y me pidieron la cédula. La cosa se tornó absurda cuando dijeron que estaba arrestado, y uno de los compas preguntó por qué. La respuesta de antología, aunque típica, fue: "resistencia a la autoridad, no quiso entregar la cédula"... Este compa le hizo ver que tenía mi cédula en la mano, la respuesta del policía fue un codazo a la mandíbula. Luego de eso, mientras fui llevado a la perrera que estaba cerca del Hotel de Rey, el policía me insultó tantas veces como se puede en 150 metros. "Vamos a acabar de una vez con esto, lo vamos a barrer como la basura que son", "se les acabó la fiesta", entre otras bellezas. Contra la pared me quitaron el teléfono, me empujaron esperando que reaccionara para golpearme, me metieron a la perrera y me dieron el celular sin la batería. Estuve media hora en la perrera, cada tanto algún policía abría la puerta para insultarme. Mis amigos estuvieron fuera tratando de que me dejaran libre. Al parecer hubo muchas discusiones, que se acabaron cuando a uno de ellos se le ocurrió decir "¡Ustedes no saben a quién han arrestado! ¡Tienen a un profesor universitario!". Según me contaron, los tombos se quedaron fríos, y parece que la jugada funcionó porque me soltaron, no sin antes volverme a insultar. A empujones me devolvieron a La Chicha, y lo más lamentable fue que alguien se había tomado mi cerveza. 

Pero bueno, la anécdota es que hay muchos "Usted no sabe quién soy yo", y tienen diferentes usos (en mi caso defensivos frente a la represión). Lo único común que tienen, y de ahí su efectividad, es que la autoridad siempre (casi siempre, seamos justos) es sumisa a los que son "alguien". De ahí que reaccionen de esta forma, que se lo piensen dos veces cuando se trata de algún personaje. Así funciona este paisito...