“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

lunes, 1 de julio de 2019

Formas del dolor

Hoy es 1 de julio e inevitablemente me lleno de dolor y tristeza. Inevitablemente siento este vacío en el pecho. Inevitablemente siento estas ganas de llorar. Hoy Prisci debería cumplir 33 años, hoy deberíamos celebrar, no llorar.

Apenas han pasado dos años y medio, pero siento que ha pasado más. Tengo la sensación de que aquella fría noche de enero fue hace mucho tiempo. Pero apenas son dos años y medio. Dos años y medio es toda una vida, es la vida de alguien que no tiene idea de qué pasó, y que con el tiempo irá sabiéndolo, y que le dará su propio sentido. De momento, ha tocado lidiar con el dolor, con la ausencia, con la tristeza. Con el sinsentido de lo ocurrido, con la irresponsabilidad y negligencia de quienes no debieron dejarla morir.

Hace dos años me negaba a aceptar lo que había pasado, me negaba a aceptar la realidad, me negaba a aceptar su muerte. Seguí esperando a Prisci, creía que la me encontraría en algún lugar, aunque sabía que eso no iba a pasar. Cientos de veces he escuchado las canciones que nos gustaban, las canciones con las que crecimos. Anoche me preguntaron cómo me sentía, y mi respuesta fue: "Resignado". Porque ya eso es lo que queda, resignarse. No es fácil llegar a ese momento, me he tardado dos años y medio. Resignarse, es también otra forma del dolor. Porque el dolor va mutando, de una intensidad terrible a una nostalgia profunda. El dolor muta, no desaparece. La fractura está ahí, el vacío está ahí. Y frecuentemente ese dolor emerge, se intensifica, se hace insoportable, y no queda más dejarlo salir, llorar.

Pasará mucho tiempo para que en algún momento celebremos que Prisci existió, o tal vez nunca llegue ese momento, por lo trágico que ha sido todo esto, por lo intempestivo de su muerte, por lo injusta que me resulta su muerte. Espero, oyendo esa música que tanto nos gustaba, algún día poder sonreír un 1 de julio y tomarme una copa por su vida, mientras, solo me queda llorarla, y sentir esta nostalgia profunda, esta otra forma del dolor.