“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró
Mostrando las entradas con la etiqueta Lógica de crecimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Lógica de crecimiento. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de agosto de 2013

Fetichismo (parte 2): La Mercancía

En el apunte anterior hacía referencia a un libro Paul-Laurent Assoun sobre el Fetichismo, y reflexionaba en torno a la romería del fin de semana, y de cómo, aunque los católicos lo niegan, todo su rito de peregrinación y cumplimiento de promesas es un acto de fetichismo tal y como lo describió De Brosses. Fetichismo, cuando no idolatría. Algunas de las reacciones al apunte me han parecido algo simpáticas, porque las personas que me han escrito dicen que son creyentes a su manera. Eso me han dicho varios amigos y amigas para marcar distancia con el rito idolátrico oficial de la Iglesia Católica.

Pero digamos que esto del fetichismo se trata de hacer como si las cosas tuvieran propiedades o poderes que no tienen, eso es lo que ocurre en muchas de las personas que hicieron la romería y que profesan devoción a "La Negrita".

Ahora, intentaré explicar el renuevo que Marx le dio al fetichismo, para llegar a cómo estas formas del fetichismo se sintetizaron de forma notable en la romería. Para ello haré una breve disertación sobre eso que Marx llamó el fetichismo de la mercancía, y que a mi juicio es central para comprender la constitución de la subjetividad en estos tiempos que corren.

Marx en El Capital parte del análisis de la forma más simple de la riqueza: la mercancía. Y no es casual que inicie por ahí, pues se trata del elemento básico de la riqueza en la sociedad capitalista. Marx ve en la mercancía una toda una lógica, una genealogía, y explica que la mercancía no es un objeto simple, juega un papel activo, y tiene dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor, que son dos cosas distintas pero inherentes a la mercancía.

Esto resulta de primordial importancia en la teoría marxista de acumulación de capital, porque precisamente su metodología de análisis permite ver en lo concreto de un objeto, en su forma de mercancía, la historia que éste contiene, como objeto, el proceso de su producción encierra todo un cúmulo de conocimientos. Pero además, con su visión de totalidad hace visible las relaciones sociales que posibilitan la conversión de un objeto en un valor de uso y en un valor de cambio a través del trabajo humano – concreto y abstracto a la vez –, en mercancía.

El análisis dialéctico de Marx pone en su real contexto las relaciones económicas y sociales de las sociedades en donde impera el modo de producción capitalista. Lo importante de la metodología utilizada por Marx, es que en su análisis explica que la acumulación de Capital es parte del desarrollo histórico de las relaciones sociales, económicas y políticas de las sociedades, y que en este sentido no se trata de una relación natural.

El fetichismo del dinero, como veremos, es el producto de esta forma relaciones de poner en el centro de las relaciones económicas al dinero, como fin, y no como el medio del intercambio (forma de equivalente) que es.

Antes detengámonos a puntualizar el análisis que Marx hizo de la mercancía, para con ello dilucidar lo que en el parágrafo 4 del primer capítulo de El capital, Marx llamó El fetichismo de la mercancía, y que a mi juicio resulta de fundamental importancia para comprender cómo es que el capitalismo, a pesar de que claramente es un sistema destructivo, sigue sosteniéndose más allá de sus límites objetivos (es decir materiales) y se ha instalado como único sistema posible en la subjetividad, a fuerza de una naturalización en las relaciones sociales.

Empecemos por señalar que para Marx, en la relación de cambio, la mercancía juega un papel activo, y es el dinero el que sirve para “medir” el valor de la mercancía. El conocimiento de la economía proviene de la relación de cambio, y Marx ve en la mercancía que se vende, el objeto como tal. El dinero, ya lo veremos, es una mercancía peculiar que hace de equivalente entre todas las mercancías. Cuando Marx nos indica que en el modo de producción capitalista, la riqueza es un enorme cúmulo de objetos útiles, no sólo historiza esta riqueza, sino que además nos dice que en el modo de producción capitalista la producción gira en torno a la generación y multiplicación de estos objetos, que finalmente devendrán en capital.

Ahora bien, ese objeto que se ha denominado mercancía, nos explica Marx, se trata de un objeto exterior, modificado en su forma original (es decir se trata de un hecho histórico en tanto modificado por la mano – trabajo – humana, para ser más claro, es un objeto de la cultura), y que satisface necesidades humanas, deseadas o necesitadas, no importa, lo que importa es propiamente que satisfaga una necesidad. Ese objeto, se mencionó al inicio, se compone de dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor de cambio.

Cuando Marx habla del valor de uso se refiere al cuerpo propiamente del objeto, el objeto como cosa útil, producto del trabajo humano, y que no está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, no se refiere a una determinación de tipo cuantitativa, sino más bien cualitativa. No se debe perder de vista el valor de uso de los objetos porque debe considerarse la forma de producir y reproducir la vida.

Es decir, que con sólo el valor de uso los objetos no se convierten en mercancía, sino que además los objetos en tanto útiles pueden contener un otro valor, que se denomina valor de cambio. Pero a diferencia del valor de uso de los objetos, este valor de cambio no es natural de los objetos, no remite a la forma, se trata más bien de una convención social, una propiedad socialmente determinada, y esa determinación es cuantitativa. El valor de una mercancía sólo se puede expresar a través de otra mercancía, un objeto “a” se expresa en una cantidad determinada de un objeto “b”, se trata de una relación cuantitativa, porque en principio los objetos, aunque útiles, no son comparables. Se deduce con facilidad, que una condición necesaria para el intercambio es que los objetos sean diferentes. Cuando una persona se hace la pregunta por el valor de una mercancía “a” la respuesta se basa en el valor de “b”, y cuando se pregunta por el valor de “b” se tendrá que hacer referencia a la mercancía “a”. Y esto ocurre porque hay una suposición de que el objeto tiene un valor. Pero ese valor se expresa en el valor de uso de otra mercancía, el valor se hace visible a través de otra mercancía, por sí mismo el valor es invisible. No hay mercancía posible sin relación con otras mercancías, es ahí dónde se manifiesta el valor de cambio, una mercancía aislada es una ficción metodológica. Por tanto, no se trata de una propiedad natural inherente al objeto, en la relación de cambio da igual que su naturaleza sea distinta, son intercambiables siempre que tengan la misma proporción de valor. Y aunque cuando en lo cotidiano se hace abstracción del valor de uso y nos remitimos al valor de cambio (de forma irreflexiva, por puro uso común) sigue siendo condición necesaria para la posibilidad de cuantificación del valor el valor de uso.

Pero sí hay algo que es “igual” en estas mercancías, y es eso que llamamos valor: la magnitud del valor. No se igualan los valores de uso, sin embargo, como se mencionó, un objeto como cosa, es útil en tanto ha sido modificado de su estado natural (transformación de la naturaleza) por el trabajo humano, y que es lo que constituye la base para poder pensar el valor: la cantidad de trabajo. Es teniendo en cuenta el trabajo humano contenido en este objeto útil que se pueden igualar los objetos. Por tanto, la sustancia del objeto es el trabajo, mientras la magnitud del mismo es la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene, como unidad de medida. Es justamente (o más bien injustamente) el trabajo lo que no se ve en la mercancía, pero precisamente el trabajo humano es lo que hace que la mercancía pueda ser comparable con otra mercancía.

La mercancía, por tanto, es un producto del trabajo humano útil, concreto. Y este cúmulo de mercancía que componen la riqueza en el modo de producción capitalista es producto del trabajo social disponible, que se expresa como trabajo concreto (que produce objetos de forma particular) a través de la división social del trabajo – que se nos presenta como una red de productores privados autónomos e independientes –, y eso es lo que está de fondo en este cúmulo de mercancías.

Los productores privados se presentan al mercado a cambiar sus valores de uso (para otros, para el propietario se trata de un “no valor de uso”) en tanto son poseedores (dueños) de objetos, es en ese momento en que el valor de uso se transmuta en valor de cambio y “se igualan” los objetos, en tanto contienen la misma magnitud de valor, es decir, en tanto la sustancia misma del valor (el trabajo humano). El tiempo medio para producir un objeto es una imposición social. Y este trabajo medio es lo que se denomina trabajo abstracto.

El economista Hernán Alvarado en su libro Para descifrar el símbolo monetario y el fin del capital (1997), explica que “Es la mediación de un trabajo concreto lo que le imprime a la cosa una supranaturalidad, lo que la convierte en objeto, en una materialidad social, en un valor de uso; de la misma manera que es la medida de un “trabajo abstracto” lo que le imprime al objeto una supersociabilidad: un valor de cambio que lo convierte en mercancía”.

El valor es una relación social que busca el reconocimiento de la fracción del trabajo social, esto se establece a través de una relación con otra mercancía. Para ello es necesario una forma de equivalencia. En la forma equivalente el cuerpo de la mercancía “b” aparece como “alma” de la mercancía “a”, por tanto el valor se puede expresar a través de otros objetos que “prestan” su cuerpo. Y el trabajo concreto de “b” se expresa como trabajo abstracto en la mercancía “a”. Este trabajo concreto contenido en la mercancía “a”representa un trabajo privado que al enfrentarse a la mercancía “b” se presenta como trabajo social. Según Marx: “El cuerpo que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto de un trabajo útil, concreto. Esta trabajo concreto, pues, se convierte en expresión de trabajo abstractamente humano.”

Esto es lo que Marx denomina la Forma simple del valor: “La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía, se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo valor se ha expresado, cuenta única y directamente como valor de uso, mientras que la otra mercancía, aquella en que se expresa valor, cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis, contenida en ella, entre el valor de uso y el valor”. Otra forma de valor es la Forma desplegada o total del valor, en la que se puede establecer una relación con todos los objetos a través de una mercancía, es justo ahí cuando el valor muestra su naturaleza social.

En la Forma general del valor, los objetos establecen una relación con una mercancía que hará las de equivalente general:
“Una mercancía sólo alcanza la expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que ser una forma socialmente vigente”.
Todas las mercancías son comparables a través de una sola, el valor social está expresado a través de esta “tercera mercancía” para lograr calcular las magnitudes del valor de las mercancías. Esta “tercera mercancía” en su función de equivalente general, juega un papel exclusivo y excluyente para medir el valor de todas las demás mercancías, es un objeto simple, pero es un objeto común que las compara a todas y posibilita el intercambio, como medida de valor. En tanto es medio de intercambio permanece “invisible”, nadie pregunta por su valor, porque supone el valor de las otras mercancías, es un supuesto absoluto que no se expresa. Según Alvarado, la Forma dinero deriva de esta Forma general del valor:
“En cuanto valores los objetos se transforman en mercancías (...) se toman en cuenta dos características de esta forma del objeto: la primera, que en la relación mercantil los valores de uso equiparan sus magnitudes de valor, de esa equivalencia depende su vigencia histórica. Los objetos mercantiles se sujetan a la ley social con el rigor con que sus materiales se sujetan a la ley de la gravedad. La segunda, que el valor de cambio comporta, en la práctica, una realidad simbólica: su precio, o representación del valor en términos dinerarios. Sólo que aquí lo simbólico esta supeditado a la materialidad de equivalente: el precio se refiere al valor de la materialidad del oro, al dinero”.

Lo que Alvarado explica, es que lo simbólico queda supeditado a la materialidad del dinero, y que es precisamente esa supeditación lo que permite que considerar al dinero mercancía, puesto que hay un valor de uso que deviene en valor de cambio, y el objeto se manifiesta “sólo como una cantidad equivalente de otros valores de uso”. Y agrega: “La equivalencia es un caso de ambivalencia; dos magnitudes se sopesan y se equiparan, así se propicia el vínculo mercantil. La equivalencia es la ambivalencia en su punto de equilibrio, pues el valor de cambio supone la doble valencia de la mercancía y del dinero”. Para Marx, es la forma de dinero “... la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales.” Marx insiste en que se trata de un modo de pensar válido “... para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.

Es precisamente aquí cuando se produce un fenómeno con enormes consecuencias para el modo de producción capitalista, y que a mi juicio también tiene serias consecuencias en la subjetividad, y que de alguna forma viene a determinar la forma en que nos relacionamos, y determina en alguna medida el porqué hacemos lo que hacemos, y es lo que Marx denominó el Fetichismo de la mercancía. Es este momento en que el desarrollo de la producción capitalista se topó con la cuestión del fetichismo. Es justamente aquí cuando, según Paul-Laurent Assoun, el "rasgo fetíchico" se inscribe en el momento de la materia bruta de las cosas con su carácter de forma en el sistema de los intercambios, es decir, en donde la cosa parece animarse hasta llegar a la "autonomía" y se incorpora a la "danza de las mercancías". 

Es por esto que Assoun dice que Marx se torna en etnólogo del capitalismo moderno, porque en sus análisis de la mercancía señala que ésta es la forma visible e inasible de las relaciones sociales, porque en el intercambio las cosas pareciera que se relacionan entre sí, como si no se tratara de relaciones humanas. Esta forma de fetichismo expresa la ruptura entre el valor de uso y el valor de cambio, y la naturalización de las relaciones sociales, por lo que parece que son las cosas las que tienen un valor que no poseen, con una dinámica propia. Es como si los objetos tuvieran propiedades por ser mercancías, y olvidamos que se trata de productos del trabajo humano. Pero esto ocurre porque, las mercancías, al producirse de forma privada y de forma independiente, sus atributos sociales se manifiestan en el intercambio, ocultando las relaciones sociales que tiene de fondo, pareciera que las cosas se relacionan entre sí, como si no existiera historia dentro de las mercancías. Se trata del trabajo humano, y lo que determina la magnitud de valor es la cantidad del trabajo. 

Marx explica que cuando una persona trabaja para otra, ese trabajo adquiere también una forma social. En el intercambio, y nada más que ahí, nos dice Marx, es que los productos del trabajo adquieren una objetividad del valor, que es social, y que se separa de su “objetividad de uso”, se trata pues de una escisión del producto laboral devenido en cosa útil y cosa de valor, que se hace efectiva en la práctica y cuando las cosas se producen para el intercambio, porque ahí se tiene en cuenta el valor para que el intercambio sea posible. Marx agrega: “A partir de ese momento los trabajos privados de los productores adoptan de manera efectiva un doble carácter social”, y explica que los objetos satisfacen una necesidad socialmente determinada, con la que prueban la eficacia como partes del trabajo global, dentro de la división social del trabajo, pero además, esta producción de objetos útiles produce objetos dotados de valor susceptibles de ser intercambiados por otros objetos equivalentes en cuanto a su magnitud de valor: “La igualdad de trabajos toto cœlo [totalmente] diversos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en la reducción al carácter común que poseen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo abstractamente humano”.

Como explica Alvarado:
“El objeto es naturaleza transformada por el trabajo humano, lo que quiere decir relación de poder, intencionalidad, finalidad colectiva. No obstante, a menudo se atribuye al objeto propiedades que en sí no tiene y se omite, sospechosamente, el trabajo y su determinación: se le atribuye una plusrealidad, una segunda capa de sentido que recubre la funcionalidad original. Si no se distingue entre un objeto y una cosa natural, aunque ambos sean igualmente útiles, no se ve la mano humana, por ende no se puede delimitar lo real de la relación histórica. (...) en alguna parte se pierde así lo real del objeto. Lo curioso es que no se pierde el objeto sino su realidad histórica; el objeto sigue fungiendo en la práctica, pero ya no como lo que es, sino como otra cosa; como si la utilidad fuera refuncionalizada y puesta al servicio de otro orden, del orden arbitrario del fetiche, en el que se pervierte la realidad inicial del objeto. No obstante, al omitirse la naturaleza, el objeto será una metafísica; al olvidarse el trabajo será una cosa mítica; se esfuma así la objetividad de la cultura que lo originó. Esta operación mental consiste en aniquilar la realidad social del objeto, en omitir así la relación humana. Esta última pervive petrificada, como si fuera una cosa y no una dialéctica.” 
Marx lo que dice es que, al producirse de forma privada objetos que son socialmente útiles, se revela el carácter social del trabajo que los produce, y que justamente eso es lo que tienen de común las mercancías, que son objetos producto del trabajo humano, y en el mercado esta relación de trabajo, que es la que en el fondo produce el valor, se da de forma inconsciente, “No lo saben, pero lo hacen”, dice Marx. El valor no lleva escrito en la frente lo que es. Por el contrario, transforma a todo producto del trabajo en jeroglífico social. La relación social de las personas es transformada en un comportamiento social de cosas. Pero además como lo señala acertadamente Alvarado, se trata de una “relación de poder, intencionalidad, finalidad colectiva”, de una relación de explotación, en la que el capitalista se apropia del plusvalor producido por el obrero. Como “sospechosamente” se omite u olvida el trabajo contenido en la mercancía, la cosa se vuelve mítica y se oculta completamente la cultura que lo origina, la cultura de la irracionalidad capitalista, y a la vez inaugura el síntoma de la sociedad capitalista contenido en la producción de mercancías. Para el productor lo que interesa es cuánto valor ajeno obtendrá por el producto propio. La magnitud de valor cambia de forma constante y de forma independiente de la voluntad de los sujetos del intercambio, según Marx, “su propio movimiento social posee para ellos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de controlarlas”.

En ese sentido es que el método de análisis dialéctico de Marx permite ver que la sociedad burguesa genera en su modo de producción, el fetichismo, que se sostiene bajo una lógica perversa de explotación, y que se oculta bajo la figura de la mercancía. Pero además, pone de manifiesto que las actuales formas de relación social no son igualitarias, tal y como pretende la burguesía, y que no se trata del “Edén de los derechos humanos innatos”, sino que se trata de una sociedad en la que la desigualdad se disfraza de igualdad a través de la relación económica en la dialéctica del intercambio de mercancías. Esta ley de equivalencia del intercambio, según Alvarado, es una operación mental, donde lo distinto aparece como si fuera lo mismo, como si las cosas se cambiaran de forma proporcional (ya veremos cómo esto no es posible), que esta equivalencia “es una utopía mercantil”. En una nota al pie de página de El Capital, Marx lo explica de esta forma: “Lo que caracteriza, pues, a la época capitalista es que la fuerza de trabajo reviste para el obrero mismo la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo la forma de trabajo asalariado…”. Alvarado sostiene que el trabajo en la sociedad capitalista se convierte en una actividad que desconoce lo subjetivo del sujeto que lo realiza, se trata de una ideología que no soporta lo específicamente humano, lo diferente, lo inconmensurable: “... Por eso cabe afirmar que el intercambio de objetos está fundado en una ficción que sostiene eficientemente un fetiche: la mercancía. Fetiche sobre el que pesa una mentira: la ley de equivalencia, o sea, la ley que toma lo diferente por lo mismo, que instaura la violencia simbólica de la medida, el totalitarismo del valor”.

Pero además de ocultar una relación de producción perversa, en donde se genera un sinrazón (el proletario y la exclusión), se impone como afirma Alvarado un totalitarismo del valor, que se instaura en la subjetividad, y que es finalmente lo que hace que el mismo sistema se mantenga a pesar de las contundentes pruebas de su propia disfuncionalidad:
“El intercambio que hace mercancía al objeto es, por otra parte, un proceso social que multiplica los usos y necesidades. Una instancia que acelera en progresión creciente la producción/consumo de objetos. La forma mercantil es un primer acelerador de ese proceso universal de objetivación o de transformación de la naturaleza en objeto, de la lógica general de cosificación, que termina siendo, para el sujeto, el mismo proceso de su enajenación.”
Tras esta extensa reflexión en torno al carácter fetichista de la mercancía, y en cómo efectivamente, ésta se convierte en síntoma del capitalismo, finalizo mencionando un detalle que me llamó poderosamente la atención de la romería pasada, y que no pasó inadvertida por mucha gente (y que demás dio origen a esta serie de apuntes sobre el fetichismo), es la foto de la Basílica por dentro:


Las marcas, según Naomi Klein en un interesantísimo libro titulado No Logo, han llegado a sustituir o al menos convertirse en algo similar a las mercancías, en algunos casos las mercancías "valen" por el simple hecho de tener un logo. Es decir, que "el capitalismo" ha dado un salto en las producción de fetiches, y las marcas pueden sustituir en alguna medida a los objetos (y su producción) al punto de que ya no es necesario el objeto como tal, sino su representación, que en este caso sería la marca. Es una inversión bastante interesante de lo que sucede con el fetiche religioso, que sí requiere del objeto. 

En todo caso, los fetiches a lo interno de la Basílica se sintetizan en el "pasillo de la fe", nótese el simbolismo de entrar de rodilla al santuario estando rodeado de marcas comerciales. No deja de ser una ironía que en el supuesto espacio sagrado se conjuguen tantos fetiches, primitivos y modernos. Pero lo que más me llama la atención es que la gente sea tan irreflexiva y no pueda ver a los mercaderes absolutamente metidos en el templo, por eso precisamente es que es tan importante el análisis Marxista de la mercancía, que devela el carácter social de la producción capitalista. Por eso es que Marx analiza el objeto básico de la producción, porque encierra y a la vez oculta todo el proceso de producción, es decir las relaciones de poder. Y esas relaciones de poder no es casual están presentes en ese acto religioso, la gente encandilada por el brillo de la mercancía no ve lo que ocurre frente a sus narices, este acto de fe, es precisamente lo que sostiene al fetiche religioso, este acto de fe también es lo que sostiene al capitalismo. La romería es un claro ejemplo de ello. 

El próximo apunte, analizará cómo efectivamente en este "acto de fe" el poder político también hizo su juego, aunque por supuesto como es la tónica en el gobierno de la Chinchilla, les salió un poco mal. Hasta aquí por hoy, que me extendí demasiado.

domingo, 23 de junio de 2013

El tiempo y el "modelo país"

Abro el diario de Tibás y me encuentro dos cosas que me llaman la atención: una entrevista a Fancisco Chacón (ex-ministro de propaganda) y un reportaje sobre el uso del tiempo de los costarricenses. En principio, una cosa no tiene que ver con la otra... y en realidad no, bueno tal vez un poco.

En noviembre del año pasado escribí un par de apuntes sobre el "Absurdo de vivir", el segundo específicamente relacionado con el trabajo y de cómo nuestra vida se va en el trabajo. Decía que "Vivimos sometidos (voluntariamente, es lo peor) a un ritmo de vida que únicamente sirve para la producción de cosas. Un ritmo de vida que en realidad es un ritmo de producción. Nuestra vida está en función de la producción, nos hemos convertido en simples eslabones de esta absurda y destructiva espiral de producción-consumo, que en realidad es de destrucción de la vida humana y del planeta, en forma paralela." 

Cuando leo el "reportaje especial" del diario de Tibás me quedo pensando que Álberto Barrantes C. ni siquiera se pregunta qué es lo que pasa, su reportaje es completamente superficial, lo cual no debería extrañarme. En su narración (decir análisis sería exagerar) Barrantes nos explica: "Corre como el agua. El principal culpable es el tiempo. Ese enemigo que, con sus minutos y segundos, se escurre en un abrir y cerrar de ojos entre la computadora, el celular, comer, dormir, el traslado para llegar al centro de trabajo y para realizar los quehaceres domésticos del día a día."  (la negira es mía).


Según Barrantes se trata del tiempo, no de la lógica de producción que nos ata al trabajo y al consumo. Sería mucho pedir que hubiese llegado al fondo del asunto. La colega y amiga Amaryllis Quirós lo pone un poco más en perspectiva cuando cuestiona la lógica materialista que nos exige tener más, pero se queda corta (claro que la entrevista y las opiniones de Quirós no están del todo consignadas en el reportaje). El reportaje de Barrantes por eso se queda corto, porque como es típico en estos periodistas de molde, apenas se dedica a describir una encuesta a la que podría sacársele más jugo, pero no es de interés ni del periodista ni del diario, que ya sabemos lo que es. Es apenas un dato que el 44% de los encuestados se sienta satisfecho con su trabajo, es decir el 56% está insatisfecho más de la mitad, hace diez años el 70% se manifestaba satisfecho. Esto no es un dato menor, ya veremos si en otro reportaje se mencionan las causas. 


Pero obviamente el "culpable" no es el tiempo, si no su distribución, y la distribución del tiempo no es azarosa, está completamente estructurada en función de la producción. La vida se nos va en el trabajo,  en estudiar para tener mejor trabajo, y en el consumo, porque el consumo es una pieza fundamental para que el sistema se sostenga, sin consumo no hay crecimiento y sin crecimiento, "hay caos". Por eso la reivindicación con respecto al tiempo es fundamental, y tiene también que ver con darle el verdadero valor que corresponde a los valores de uso, nuestra sociedad le da ha dado una posición privilegiada al valor de cambio, y es así como hemos convertido todo en una mercancía que se vende o se compra, "time is money", dicen los dueños de todo, los capitalistas, y las focas aplauden, aunque no tengan dónde caer muertos. Con esta lógica es que acabamos con nuestra vida, no es por culpa del tiempo, el tiempo es el que es, siempre lo ha sido, la diferencia fundamental es nuestro "ritmo de vida". 


Hace unos días veía una entrevista en TVE al presidente del Uruguay, José Mujica (ese que es "igualito a la Chinchilla"). En esa entrevista el Mujica reflexionaba sobre la vida, sobre nuestra vida en la sociedad de consumo, en esta misma línea en la que he venido argumentando desde hace meses sobre el trabajo y el tiempo, y Mujica decía: "... porque para vivir hay que tener libertad y para tener libertad hay que tener tiempo, si me preocupo mucho de los cacharros, de la casa grande, del servicio, cosas no tengo tiempo, me tengo que ocupar de eso, y si tengo mucha plata me tengo que preocupar de que no me roben y que trabajan, y si despilfarro estoy viviendo a costilla de otros. Entonces prefiero tener el mayor margen de tiempo para hacer lo que a mí me gusta y eso es la libertad. Mientras tengo que trabajar para llenar la olla no tengo libertad (…) Cuando tu compras con plata, no estás comprando con plata, estás comprando con tiempo de tu vida, que tuviste que gastar para tener esa plata y lo único que no se compra es la vida, entonces hay que ser avaro en la forma de gastarla y veo que la humanidad esta enloquecida y no tiene tiene tiempo." (se puede ver la entrevista completa aquí: http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-desayunos-de-tve/entrevista-jose-mujica-presidente-uruguay-desayunos/1847647/)


Es muy claro, nuestro tiempo está castrado por la lógica de producción-consumo, y eso no tiene ningún sentido. Y hay quienes se sienten muy felices con esta lógica - hasta orgullosos -, de que cada vez dediquemos más tiempo al trabajo y al consumo, total se trata de un modelo que en nuestro país se viene profundizando, ellos le llaman "modelo país". 



No tenemos tiempo para disfrutar de la vida, estamos insatisfechos con nuestro trabajo, y el malestar en esta cultura neoliberal sale por todos lados, pero aún así Francisco Chacón dice en esa entrevista publicada en el diario de Tibas, cuando le preguntan cuál es el "modelo país" que han impulsado, responde: "Hacer de Costa Rica un país exitoso en el mundo económico, para mejorar la calidad de vida de la población. Los esfuerzos que ha hecho Costa Rica en los últimos 25 años, y de los cuales me siento orgulloso de haber formado parte, han sido exitosos".

Gracias don Francisco, pero mejor no se hubiera molestado. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Apunte del fin del mundo...

Hago una pequeña pausa de estos apuntes gráficos, creo que amerita hacer una breve reflexión del "final de los tiempos".

He estado haciendo joda desde hace varias semanas sobre esto del fin del mundo, alguien me increpó casi exigiendo respeto por la cosmogonía maya. Pues no entendió nada. No hago mofa de la cosmogonía maya, hago mofa del fatalismo occidental, del uso del miedo como forma de control, el miedo vende, y mucho. Y recordemos que el sistema se sostiene porque se consume... de forma desmedida.

Nunca he creído que el mundo se vaya a acabar mañana o pasado, no creo que sea posible fijar una fecha, y si fuera posible habría que hacerlo viendo hacia atrás, no tanto al futuro. Creo que desde hace tiempo hemos venido acabando el planeta, y que esto es un proceso sostenido de destrucción, y por ende de nosotros mismos. Hay quienes tienen más responsabilidad que otros. Por ejemplo, no se puede comparar la responsabilidad del dueño de la Coca-Cola frente a la de, digamos, un vecino cualquiera (aún cuando ese vecino cualquiera no recicle ni media botella), la contaminación que uno y otro genera es disímil. Y sin embargo la responsabilidad se le suele tirar al vecino: recicle, ahorre energía, etc. Mientras por otro lado se le exige consumir. ¿Y la empresa? Mientras tenga una política de responsabilidad social corporativa, no pasa nada, son buenos. En nuestro país, para no divagar mucho, el tema de la producción limpia es sencillamente un slogan muy bonito, pero no efectivo, simplemente porque no se aplica como debería una política sostenida, estricta y consciente. Lo que importa es producir, es el crecimiento que es el sostén de la economía, y del fondo, por supuesto, que el capital se reproduzca, el cómo, vale madres. Ahora, lo discutible es si con esa política estricta de producción verde, podría haber capitalismo. Porque capitalismo y sostenibilidad ambiental son "antónimos". Lo uno niega lo otro. Así de sencillo.

Lo que le hemos hecho al planeta simplemente no tiene nombre. Y lo peor de todo es que lo hemos hecho en nombre de un absurdo, sosteniendo un absurdo. Una falsa noción de libertad sujeta al consumo irracional, como si tuviéramos 25 planetas. Lo más absurdo de todo, es que el sistema está hecho para que unos pocos acumulen lo que se produce entre muchos, y a eso le llaman naturaleza humana. Nos han hecho creer que este es el orden natural, que siempre ha sido así, que el ser humano es egoísta por naturaleza. Quienes nos acusan de querer volver a la era de piedra en el fondo están defendiendo una animalidad sin sentido, son ellos quienes se comportan como los animales de la edad de piedra. Eso es en lo que creen, en el fondo son eso, animales con poder, y nosotros les damos ese poder. Y lo que ocurre es que no tiene justificación algo así, simplemente contamos con la inteligencia necesaria para que sea diferente - yo sé que los hechos están probando lo contrario -, pero apelo a la racionalidad, por lo visto quienes gobiernan apelan, a la "racionalidad", pero de la animalidad. Este mundo tal y como está en este momento simplemente no tiene sentido. Hoy tenemos todos los elementos como para buscar otras formas de producir, pero eso implicaría parar... y eso es una mala palabra para los economistas, y también para quienes desde su día a día creen en el capitalismo y su crecimiento económico como única forma de organización económica, social y política.

Se nos va más de media vida trabajando, produciendo, destruyendo el planeta en ese mismo acto de producción, y no disfrutamos de la vida. Pensamos que la vida es consumo. ¿qué sentido tiene esto? Ninguno. Yo no sé para qué carajos vivimos, pero lo cierto es que me niego a vivir solo para trabajar. Me niego a tener que vivir produciendo para que alguien se haga rico a costa de mi trabajo, y que en este mismo acto otros simplemente mal vivan.

Una nueva era debería iniciar. A eso se referían los mayas. Pero muchas cosas deberían cambiar, también dijeron. Y las cosas no han cambiado, empeoran.

Y no creo que mañana ocurra el cataclismo que Hollywood y algunos insensatos esperan. Yo creo que "el fin del mundo" en realidad lo venimos provocando desde hace décadas de obstinado consumo irracional. Y lo que va a ocurrir no es que el mundo se acabe, es que el planeta se va a acomodar buscando el equilibrio que le hemos robado, y en esa búsqueda del equilibrio natural, una inmensa mayoría de la humanidad estará de más. Uno quisiera que la naturaleza tuviera el mecanismo para cobrar a cada quién de acuerdo a su responsabilidad, pero esa es tarea de un dios en el que no creo. Para ser muy honesto, y aunque quisiera vivir unos cuantos años más, creo que nos merecemos este final, por haber destruido el planeta de esta forma. No hay justificación. Nuestra forma de vida es absurda.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El absurdo de vivir, parte 2: El trabajo

"A usted que corre tras el éxito (...)
¿No le gustaría no ir mañana a trabajar
y no pedirle a nadie excusas, para jugar al juego
que mejor juega y que más le gusta...?
¿No le gustaría ser capaz de renunciar a todas sus pertenencias,
y ganar la libertad y el tiempo que pierde en defenderlas...? 
¿No le gustaría acaso, vencer la tentación
sucumbiendo de lleno en sus brazos...?"
Serrat

 
Luego de un par de semanas con el blog botado lo retomo, una vez que se acabó la tesis (por fin!!!) y sólo queda la graduación.

Continúo con este apunte sobre lo absurdo de vivir, esta vez con el apunte que debió ser el primero, pero que por razones no muy claras dentro de mi cabeza salió después.


Desde hace tiempo estoy convencido que nuestro estilo de vida es completamente absurdo. Vivimos para trabajar. La vida se nos va en el trabajo, y peor aún en el trabajo para Otro, que no es lo mismo que decir trabajo para los otros, para la colectividad. A producir, ese es el mandato. Pero ¿A producir para quién? ¿Para qué?

Voy a decir una obviedad. Vivimos en una sociedad en la prevalece el modo de producción capitalista.

La lógica del sistema en realidad es bastante simple, aunque sus formas y el entramado social y cultural que lo sostiene es bien complejo. ¿De qué se trata el capitalismo? Como ya había dicho en otro apunte, el capitalismo trata de algo bien sencillo: de acumular capital a partir de la producción de cosas, mercancías que llaman. Para que algo sea mercancía debe ser un objeto útil (valor de uso) que pueda ser intercambiable por otro objeto (valor de cambio). Ahora bien resulta que en la sociedad actual las cosas no se producen para ser útiles, sino para ser intercambiadas, para generar acumulación, y entonces eso ha derivado en que las cosas que consumimos hoy día, tengan una fecha de caducidad programada, con el simple objetivo de que tengamos que consumir un objeto similar en un periodo corto. Las compañías se encargan de hacernos creer luego que necesitamos ese nuevo objeto porque el anterior ya era obsoleto. Y así entramos en una esfera "infinita" de producción-consumo de cosas como si la naturaleza se regenerara a la misma velocidad. Estamos entonces atrapados en una esfera de consumo irracional que es la que precisamente provoca la destrucción de la naturaleza, esto a cambio de que los capitalistas (unos pocos, que son los dueños de las fábricas y de los bancos) acumulen riqueza. Este es el primer aspecto de esta espiral destructiva, el lado de la producción: la primacía del valor de cambio, ignorando el valor de uso, o lo que los economistas ("sabios gurús" de nuestro tiempo) llaman crecimiento económico, es decir, producir cada vez más (lo medimos año con año). Ya hemos escuchado que la economía decrece, y que eso produce desempleo, la desaceleración económica es por lo tanto mala, y para que haya aceleración económica debe haber consumo, sin consumo no hay producción sostenible para el capitalista. Recordemos que la motivación última del capitalista no es otra que la acumulación de capital.

Todo esto podría sonar a retórica trasnochada si no fuera porque esto tiene implicaciones directas en la subjetividad, y por extensión en la forma en que nos relacionamos. O sea, vivimos en una sociedad que produce mercancías, y en el que hemos establecido relaciones (de todo tipo, hasta afectivas) a través de la producción de objetos. Para decirlo de otra, nuestra sociedad está organizada bajo una serie de relaciones económicas que no son sólo económicas. Como ya se dijo, el modo de producción capitalista genera subjetividades, formas de relacionarnos que están marcadas por las relaciones económicas, es toda una lógica. Esta lógica de producción requiere de una legislación específica, y esa legislación se legitima socialmente, y subjetivamente, al punto que se naturaliza. Para que el sistema capitalista funcione, es necesaria una internalización de esa legalidad, o como la llamaría el programa de educación cívica: "cultura de la legalidad". Para eso existen una serie de mecanismos e instituciones, desde la familia, la iglesia, la escuela, los medios de comunicación. Y claramente lo que se busca es que este sistema se legitima socialmente, que no se cuestione, algo así como lo que Antonio Gramsci denominó hegemonía cultural.

El capitalismo ha logrado por tanto legalizar, y peor aún, naturalizar que los patrones (los dueños de la medios de producción) roben a diario el plus de valor que producen los trabajadores con su fuerza de trabajo. Ha logrado que nos sintamos culpables cuando reclamamos nuestros derechos: "no muerdas la mano que te da de comer", como si la mano que nos dan de comer no fueran otras que las nuestras.

A todo el mundo la parece natural ir a trabajar todo el día (o la noche), gastar varias horas de transporte de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa. Pongo dos ejemplos.


Mi vecina tiene 23 años, ella viaja cada mañana 2 horas hasta su centro de trabajo, eso quiere decir que si la hora de entrada es a las 8 a.m., debe salir del edificio a las 6 a.m., o sea que como mínimo se tuvo que haber levantado a las 5:15 a.m. para alistarse; a la vuelta la cosa no es más alentadora, si sale a las 5 p.m., y atravesando la ciudad nuevamente se le van unas dos horas, y a veces más. Llegará cansada, con ganas de comer y dormir; para, a la mañana siguiente, seguir con su rutina. Eso quiere decir, que esta chica cada día dura una media jornada de trabajo para llegar a su centro de trabajo. Ella estudió, se le acabará esta semana su contrato, y no sabe si encontrará trabajo pronto. Digo esto, porque habrá quien pueda plantearle "cambiar de trabajo", sí claro, si encuentra trabajo. Porque la "libertad para escoger el trabajo" en realidad es casi un mito, funciona para unos pocos, en el Reino de la Necesidad la cosa no funciona así de sencillo. Así que a la vecina no le quedó opción, viajar todos los días al otro lado de la ciudad, al menos por esta semana.

Los chavalos que trabajan en la construcción del frente empiezan su jornada laboral con los primeros rayos del sol, o sea, como a las 6 a.m., o quizá antes; eso quiere decir que si viven relativamente cerca, mínimo deben levantarse a las 4:30 a.m., o sea que a las 5 a.m. deber ir saliendo de su casa. Terminan su jornada laboral a las 6 p.m., más o menos, eso quiere decir que posiblemente lleguen a su casa tipo 7 p.m. Al día siguiente la misma rutina: todo el día volando pala, jalando blocks, bajo el sol o la lluvia, y aunque tiemble. No mencionemos los riesgos laborales en una construcción. Esos chavalos deben llegar a su casa sin ganas de nada. La paga no debe ser muy buena tampoco.

Podría seguir poniendo ejemplos de aquí al infinito de gente que se le va la vida completa en el trabajo. ¿qué sentido tiene esto? ¿No es les parece un total sinsentido que alguien trabaje 8 horas diarias más otras 4 horas transportándose a causa del trabajo? Doce horas en total invertidas en el trabajo, y eso que no estamos contemplando la hora de almuerzo, que normalmente se hace en el centro de trabajo o muy cerca.

Es decir, nuestra vida se nos va en el trabajo. Vivimos para trabajar, y no trabajamos para vivir. En un trabajo que produce objetos, ¡que son para otros! Más claramente ¡qué hacen ricos a unos pocos! ¿A qué hora vemos crecer a nuestros hijos? ¿A qué hora gozamos de la vida? Sumemos además que nuestro tiempo libre se nos va en actividades que también tienen que ver con el trabajo, solo que no pago, como ocurre a muchas mujeres que dedican su tiempo libre para limpiar, cocinar, lavar y otras labores domésticas. Jornadas dobles en el mejor de los casos.

Y nuestras actividades de ocio tampoco son muy gratificantes que digamos, son más bien alienantes, los fines de semana pasamos metidos en el Mall, en esta orgía de consumo para que el sistema funcione. El cuadro no puede ser más patético. Nos  pasamos todo el día produciendo valor para Otro, otro tanto transportándonos, para llegar a la casa a comer, si acaso ver y que nos pasen ordenando que debemos consumir (la publicidad no es más que eso), y consumimos cuando tenemos tiempo libre. Una locura.

Vivimos sometidos (voluntariamente, es lo peor) a un ritmo de vida que únicamente sirve para la producción de cosas. Un ritmo de vida que en realidad es un ritmo de producción. Nuestra vida está en función de la producción, nos hemos convertido en simples eslabones de esta absurda y destructiva espiral de producción-consumo, que en realidad es de destrucción de la vida humana y del planeta, en forma paralela.

¿Porqué nos cuesta tanto pensar en que las cosas podrían ser diferentes? ¿No deberíamos simplemente disfrutar de la vida? Es perfectamente posible hoy, con el desarrollo tecnológico, trabajar lo estrictamente necesario, y el resto dedicarlo a cosas realmente productivas, pero para el espíritu, para la convivencia, bajo otros parámetros. Produciendo, pero para los otros, para nosotros, no para Otro. ¿No le gustaría, acaso?

Pero simplemente nos horrorizamos cuando pensamos en otra forma de vivir, hasta nos sentimos culpables, y es más fácil aceptar que el mundo se pueda acabar que otra forma de vida, de organización social, de convivencia. Nos cuesta aceptar que esta forma de vivir simplemente no tiene sentido: es absurda.

Tomado del álbum de fotos de Facebook de LaErre.tv

sábado, 23 de junio de 2012

Pepe Mujica - La frase de la semana

Había pensada que la frase de esta semana sería la estupidez de René Castro sobre la exploración petrolera, o el doble discurso ambiental de Laura Chinchilla en la Cumbre Río + 20, o las declaraciones funestas de Óscar Arias en torno al golpe de estado en el Paraguay (mañana me referiré al Golpe de Estado de Paraguay).

Pero la verdad es que en medio de tantas malas noticias, y sobre todo estupideces, opté por el maravilloso discurso de Pepe Mujica en la Cumbre de Río + 20. Sin duda alguna el Pepe sigue demostrando ser un tipo consecuente con lo que piensa, y que además dice lo que piensa cuando es necesario, ojalá más presidentes fueran así.

Este discurso deja en evidencia la pobreza intelectual y espiritual de Laura Chinchilla. Sencillamente Chinchila me da vergüenza, demasiado conservadora, mentirosa y la verdad bastante tonta, una desgracia total.

Les dejo entonces este gran discurso del Pepe, esta será la frase de este semana, que es más bien el discurso de la semana...



miércoles, 15 de junio de 2011

El oro de los tontos, de Pablo Ortega

Ayer martes 14 de junio se presentó el más reciente documental de Pablo Ortega titulado "El oro de los tontos" que hace un relato muy concreto de la maraña de intereses en torno a la cuestión minera en Crucitas (Zona norte de Costa Rica).

No voy a decir más en torno al video porque creo que efectivamente éste sintetiza el conflicto y cauce político que ha llevado la cosa. Sólo quiero agregar que este fin de semana (11 y 12 de junio) estuve de gira en la zona norte. Estuvimos en la entrada de la finca de la compañía minera, y resulta increíble la gran riqueza natural de la zona, como tampoco resulta impresionante cómo después de 18 años de estar en la zona la empresa no ha hecho nada por el "desarrollo" de estos lugares. Ni siquiera entendiendo desarrollo en el sentido capitalista de crecimiento económico. Todo lo contrario, la zona está totalmente deprimida económicamente, y ahora fracturada socialmente por el proyecto minero. La presencia del Estado es nula, y cuando no, es para apadrinar a una compañia transnacional con una de las actividades más destructivas del ambiente.

Ya ampliaré el comentario y agregaré algunas fotos, Crucitas, el pueblo que tiene como vecino a esta empresa minera es casi un pueblo fantasma.

Les dejo el video, espero comentarios.

El "valor" del dinero ... y la explotación minera en Crucitas (I)


¿Cuánto cuesta un colón*? La respuesta siempre refiere al dólar. Y cuando uno se pregunta cuánto cuesta un dólar... pues... ya no puede responder con toda propiedad que cierta cantidad de oro... como se solía hacer. Desde hace muchos años el "valor" del dinero se separó del patrón-oro, lo que ha dejado más en evidencia (no para todos he de decir) lo arbitrario del "valor" de la moneda.
Porque resulta que el dinero no tiene ningún valor en sí mismo, como tampoco lo tiene ninguna otra mercancía. El dinero sirve para hacer de equivalente entre dos objetos que en sí mismos no tienen tienen ningún "valor". 
Pero empecemos por señalar que en la relación de cambio la mercancía juega un papel activo, y es el dinero el que sirve para “medir” el valor de la mercancía, el conocimiento de la economía proviene de la relación de cambio, y Marx ve en la mercancía que se vende, el objeto como tal. El dinero, ya lo veremos, es una mercancía peculiar que hace de equivalente entre todas las mercancías.

Ahora bien, ese objeto que se ha denominado mercancía, se trata de un objeto exterior, modificado en su forma original (es decir se trata de un hecho histórico en tanto modificado por la mano – trabajo – humana, es decir, es un objeto de la cultura), que satisface necesidades humanas, deseadas o necesitadas, no importa, lo que importa es propiamente que satisfaga una necesidad. Ese objeto se compone de dos factores que determinan su existencia: el valor de uso y el valor de cambio.

El valor de uso se refiere al cuerpo propiamente del objeto, el objeto como cosa útil, producto del trabajo humano, y que no está determinado por la cantidad de trabajo que contiene, no se refiere a una determinación de tipo cuantitativa, sino más bien cualitativa. Ahora bien, con sólo el valor de uso los objetos no se convierten en mercancía, sino que además los objetos en tanto útiles contienen un otro valor, que se denomina valor de cambio.

Pero a diferencia del valor de uso de los objetos, este valor de cambio no es natural de los objetos, no remite a la forma, se trata más bien de una convención social, una propiedad socialmente determinada, y esa determinación es cuantitativa. El valor de una mercancía sólo se puede expresar a través de otra mercancía, un objeto “a” se expresa en una cantidad determinada de un objeto “b”, se trata de una relación cuantitativa, porque en principio los objetos, aunque útiles, no son comparables. Se deduce con facilidad que una condición necesaria para el intercambio es que los objetos sean diferentes. Cuando una persona se hace la pregunta por el valor de una mercancía “a” la respuesta se basa en el valor de “b”, y cuando se pregunta por el valor de “b” se tendrá que hacer referencia a la mercancía “a”. Y esto ocurre porque hay una suposición de que el objeto tiene un valor. Pero ese valor se expresa en el valor de uso de otra mercancía, el valor se hace visible a través de otra mercancía, por sí mismo el valor es invisible. No hay mercancía posible sin relación con otras mercancías, es ahí dónde se manifiesta el valor de cambio, una mercancía aislada es una ficción metodológica. Por tanto, no se trata de una propiedad natural inherente al objeto. En la relación de cambio da igual que su naturaleza sea distinta, son intercambiables siempre que tengan la misma proporción de valor. Y aunque, cuando en lo cotidiano, se hace abstracción del valor de uso y nos remitimos al valor de cambio (de forma irreflexiva, por puro uso común) el valor de uso sigue siendo condición necesaria para la posibilidad de cuantificación del valor.

Sin embargo, sí hay algo que es igual en estas mercancías, y es eso que llamamos valor: la magnitud del valor. No se igualan los valores de uso, pero, como se mencionó, un objeto como cosa, es útil en tanto ha sido modificado de su estado natural (transformación de la naturaleza) por el trabajo humano, y que es lo que constituye la base para poder pensar el valor: la cantidad de trabajo. Es, teniendo en cuenta el trabajo humano contenido en este objeto útil, que se pueden igualar los objetos. Por tanto, la sustancia del objeto es el trabajo, mientras la magnitud del mismo es la cantidad de trabajo socialmente necesario que contiene, como unidad de medida. Es justamente (o más bien injustamente) el trabajo lo que no se ve en la mercancía, pero precisamente el trabajo humano es lo que hace que la mercancía pueda ser comparable con otra mercancía.

La mercancía, por tanto, es un producto del trabajo humano útil, concreto. Y este cúmulo de mercancías que componen la riqueza en el modo de producción capitalista es producto del trabajo social disponible, que se expresa como trabajo concreto (que produce objetos de forma particular) a través de la división social del trabajo – que se nos presenta como una red de productores privados autónomos e independientes –, pero que es lo que está de fondo en este cúmulo de mercancías. Los productores privados se presentan al mercado a cambiar sus valores de uso (para otros, para el propietario se trata de un “no valor de uso”) en tanto son poseedores (dueños) de objetos, es en ese momento en que el valor de uso se transmuta en valor de cambio y “se igualan” los objetos, en tanto contienen la misma magnitud de valor, es decir, en tanto la sustancia misma del valor (el trabajo humano). El tiempo medio para producir un objeto es una imposición social. Y este trabajo medio es lo que se denomina trabajo abstracto.

Para el economista Hernán Alvarado “Es la mediación de un trabajo concreto lo que le imprime a la cosa una supranaturalidad, lo que la convierte en objeto, en una materialidad social, en un valor de uso; de la misma manera que es la medida de un “trabajo abstracto” lo que le imprime al objeto una supersociabilidad: un valor de cambio que lo convierte en mercancía”

Entonces, el valor es una relación social que busca el reconocimiento de la fracción del trabajo social, esto se establece a través de una relación con otra mercancía. Para ello es necesario una forma de equivalencia. En la forma equivalente el cuerpo de la mercancía “b” aparece como “alma” de la mercancía “a”, por tanto el valor se puede expresar a través de otros objetos que “prestan” su cuerpo. Y el trabajo concreto de “b” se expresa como trabajo abstracto en la mercancía “a”. Este trabajo concreto contenido en la mercancía “a”representa un trabajo privado que al enfrentarse a la mercancía “b” se presenta como trabajo social. Como explica Marx en El Capital: “El cuerpo que presta servicios de equivalente, cuenta siempre como encarnación de trabajo abstractamente humano y en todos los casos es el producto de un trabajo útil, concreto. Esta trabajo concreto, pues, se convierte en expresión de trabajo abstractamente humano.”

Esto es lo que Marx denomina la Forma simple del valor: “La antítesis interna entre valor de uso y valor, oculta en la mercancía, se manifiesta pues a través de una antítesis externa, es decir a través de la relación entre dos mercancías, en la cual una de éstas, aquella cuyo valor se ha expresado, cuenta única y directamente como valor de uso, mientras que la otra mercancía, aquella en que se expresa valor, cuenta única y directamente como valor de cambio. La forma simple de valor de una mercancía es, pues, la forma simple en que se manifiesta la antítesis, contenida en ella, entre el valor de uso y el valor”. Otra forma de valor es la Forma desplegada o total del valor, en la que se puede establecer una relación con todos los objetos a través de una mercancía, es justo ahí cuando el valor muestra su naturaleza social.

En la Forma general del valor, los objetos establecen una relación con una mercancía que hará las de equivalente general:

“Una mercancía sólo alcanza la expresión general de valor porque, simultáneamente, todas las demás mercancías expresan su valor en el mismo equivalente, y cada nueva clase de mercancías que aparece en escena debe hacer otro tanto. Se vuelve así visible que la objetividad del valor de las mercancías por ser la mera “existencia social” de tales cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma de valor de las mercancías, por consiguiente, tiene que se una forma socialmente vigente”

Todas las mercancías son comparables a través de una sola, el valor social está expresado a través de esta “tercera mercancía” para lograr calcular las magnitudes del valor de las mercancías. Esta “tercera mercancía” en su función de equivalente general, juega un papal exclusivo y excluyente para medir el valor de todas las demás mercancías, es un objeto simple, pero es un objeto común que las compara a todas y posibilita el intercambio, como medida de valor. En tanto es medio de intercambio permanece “invisible” nadie pregunta por su valor, porque supone el valor de las otras mercancías, es un supuesto absoluto que no se expresa.

La Forma dinero deriva de esta Forma general del valor, Hernán Alvarado lo explica de la siguiente manera:
“En cuanto valores los objetos se transforman en mercancías (...) se toman en cuenta dos características de esta forma del objeto: la primera, que en la relación mercantil los valores de uso equiparan sus magnitudes de valor, de esa equivalencia depende su vigencia histórica. Los objetos mercantiles se sujetan a la ley social con el rigor con que sus materiales se sujetan a la ley de la gravedad. La segunda, que el valor de cambio comporta, en la práctica, una realidad simbólica: su precio, o representación del valor en términos dinerarios. Sólo que aquí lo simbólico esta supeditado a la materialidad de equivalente: el precio se refiere al valor de la materialidad del oro, al dinero.” (Alvarado, 1997, p. 46).

Según el mismo Alvarado, lo simbólico queda supeditado a la materialidad del dinero, y que es precisamente esa supeditación lo que permite que considerar al dinero mercancía, puesto que hay un valor de uso que deviene en valor de cambio, y el objeto se manifiesta “sólo como una cantidad equivalente de otros valores de uso”, y agrega: “La equivalencia es un caso de ambivalencia; dos magnitudes se sopesan y se equiparan, así se propicia el vínculo mercantil. La equivalencia es la ambivalencia en su punto de equilibrio, pues el valor de cambio supone la doble valencia de la mercancía y del dinero”. Es la forma de dinero “... la que vela de hecho, en vez de revelar, el carácter social de los trabajos privados, y por tanto las relaciones sociales entre los trabajadores individuales”, Marx insiste en que se trata de un modo de pensar válido “... para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías”.

Es precisamente aquí cuando se produce un fenómeno con enormes consecuencias para el modo de producción capitalista, y que a mi juicio también tiene serias consecuencias en la subjetividad, y que de alguna forma viene a determinar la forma en que nos relacionamos, y determina en alguna medida el porqué hacemos lo que hacemos, lo que Marx denominó el Fetichismo de la mercancía.

En palabras de Marx:

“La primera peculiaridad que salta a la vista cuando se analiza la forma de equivalente es que el valor de uso se convierte en la forma en que se manifiesta su contrario, el valor.
La forma natural de la mercancía se convierte en forma de valor. Pero obsérvese que ese quid pro quo [tomar una cosa por otra] sólo ocurre, con respecto a una mercancía B (chaqueta o trigo o hierro, etc.) en el marco de la relación de valor que enfrenta con otra mercancía A cualquiera (lienzo, etc.); únicamente dentro de los límites de esa relación. Como ninguna mercancía puede referirse a sí misma como equivalente, y por tanto tampoco puede convertir a su propia corteza natural en expresión de su propio valor, tiene que referirse a otra mercancía como equivalente, o sea, hacer de la corteza natural de otra mercancía su propia forma de valor.”
En este párrafo Marx nos advierte la inversión que se opera en la mercancía equivalente, cuando el valor de uso se transforma en valor, que es su contrario. Hay una transmutación de una forma natural a otra forma opuesta, y eso sólo es posible en la relación entre mercancías, una mercancía por sí misma no puede efectuar esta operación de inversión, se trata pues de una relación social entre las cosas, un tomar una cosa por otra en la relación de los objetos. Dice Marx que las mercancías “... no bien entra entra en escena como mercancía, se transmuta en cosa sensorialmente suprasensible”. Pareciera entonces que en su forma de equivalente general, las mercancías tuvieran un carácter místico. Y este carácter místico de la mercancía no deriva, por tanto, de su valor de uso. Para Marx:

“Lo misterioso de la forma mercantil consiste sencillamente, pues, en que la misma refleja ante los hombres el carácter social de su propio trabajo como caracteres objetivos inherentes a los productos del trabajo, como propiedades sociales naturales de dichas cosas, y, por ende, en que también refleja la relación social que media entre los productores y el trabajo global, como una relación social entre los objetos, existente al margen de los productores. Es por medio de este quid pro quo [tomar una cosa por otra] como los productos del trabajo se convierten en mercancías, en cosas sensorialmente suprasensibles o sociales.”

La forma de mercancía y el valor no tienen nada que ver con la naturaleza física “... ni con las relaciones, propias de cosas, que se derivan de tal naturaleza. Lo que aquí adopta, para los hombres, la forma fantasmagórica de un elación entre cosas, es sólo la relación social determinada existente entre aquellos” (op. Cit.; p. 89). Este fetichismo, pues es inherente al modo de producción capitalista. Para Paul-Laurent Assoun “La fetichización se advierte por ese pasaje de las “relaciones humanas” a las “relaciones de las cosas entre sí” – “reificación” que justifica la analogía del mundo económico con “la región nebulosa del mundo religioso” –.”

En Palabras de Marx esa analogía con la religión, donde:

“... los productos de la mente humana parecen figuras autónomas, dotadas de vida propia, en relación unas con otras y con los hombres. Otro tanto ocurre en el mundo de las mercancías con los productos de la mano humana. A esto llamo el fetichismo que se adhiere a los productos del trabajo no bien se los produce como mercancías, y que es inseparable de la producción mercantil.
Ese carácter fetichista del mundo de las mercancías se origina, como el análisis precedente lo ha demostrado, en la peculiar índole social del trabajo que produce mercancías.
Si lo objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. (...) Como los productores no entran en contacto social hasta que intercambian los productos de su trabajo, los atributos específicamente sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho intercambio (...) por ende, las relaciones sociales entre sus trabajos privados se les ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relaciones directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas”.

Luego de esta reflexión teórica (más extensa de lo que quisiera), vuelvo sobre la pregunta inicial, sobre el valor de la moneda. Y ya hemos visto que en sí mismo el dinero no tiene ningún valor, como tampoco lo tiene el oro, que durante muchos años ocupó el lugar de equivalente, y durante otros tantos, el de respaldo del dinero.

Esta reflexión puede parecer absolutamente ociosa, sino fuera porque en Costa Rica la compañía transnacional minera Infinito Gold y el Estado costarricense pretenden hacer un enorme hueco en la zona norte del país para extraer oro. Las ilegalidades en que ha incurrido la empresa, y el mismo gobierno, son muchas, tantas que el Tribunal Contencioso Administrativo se trajo abajo el contrato con esta empresa canadiense. Y lo que se puede apreciar a la luz de la reflexión sobre el valor de las mercancías, en especial de la mercancía dinero, es que el gobierno costarricense está encandilado con el brillo del oro.

Y en este sentido, la pregunta que cabe no es por el valor del dinero (que insisto no vale nada en sí mismo), sino la pregunta correcta es ¿qué vale más el oro o los ecosistemas del bosque primario de Crucitas? ¿vale más el oro que la vida de cientos de especies animales (algunas de ellas en peligro de extinción) y vegetales (algunas de ellas en peligro de extinción)? Para el gobierno antiecológico de Costa Rica la respuesta es clara: el oro que se llevará la empresa canadiense.

Volveré en un par de días sobre el tema de Crucitas y la explotación minera en Costa Rica, ya me extendí demasiado.


* Moneda de curso legal en Costa Rica

Textos citados en este apunte:
Alvarado, Hernán; Para descifrar el símbolo monetario y el fin del capital. Editorial Fundación UNA, Heredia, Costa Rica, 1997.

Assoun, Paul-Laurent; El fetichismo. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires, 1997.

Marx, Karl; El Capital. Crítica de la economía política. Siglo XXI Editores, Argentina, 2006.



domingo, 22 de mayo de 2011

La lógica del crecimiento económico

Decía ayer en uno de mis apuntes, que yo también me siento indignado, cabreado, por ratos sobrepasado, arrollado por la realidad, pero debo decir que también con ganas de hacer algo. Confieso que honestamente no sé por dónde empezar, y como no hay recetas la cosa se me hace más difícil, aunque de todas formas tampoco me gustan las recetas.

Pero creo que el sistema capitalista ya está agotado, y que es necesario un cambio radical, eso si queremos sobrevivir como especie, de lo contrario, seguimos como estamos y empeoramos las cosas, y asumimos cínicamente que estamos destruyendo el planeta y nos arrojamos a la orgía de consumo. El tema es que esa realidad es más fácilmente aceptada por la gran mayoría de la sociedad que la idea de cambiar, y así nos lanzamos como humanidad a los brazos destructivos de una catástrofe que hemos creado, la naturaleza hace lo suyo en busca de su equilibrio.

La lógica capitalista de acumulación de mercancías (que no tienen un valor en sí mismo, aunque todos hacemos como si lo tuvieran) lleva consigo una premisa básica: el crecimiento. Y este crecimiento los capitalistas suponen que es infinito, aunque la evidencia científica y sobre todo el sentido común, indiquen que no es así. Vamos a ver, lo saben, pero se comportan como si no, y los efectos prácticos de este comportamiento es el mismo lo sepan o no. Pero de que lo saben lo saben. Lo que pasa es que les importa un cacahuate. Por ejemplo, si alguien tiene un aserradero, y pongamos, este año cortó 100 árboles y vendió toda esa madera, el año siguiente si tiene un 3% de crecimiento, habrá cortado otros 103 árboles, y así, "hasta el infinito". Como vemos con este burdo ejemplo el crecimiento es insostenible, sobre todo porque en el afán de ganar y ganar no se toman las medidas para no destrozar desmedidamente la naturaleza, sino que se hace todo lo contrario, y cuando se hace es parte de una estrategia de mejora dela imagen, como que no afecta en nada la lógica irracioanal de consumo, eso y no otra cosa es la Resposabilidad Social Corporativa, algo es algo dicen algunos, pero desde mi punto de vista esto lo único que hace es expiar culpas de los consumidores, y sobre todo de los capitalistas (si es que sienten alguna culpa).

Como dije se hace todo lo contrario cuando, por ejemplo, una impresora, pongamos la que compré hace algún tiempo, una HP modelo 3535, en perfecto estado, pero que ya no sirve porque tiene un chip que "mata" la impresora en un determinado tiempo o cantidad de impresiones. Esto tiene una razón de ser dentro del capitalismo, si la vida útil de las cosas es menor nos obligan a comprar nuevas cosas con cada vez mayor velocidad. Como el crecimiento está basado en el consumo, si no se consume rápido no hay crecimiento, y si no hay crecimiento porque el consumo se contrae, se pierden empleos. Por tanto, dentro del capitalismo para tener empleo estamos amarrados a un lógica de consumo que resulta perjudicial para el planeta, y por ende para nosotros mismos. Si al menos esta lógica de producción tuviera como resulta el pleno empleo (y empleo decente) pero ni eso, produce también desempleo, porque necesita que haya desocupados, así se abarata el precio del salario. Pero además los capitalistas requieren y desean que no haya garantías sociales, ni derechos laborales.

Lo extraño es que esto es totalmente evidente, y a pesar de ello lo aceptamos, y no solo lo aceptamos sino que nos negamos a cambiarlo. Nos condenamos a la lógica del crecimiento económico como dogma.

Esto tiene como fondo la primacía del valor de cambio por sobre el valor de uso (al respecto se puede ver mi apunte de ayer), si prevaleciera el valor de uso de las cosas, éstas deberían ser reemplazadas con dos criterios fundamentales: el primero es que su utilidad realmente caducó, o sea, el objeto ya no sirve más, como aquel viejo televisor que alguna tuvimos en mi casa, un día de tantos, luego de 20 años se murió, o como esa viejo refrigedor que me dio mi abuela y que ella tuvo por 25 años, y ahí sigue enfriando. El segundo criterio debería ser el ahorro de energía, es decir, buscar que las cosas no contaminen o utilicen la menor cantidad de energía posible. Las cosas deberían estar hechas para que duren, pero como la lógica del capital esta basada en el crecimiento, esto no es posible, necesitan que las cosas acaben su vida útil pronto, para que la gente consuma, y ellos ganar más y más y más. Si las cosas estuvieran hechas para que duraran el triple de lo que duran hoy, eso querría decir que compraríamos mucho menos de los que compramos hoy, y eso colapsaría la lógica basada en el crecimiento captalista, y los empleos, dirían los capitalistas, pero para esto hay solución (en un próximo apunte abordaré la cuestión).

Esto explica el porqué no ha sido posible reemplazar el uso de petróleo, lo que dicta el sentido común es que dado el avance tecnológico deberíamos poner nuestro esfuerzo como humanidad en buscar alternativas renovables de producción de energía, sin embargo el egoísmo de unos cuantos no permite que esto ocurra y se sigue desangrando al planeta. Lo lógico sería que las universidades que tienen esa capacidad de investigar en coordinación con las instituciones del sector energético pusieran el conocimiento al servicio de esta causa, que como dije  es del más elemental sentido común, bueno, eso si es que nos queremos salvar como especie. Sin embargo prevalece la lógica del crecimiento, que tiene como consecuencia un invididualismo terriblemente destructivo, nos impide vernos como colectivo.

Esta lógica genera una subjetividad de la competencia, del yo, y lo  único que importa es yo, es la subjetividad fetichizada, enajenada en los objetos, de la pobreza espiritual. El reto como especie, consiste en tener la capacidad de darle vuelta a esta lógica. ¿Estaremos por fin listos para ello y daremos el salto que el comunismo del Siglo XX no pudo dar?

En un próximo apunte me extenderé en este tema de la enajenación y de cómo nos perdemos en el consumo y los objetos, así del tema del trabajo y el empleo.