“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

sábado, 14 de abril de 2007

Vamos al referéndum / Luis Paulino Vargas

A propósito del referendum, incluyo un texto del economista Luis Paulino Vargas.
Repasemos algunos datos. Dos años atrás las encuestas de La Nación y demás medios oligárquicos hablaban de porcentajes de apoyo a favor del TLC que superaban el 80%. En cambio, la encuesta más reciente del citado medio mostraba un 63% de la población expresándose en términos negativos (“regular”, “malo”, “muy malo”). Entre tanto, las opiniones favorables se derrumbaban al 37%. No olvidemos que, sin duda, ha de haber sido una encuesta tan tendenciosa como sus antecesoras; si no en la selección de la muestra o el manejo de los datos, sí, como mínimo, en la formulación de las preguntas.

Esto sin duda alguna resulta desconsolador para los telecistas. Sumemos: millones de millones –imposible estimar cuántos- que han despilfarrado en propaganda; medios de comunicación comerciales –desde Telenoticias a La Nación ; de Columbia a Repretel- manipulando información en un torneo propagandístico cínico y desembozado. Y, desde luego, todo un Premio Nóbel de la Paz , capitán, águila imperial y, sobre todo, vocero personal de oligarquías criollas y corporaciones transnacionales, dedicado a vomitar cotidianos exabruptos de intransigencia y extravío.

Para quienes venimos luchando contra el TLC estos resultados constituyen, todo lo contrario, signo de que las cosas se han venido haciendo bien. La clave creo que ha sido fundamentalmente una: el respeto por nuestro pueblo. Respetarlo significa respetar su inteligencia y su sensibilidad. Los telecitas desconocen lo que tal cosa significa. Ello se refleja, por ejemplo, en su dispendiosa propaganda, diseñada en clave de estupidez; como si el pueblo costarricense estuviese constituido por una recua de idiotas. A fin de cuentas, esto es síntoma de problemas más profundos: la inteligencia de las oligarquías telecistas está cegada por el oropel de las opulencias estadounidenses y su sensibilidad embotada de tanta avaricia. Por ello son incapaces de entender cómo piensa y siente nuestro pueblo.

Nosotros y nosotras –los del Movimiento del No al TLC- no tenemos ni un cinco para propaganda. En cambio nos sobra convicción y pasión en nuestros corazones y una inteligencia despierta y crítica. Y el amor necesario para sabernos parte de este pueblo y la humildad suficiente para entender que cuando intentamos educar a nuestra gente, ahí mismo nos estamos educando, porque la vida de este pueblo –y sus luchas, sufrimientos y esperanzas- son una inmensa escuela desde la cual aprender el cómo construir una Costa Rica nueva y distinta.

Y, en fin, ¿cómo lo hemos hecho? Dialogando y razonando con la gente; hablándole con respeto y escuchándola con respeto. No se ha necesitado de la violencia, cuando, por el contrario, hemos construido desde la paz. Y desde la paz sembramos la semilla de un país y un mundo mejores, que cualquier mundo posible, para ser realmente mejor, necesariamente ha de ser un mundo de paz.

Viene el referéndum. Con su usual incapacidad para leer la sensibilidad popular, Ottón Solís se une a los libertarios para demandar que sea el gobierno el que convoque, por medio de acuerdo de la Asamblea Legislativa , al referéndum. Ahí se pone de manifiesto lo pernicioso de los principismos, que sustituyen la vida concreta por reglas inmutables e inertes. En cambio, los verdaderos demócratas vemos en el proceso de recolección de las firmas, una enorme escuela de educación democrática y popular, desde la cual dar continuidad, y elevar a nuevos niveles, la lucha contra el TLC.

Meses atrás me pronuncié en contra de esta alternativa. Pero lo cierto es que la nuestra es una realidad compleja y, por ello, sumamente dinámica. Y, por cierto, nada en el mundo socio-político puede ser peor que no aprender de la realidad y no ser capaces de interpretar sus evoluciones. Hoy las condiciones han alcanzado un punto tal de maduración, que hacen factible derrotar el TLC desde un referéndum. Nuestra estrategia –basada en la resistencia y protesta pacíficas; en el diálogo y la persuasión; y, por encima de todo, basada en el respeto a nuestro pueblo- ha dado frutos muy significativos. Y de paso hemos ido consolidado una inmensa red organizativa de base que cubre todo el territorio de Costa Rica.

La estrategia ahora, en el contexto de esta convocatoria, se vuelve mucho más clara: una inmensa movilización, barrio por barrio y casa por casa, de recolección de firmas, donde cada firma ha de ser, al mismo tiempo, ocasión para el diálogo, la educación y la persuasión. El inicio, pues, del triunfo del No que ha de ser, enseguida, las bases desde las cuales trascender el TLC cosa que, en verdad, es la realmente más importante y significativa.

Las minorías ultraizquierdistas dentro del Movimiento del No –otro reducto de principismos abstractos- seguramente no entenderán lo que esto significa y se dedicarán a meter bulla. Habrá que confrontarlos y ponerlos en su lugar. Al fin de cuentas, y por propia decisión, terminarán donde les gusta estar: aislados.

Entre tanto, debe haber una exigencia clara y contundente dirigida al Tribunal Electoral y al gobierno de la República : la de la equidad en las posibilidades de difusión de información y debate. El gobierno debe mantenerse al margen y evitar toda manipulación. Al Tribunal le compete establecer y garantizar condiciones paritarias. A nosotros y nosotras nos corresponde velar porque esto se cumpla; denunciar implacablemente cuando se irrespete; recurrir a todos los medios a nuestra disposición –institucionales; internacionales; de protesta y resistencia pacífica; de convencimiento y movilización popular- para frenar cualquier atropello.

Con el referéndum nadie ni nada se desmoviliza. El Movimiento del No entra en una nueva etapa donde el trabajo de educación popular ha de volverse mucho más intenso. El respeto por la inteligencia y sensibilidad de nuestro pueblo y la capacidad para hablar su lenguaje y meter en la médula de nuestros huesos sus dolores e ilusiones, son la clave insustituible del triunfo.

lunes, 9 de abril de 2007

¿Qué querés ser cuando seas grande?

¿Qué querés ser cuando seas grande? Típica pregunta de la infancia. La primera vez que me la hicieron ya estaba en la escuela, o sea, podía tener 6 ó 7 años.


Cuando a uno le preguntan qué quiere ser de grande, lo confrontan de forma violenta con eso que llaman futuro, que para uno es futuro lejanísimo. Y no sólo lejanísimo, sino que inimaginable, primero que todo porque la noción del tiempo que uno tiene es sencillamente limitada, uno no se imagina de quince años, menos de veinte o treinta, es toda una vida lo que falta, además a los siete años ¡qué carajos le importa a uno!, todo pasa ahora, hay recuerdos pero no muchos, hay mañana, hay pasado mañana, está el viaje a cualquier lado dentro de dos meses (que por cierto es una eternidad), pero nada más. Menos existe la idea de que en este mundo uno tiene que “ser algo” para ganarse el pan, uno sabe que el papá o mamá (o alguien) trabaja y con eso se compran cosas, pero el mecanismo para obtener la plata y lo que cuesta es un misterio que no compete conocer a esas edades. Algunos desgraciadamente no llegan nunca a entenderlo, ni siquiera en toda una vida de trabajo.

Pero antes de que me hicieran esa fatídica pregunta por primera vez, en el kinder (El Principito se llamaba), un día de tantos, se organizó una de esas típicas excursiones a la estación de bomberos más cercana. Con impecable uniforme celeste, y mi lonchera de Superman en mano, con apenas cinco años estuve efectivamente ahi: la estación de bomberos más cercana. Y sí, al igual que el noventa y cinco por ciento de mis compañeros ¡quería ser un héroe, quería ser Bombero! Me acuerdo que en esa excursión hasta me tiré por el tubo, en ese momento también pensaba en Batman yendo hacia la Baticueva, pero la idea de ser bombero era más fuerte. Posiblemente esa fue la primera vez que “quise ser algo”. Como creo que le sucede a todo el mundo, mi primera profesión no me duró mucho, porque luego quise ser fabricante de muebles de mimbre como mi papá. Pero algún tiempo después, influenciado por cierto programa televisivo descubrí que quería ser otra cosa, y cuando me hicieron en la escuela la fatídica pregunta, no lo dudé, y respondí que quería ser abogado.

Mi ganas de ser abogado se truncaron aquella noche en que, con mi pijama azul de la Pantera Rosa y voz solemne, (como la de alguien que va a pronunciar una frase para su epitafio), lo anuncié a la familia. Con ese tono solemne se lo dije a mi papá, que se me quedó viendo con una mirada más paternal que solemne, y con tono entre serio y aguantando la risa, me dijo: “los abogados son un montón de ladrones”, la sentencia fue tan terrible, que mi única respuesta fue: “entonces yo no quiero ser abogado, porque yo no quiero ser ladrón”. Respuesta que fue tan sincera, que valió para que todos los presentes estallaran en una sola risa. Yo me reí también, arrastrado por la risa general, aunque no entendí porque todo el mundo se reía de algo tan terrible.

Pasaron varios meses y otras cosas más importantes (como las revistas de Kalimán, los transformers, el fútbol) me rondaban por la cabeza. A la mitad de mi vida, después de un periodo muy caótico, tomé la decisión de ser psicólogo, o por lo menos, de estudiar psicología, esto con la vana esperanza de entender(me) algo. No lo dudé ni un momento, como tampoco dudé mantenerlo en secreto, la experiencia me dictaba que era mejor no contárselo a mi papá, ni a nadie, no fuera que alguien me dijera que “todos los psicólogos están locos”, o alguna cosa por el estilo, y ahí terminaran nuevamente mis aspiraciones profesionales.

A la mitad de la vida supe que quería estudiar psicología. Hace unas horas una amiga me contó lo que no quería ser cuando fuera grande, eso desencadenó esta serie de recuerdos, y la pregunta “¿Qué querés ser cuando seas grande?”, que me llevó a preguntarme: “¿qué diablos quería ser cuando estaba chico?”, noté que la pregunta se había invertido. Me eché una carcajada, que se cortó cuando de repente me acordé que casi he llegado a los treinta años, y entonces pensé: “¡puta, se supone que ya soy grande!”. La pregunta que necesariamente siguió fue: “si soy grande, ¿qué soy?”, la poca risa que me quedaba se esfumó cuando simplemente me respondí “no tengo ni la menor idea”.