“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

sábado, 21 de abril de 2007

Virginia Tech: un análisis ideoléxico de una tragedia / Jorge Majfud*

La mayoría de las medicinas que se venden en forma de píldoras, recubren una determinada droga, químico o compuesto con una capa de color atractivo y gusto dulce. En español, la sabiduría popular usa esta particularidad para construir una metáfora: “tragarse la píldora” tiene una connotación negativa y expresa la acción de consumir una cosa con la forma o el gusto de otra. Es decir, creer o aceptar una verdad como hecho incuestionable sin ser conscientes de las verdaderas implicaciones. En la tradición literaria, este fenómeno epistemológico se entendía con la metáfora del caballo de Troya, también usado hoy en día para designar virus informáticos. Un ideoléxico puede entenderse como una pastilla que el discurso hegemónico prescribe e impone con seductora violencia. Por ejemplo, el ideoléxico libertad viene recubierto de una plétora de lugares comunes y dulcemente positivos (la libertad, como precepto universal lo es). Sin embargo, dentro de este recubrimiento dulce y brillante se esconden las verdaderas razones de las acciones: la dominación, la opresión, la violencia de los intereses sectarios, etc. El recubrimiento dulce y brillante anula la percepción se sus opuestos: el contenido amargo y opaco.
La tarea del crítico consiste en romper la envoltura, en des-cubrir, en des-velar el contenido de la píldora, del ideoléxico. Claro que esta tarea tiene resultados amargos, como el centro de la píldora. Los adictos a una droga no renunciarán a ella sólo porque alguien descubra las graves implicaciones de su confort momentáneo. De hecho, se resistirán a esta operación de exposición.
Analicemos un ideoléxico común en el discurso dominante del capitalismo tardío: la responsabilidad personal. De entrada vemos que su cobertura es del todo dulce y brillante. ¿Quién sería capaz de discutir el valor de la responsabilidad de cada individuo? Un posible cuestionamiento sería rápidamente anulado por una falsa alternativa: la irresponsabilidad. Pero podemos comenzar problematizando el nuevo falso dilema observando que el mismo adjetivo —personal— de este ideoléxico compuesto anula o anestesia otro menos común y más difícil de apreciar por los sentidos: no se menciona la posibilidad de la existencia de una “responsabilidad social”. Tampoco se habla o se acepta —en base a una larga tradición religiosa— que puedan existir “pecados sociales”.
Vayamos más al centro de un caso concreto: la trágica matanza ocurrida en la Universidad de Virginia Tech. Quienes pusieron el dedo acusador —tímidamente, como siempre— en la cultura de las armas en Estados Unidos, fueron criticados en nombre del ideoléxico de la responsabilidad personal. “No son las armas las que matan gentes —comentó un amigo del rifle en un diario— sino la gente misma. El problema está en los individuos, no en las armas”. La píldora muestra un alto grado de obviedad, pero lleva nuevamente otros problemas: nadie cuestionó cómo podría hacer un desquiciado para matar a treinta personas con una piedra, con un palo o, incluso, con un cuchillo.
Esta lógica se expresa cubriendo una contradicción interna del discurso. Cuando se habla de drogas, se culpa a los productores, no a los consumidores. Pero cuando se habla de armas, se culpa del mal a los consumidores, no a los productores. La razón estriba, entiendo, en el lugar que ocupa el poder. En el caso de las drogas, los productores son los otros, no nosotros; en el caso de las armas, los consumidores son los otros; nosotros nos limitamos a su producción. El discurso hegemónico nunca menciona que si no existiese el consumo de drogas en los países ricos no existiría la producción que satisface la demanda; si no existiera esta calamidad en la ilegalidad tampoco existirían las mafias de narcotraficantes. O su existencia sería raquítica, en comparación a lo que es hoy. Pero como los otros (los productores de los países pobres) son los responsables individuales, nosotros (los productores de armas, los responsables administradores de la ley) estamos legitimados para producir más armas que los otros deberán consumir, para respaldar la ley —y para quebrantarla.
Si alguien, como el asesino de Virginia Tech compra un par de armas con más facilidad y cien veces más rápido con que uno puede comprar un auto, y comete una masacre, toda la responsabilidad radica en el desquiciado. Entonces, se llega a una trágica paradoja: una sociedad armada hasta los dientes está a la merced de los desquiciados que no saben ejercer correctamente su responsabilidad personal. Para corregir este problema, no se recurre a la responsabilidad social, combatiendo las armas y el sistema económico y moral que lo sustenta, sino vendiendo más armas a los individuos responsables, para que cada uno pueda ejercer con más fuerza su propia “responsabilidad personal”. Hasta que vuelve a aparecer alguien excepcionalmente enfermo —en una sociedad de santos los demonios son excepciones muy frecuentes— y comete otra masacre, esta vez más grande, ya que el poder de destrucción de las armas siempre se perfecciona, gracias a la alta tecnología y a la moral de los individuos responsables.
* Jorge Majfud, escritor uruguayo, es profesor de Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos.
http://alainet.org/active/17005&lang=es

miércoles, 18 de abril de 2007

¿Quién es el hijo de puta de quién? / Javier Ortiz

17-04-2007
He leído la frase atribuida a varios mandatarios estadounidenses y referida a distintos sátrapas latinoamericanos, pero lo más común es asignársela al presidente Franklin Delano Roosevelt y pretender que la dijo con relación al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García: «Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

Se trata, aparentemente, de un brutal pero sencillo ejercicio de realpolitik. Podría expresarse de modo aún más explícito: «Se trata de un individuo que recurre a métodos repugnantes y es éticamente detestable, pero se enfrenta a nuestros enemigos con mucha eficacia, y eso nos viene tan bien que resulta razonable hacer la vista gorda ante sus desmanes». Podría decirse que Franklin Roosevelt –que no fue ni mucho menos de lo peor que ha habitado en la Casa Blanca– reconoció en voz alta lo que la mayoría de los gobernantes de los países que presumen de democráticos hacen a diario en las más diversas latitudes.

Los casos abundan.

Putin, por ejemplo, es un hijo de puta (dicho sea empleando su lenguaje, que no me gusta). Es un perfecto malvado. No hay más que ver las barbaridades que viene haciendo en Chechenia. No hay más que comprobar cómo trata a la oposición. Pero no hay dirigente occidental que se atreva a tratar como a un hijo de puta a un hijo de puta que goza de tanto poder y cuenta con tantas bombas atómicas, tanta aviación, tanto gas, tanto petróleo… tanto de tanto importante, salvo de apego a los derechos humanos y de vergüenza.

Los dirigentes chinos son unos hijos de puta (con perdón para las putas, insisto). Niegan a su pueblo las libertades más básicas y recurren más que nadie a los juicios sumarios y a la aplicación de la pena de muerte. Pero Occidente, con María Teresa Fernández de la Vega como última embajadora especial, los agasaja, porque tienen un mercado enormemente apetecible y produce a unos precios de escándalo, gracias a su falta de escrúpulos en todos los órdenes. Ellos también son hijos de puta a los que hay que cuidarse de tratar como tales.

Mohamed VI es, vaya que sí, un archihijo de puta, pero es el protegido de Washington y permite a varios estados europeos, entre ellos España, hacer negocios estupendos, y además, mal que bien, actúa como guardia de fronteras. De modo que, si hay que hacerle la pelota y, ya de paso, traicionar al pueblo saharaui, pues se hace, que la vida está muy achuchada y no cabe andar con remilgos.

¿Qué no decir, en esta misma línea, de los gobernantes argelinos, que detentan un poder que usurparon gracias a un golpe de Estado? Son unos grandísimos hijos de puta, pero con un gas que arde de puta madre –digamos, por seguir con la misma imagen– en nuestras cocinas y en nuestros calentadores de agua.

¿Sigo con el recuento? Supongo que no hace falta.

«Son todos ellos unos hijos de puta», dicen los Roosevelt de hoy, «pero son nuestros hijos de puta».

¿Sí?

No. La frase encierra trampa. Da a entender que quien la dice es partidario de los métodos de gobierno limpios y democráticos (y que él, en particular, los aplica), pero que tiene que aceptar, por causa de fuerza mayor, que algunos brutos no lo hagan.

Pero eso es falso. Porque ellos mismos se sirven de métodos repugnantes cada vez que les hace falta. ¿O alguien se cree que la CIA y el FBI en tiempos de Roosevelt no mataban, no torturaban, no se saltaban a la torera el derecho internacional en cuanto les estorbaba?

Es una coartada. Lo que diferencia a los unos y los otros no es su calidad ética, sino sus respectivas circunstancias. Hijos de puta, lo que se dice hijos de puta, lo son todos.
Precisiones.– 1ª) Un lector me escribe apuntando que la célebre cita a la que me referí en mi apunte de ayer («He may be a son-of-a-bitch, but he is our son-of-a-bitch», o sea, «Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta») debe asignársele a Cordell Hull, que fue secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt entre 1933 y 1944, y no al propio Roosevelt. También asegura que Hull lo dijo refiriéndose al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, y no al patriarca de los Somoza. Es muy posible que tenga razón. De hecho, hay documentos en la Red que respaldan esa atribución. Pero también cabe encontrar otros que insisten en achacársela directamente a Roosevelt y que meten a Somoza de por medio. Mi problema es que no encuentro una fuente que pueda dar por fiable y solvente. 2ª) Cometí un error al hablar de la CIA en tiempos de Roosevelt. La CIA fue creada en 1947, bajo la presidencia de Harry Truman, a partir de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) y de la Oficina de Inteligencia Naval (ONI). Los EEUU realizaron acciones ilegales secretas fuera de su territorio antes de 1947, pero no a través de la CIA, obviamente.