“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

miércoles, 26 de febrero de 2020

Crónica de viaje: Lisboa

Lisboa, Portugal. Febrero 2020.

No es este el orden del viaje, pero creo que no importa mucho el orden cronológico, creo que en realidad no importa ningún tipo de orden.



Me habían recomendado varios lugares para que los visitara y los tenía señalados. Recién había llegado la tarde anterior y aún no me ubicaba espacialmente, así que simplemente salí a caminar, a buscar algo para el desayuno. El clima perfecto, un frío bastante llevadero con una chaqueta, sin necesidad de bufanda y gorro. La noche había sido larga tras caminar de bar en bar por el Barrio Alto (que merita un apunte). Ya para ese momento me parecía que Lisboa era una ciudad hermosa. Lamentablemente, eso sí, tomada por el virus del turismo (siendo yo mismo parte de ese virus, más bien plaga), que encarece y desplaza la vida de los habitantes, vaciando la ciudad convirtiéndola lentamente en un gran centro turístico. En todo caso, como decía salí a buscar comida por la mañana. Caminando casi sin rumbo, y sin querer me encontré con uno de los puntos señalados para visitar: la Fundación Saramago.

Subí las gradas llenas de frases del Nobel, en las paredes ediciones en todos los idiomas de los libros de Saramago traducidos a muchos idiomas, ¿cómo sería la traducción al polaco o al checo? Ha de ser difícil esa traducción, todas las traducciones al español fueron hechas por Pilar, la compañera de Saramago. En otras paredes había recortes de periódicos y fotos de la amplia y conocida participación política de Saramago en mitines del Partido Comunista Portugués. Al final, como siempre la tienda, llena de libros y también muy distintas traducciones. Algunos de los libros, no traducidos al español, en su versión original en portugués, ediciones lindísimas. Los precios accesibles, es decir, al mismo costo que en cualquier librería.

Antes de llegar a la tienda me encontré con esto:


"Se perfila una de entender el mundo definida por tres vectores muy claros: la neutralidad, el temor y la resignación" 

Y me acordé de la visita que Saramago hizo a Costa Rica en 2005 a propósito de la Feria del Libro de ese año. En aquella época ya estábamos en plena discusión del TLC, la carrera electoral ya se había abierto, y Arias, tras el más que cuestionable fallo de la Sala IV, ya era el candidato a la presidencia por el PLN y los poderes fácticos. El ensayo sobre la lucidez se había publicado el año anterior, y en Costa Rica, como no podía ser de otra forma, la novela fue interpretada en clave electoral – la única que tienen algunos sectores para interpretar esta “democracia nuestra” –, y los medios se preguntaban qué ocurriría si en las elecciones de 2006 pasara lo mismo que en la novela de Saramago, siendo que ya en las anteriores elecciones de 1998 y 2002, el abstencionismo había aumentado. Lo que llamaban el “desencanto con la política” se expresaba más bien en una especie de “hastío democrático” y se expresó en las urnas (emergencia del PAC) y también en no acudir a ellas. Claramente lo que ocurría era mucho más complejo que simplemente estar “desencantado”, como si la democracia hubiese perdido su atractivo, su "encanto", o como si nos hubiésemos liberado del hechizo mágico de la democracia. Los tertulianos y los medios hablaban de ese "desencanto" y se rasgaban las vestiduras, pero nunca profundizando en las causas verdaderas de la desafección a las elecciones.


Saramago inicia su Ensayo sobre la lucidez con una frase que parece casual, una coincidencia entre la lluvia y el día de las elecciones, pero que interpreto dice mucho más de lo que a simple vista parece: “Mal tiempo para votar, se quejó el presidente de la mesa electoral número catorce después de cerrar con violencia el paraguas empapado...”.



Aunque sea una simple descripción del clima en esa ciudad “cualquiera”, es un mal día para votar, no solo en el sentido meteorológico, también marca desde el inicio que el ejercer ese derecho (que tiene centralidad en el régimen democrático liberal) terminaría tan mal como empezó. Saramago relata un hecho insólito: “Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco”. Y por supuesto que se trata de un acto que resulta tan insólito como ficticio. Ante una situación como esta ¿qué hace el poder? En la novela de Saramago la opción fue repetir las elecciones ocho días después. El resultado fue similar. Incluso aumentaron los votos en blanco, provocando una crisis política, que se resuelve en la novela de la peor manera.

Desde mi punto de vista la discusión en torno a la cuestión electoral, como casi siempre, obviaba algo mucho más importante de la novela de Saramago, que cuando la elección se repitió, el resultado siguió siendo el mismo y los ciudadanos no daban muestra alguna de estar organizados simplemente ejercieron su derecho al voto en silencio. Las teorías de la conspiración desde el poder no se hicieron esperar, se buscaron culpables (hecho ficticio pero muy cercano  a la realidad), y la solución del partido de gobierno fue el estado de sitio, justificando la toma de medidas excepción, porque se traba de un "complot". Había que buscar un culpable, y si no existía había que inventarlo. Para mí, la cuestión de fondo está en algo que no se discutió en Costa Rica, pero que es central, y tiene que ver con nuestros derechos como ciudadanos: ¿qué pasa cuando la gente simplemente decide ejercer plenamente sus derechos? Que en el papel suenan muy bien, pero en la práctica el pleno ejercicio democrático de nuestros derechos (más allá del voto) suele chocar de frente con el poder y el capital.

En el Ensayo sobre la lucidez los ciudadanos decidieron, sin más, ejercer su derecho a acudir a las urnas y dejar en blanco las papeletas, no votar por ninguno de los candidatos que no los representaba. La crisis sobreviene porque el sistema no está diseñado para que los ciudadanos ejerzan plenamente sus derechos, eso no está contemplado, el sistema está diseñado para que se vote por uno o por otro, porque para eso son las opciones, nos gusten o no, aunque haya que votar por "el menos malo", por el mal menor. El resultado en esta novela, al plantear una encrucijada en la legitimidad del sistema que sostiene el andamiaje imaginario de la libertad capitalista (la “libertad de elegir”), hace caer la máscara democrática y deja ver la cara autoritaria del sistema, no hace falta ya disimular, el golpe es tal que no se sabe qué hacer, ¿cómo explicar que una amplia mayoría no quiere que nadie sea electo si total da lo mismo? ¿qué hace un gobernante con eso?

Y cabe pensar y preguntarse qué pasaría si con esa misma contundencia de no querer elegir a ninguno de los que se presentan en la elección también se exigieran otros derechos. O sea si se trascendiera lo electoral y asumiéramos de forma radical todos los derechos que en el papel como ciudadanos tenemos. La respuesta para mí es clara, este acto radical de ciudadanía equivaldría a un acto de la más pura rebeldía. Si como ciudadanos nos tomamos cabalmente la promesa democrática burguesa, realmente subvertíriamos el orden establecido, y se caería esta democracia de papel. Asumir de forma radical los derechos, creérselos y exigirlos es una seria amenaza para el sistema, porque el sistema no admite cuestionamientos, no admite que se ponga en duda su legitimidad. 

La "libertad de elección" termina siendo una ilusión, ya sabemos lo que ocurre cuando aparece tan solo una  tibia alternativa, resulta una "amenaza", toma la forma de "comunismo", ese enemigo tan temido y necesitado, da igual que no haya comunistas. Solo recodemos el memorando del miedo (2007), y la "amenaza comunista" del Frente Amplio (2014). Creemos ser libres, pero nuestra libertad la delimita el mercado, Pepsi o Coca-Cola, McDonald's o Burger King... pensamos que cuando acudimos al supermercado elegimos, pero en realidad hay todo una estructura comercial y publicitaria que nos empuja a consumir sin que realmente podamos tomar una elección racional. Se trata de una gran mentira, una gran ilusión, una estafa absoluta. Pensamos que podemos elegir la forma en que nos gobiernan, pero sólo podemos escoger cuál partido será más o menos conservador y neoliberal, ¿o acaso no fue eso la elección del 2018?. 

En el Foro Social de Sao Paulo en 2005, José Saramago se preguntaba "¿dónde está la democracia?", y decía, entre otras cosas, que los discursos políticos de la actualidad aún cuando no buscan mentir abiertamente, no dicen la verdad, porque manipulan y falsean. Saramago insistía en que no era un utopista, porque la utopía era un lugar que no existía, y esto significa en términos prácticos que alguien que necesita unas cuantas cosas está consciente de que no es posible alcanzar esas cosas que necesita viviendo de mitos, creencias y cosas que no tienen que ver con la razón. Por eso los embaucadores se hacen con el poder, específicamente con el dinero, no viven de la utopía. Paro Saramago utopía es una palabra vacía, que no significa nada y le da igual a los cientos de millones de personas que viven en la miseria. La palabra utopía se puede llenar con cualquier cosa, y por eso es necesario que la izquierda reinvente los conceptos. Las palabras no significan lo mismo de una época a otra. Las palabras no se puede resistir y son utilizadas a veces para decir cosas diametralmente opuestas a lo que significan. 



Y concretamente Saramago se refirió a la democracia. Decía que “... todo se discute en este mundo, pero hay una única cosa que no se discute. No se discute la democracia, la democracia está ahí, como si fuera una especie de santa de altar, de la que ya no se esperan milagros, pero que está ahí como referencia. Y se entiende que la democracia en que vivimos es una democracia secuestrada, condicionada, amputada, por que el poder del ciudadano, el poder de cada uno de nosotros, se limita, repito, se limita en la esfera política, a retirar a un gobierno que nos nos gusta y sustituirlo por otro que tal vez nos pueda llegar a gustar, nada más. Pero las grandes decisiones son tomadas en una esfera distinta, y todos sabemos cuál es. Las grandes organizaciones financieras internacionales, el FMI, la OMC, el BM, ODCE. Todos... ninguno de esos organismos es democrático, y por tanto ¿cómo es que podemos seguir hablando de democracia si aquellos que efectivamente gobiernan el mundo no son elegidos democráticamente por el pueblo? ¿quién escoge a los representantes de los países en esas organizaciones? ¿Sus respectivos pueblos? ¡No! ¿Dónde está entonces la democracia?”.

Al preguntarse Saramago dónde está la democracia, es obvio que no se refiere a un lugar concreto, tampoco a una especie de “pérdida” de la democracia, es un simple señalamiento de que eso que llaman democracia no lo es, ni siquiera en su forma liberal más elemental. Para llegar concretamente a la pregunta de dónde está la democracia ha hecho toda una reflexión sobre quienes son los que toman las decisiones y quién los eligió (los poderosos), "dónde está la democracia" remite precisamente a su ausencia. Lo que Saramago entonces denuncia es que esa palabra es vacía, o como mínimo pervertida.

Hay que recordar que estas palabras de Saramago fueron pronunciadas en 2005, antes de que la crisis financiera se hiciera global, y quedara en evidencia que la democracia occidental no era suficiente para resolver los temas de las grandes mayorías, y que más bien, mantenía a una minoría, además corrupta, en el poder, y que ese modelo de democracia fuera cuestionado de forma más sistemática. No habíamos visto aún las imágenes de la policía apaleando a la gente que protestaba en las plazas, no habíamos asistido al obsceno rescate de la banca estadounidense. Corren malos días para votar, para el ejercicio de esa democracia liberal, corren tiempos complicados para el sostenimiento de este régimen político, porque la crisis financiera lleva intrínseca la crisis del régimen político también, y esa crisis tiene el germen del fascismo (ejemplos lamentablemente sobran: Trump, Bolsonaro, Orbán, Vox en España, y un largo etcétera). 

Lo que está en el fondo es la disputa por lo económico, o como decía Marx en el Manifiesto, la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, de lo que se trata es del dominio de clase. Por eso es que los derechos ciudadanos tienen un límite, y ese límite es “la billetera” de la clase dominante. Cuando se tocan sus intereses, es decir, cuando se toca la propiedad (entendida como los medios de producción), desaparecen los derechos. La sola amenaza es motivo de suspensión de las garantías sociales, la novela de Saramago lo aborda brillantemente, tan sólo se tocó la legitimidad política del sistema, ni siquiera se llegó a poner en cuestión la propiedad. 

Si han llegado a este punto, ya se habrán dado cuenta que la crónica de viaje se perdió en el camino, posiblemente porque de eso se tratan los viajes, de pensar que uno tiene una ruta, de pensar que uno  va a llegar a un lugar, pero que en la realidad llega a otro. Y en realidad no había un sitio imaginado al que llegar, porque Lisboa, aunque me había dicho que era una ciudad hermosa no la había imaginado, no busqué fotos, no busqué mapas, pregunté por sitios a los que ir, y simplemente me dejé sorprender, y claro descubrí muchos sitios, llegué a muchos lugares... pero tuve tiempo para pensar mientras caminaba, para imaginar. Ya habrá tiempo para seguir con la crónica de viaje, mientras, pues llegamos a otro lado.





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1 comentario:

  1. Nunca he estado en Lisboa. O, mejor dicho: la he conocido por medio de la obra de José Saramago. Por eso puedo decir que la Fundación Saramago queda en uno de los barrios más antiguos, cuyo mismo nombre: Alfama, recuerda sus orígenes moros. En ese entorno se instala mi libro preferido "Historia del cerco de Lisboa", justamente sobre la muy actual persecusión étnica.
    Las calles de Lisboa reflejan los ecos de la resistencia.
    Ese es el regalo que trajiste en tu corazón. Muchas gracias por compartir.

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