Nueve años despues y diez días antes de mi a Barcelona, murió Pablo. Es una mera casualidad. O no. Puede que signifique algo, aunque lo más probable es que no signifique absolutamente nada, y solo sea eso, una casualidad. Igual no tiene importancia. La tendria solo si uno piensa que hay ciclos que se cierran. Pero un ciclo de qué, qué se cierra, qué se había abierto hace 9 años. Ni idea. Seguro que nada.
Caminando por La Rambla pasé por la tienda Beethoven, y no la recordaba, hasta que la vi. Entré. Vi las cajitas de música , eran otras. Y me invadió una tristeza absoluta. No lo pude evitar. Me solté a llorar. El dueño de la tienda me vio, pero no dijo nada. Pero le conté la historia de la cajita de música, hizo una cara de angustiada solidaridad. Me dijo que lo sentía, no sabía qué más decir. Y la verdad es que no hay habia nada más qué decir.
Nueve años han pasado ya, 3287 días, y ninguno de esos días he dejado de pensar y extrañar a Prisci. Estoy a no sé cuántos kilómetros de distancia. La tristeza se lleva siempre, va por dentro, aunque ya no duela como antes.
Daría lo que fuera porque las cosas hubieran sido diferentes, pero a estas alturas ya sé que no dependía de mí. Asi que lo que toca es convivir con el dolor eterno que solo se acabará cuando yo me lo lleve a mi tumba.
Con casi 50 años solo vamos sumando y llorando a nuestros muertos, y desgraciadamente a los más jóvenes, Pablo, Prisci, que debieron morir mucho después de mí. Pero así parece que es la vida, impredecible. Desde esta lejanía temporal les lloro. Les extrañaré hasta el día de mi muerte, y me reúna con ellos. O no.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario