“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró

miércoles, 14 de marzo de 2007

El día que murió mi niñez

No sé si a todo el mundo le pasa, pero supe perfectamente cuándo murió mi niñez. De ella queda una nostalgia crónica. Pero afortunadamente también queda la casa en la que vivo. Fue en esta casa en la que crecí. Conozco esta casa desde que me acuerdo, cada rincón, cada pared, sus gradas, sus habitaciones, la vista a través de la ventana ha cambiado, pero curiosamente es la misma, siempre me pregunto “¿qué había ahí antes?”, y no logro recordarlo hasta que veo la foto, y digo, “mirá, si es cierto...”, pero de todas formas, y aunque lo que hay afuera ha cambiado, la ventana es la misma, hasta los vidrios son los mismos, también el ángulo en el que se mira.

Para mí, luego de un “exilio forzado” (me fui del barrio por diez años), el cambio de lo que había alrededor a esa vieja casa (que hasta tiene ceniza volcánica de la erupción del Irazú) se hizo más evidente después de todo ese tiempo. A los vecinos el cambio no se les ha hecho tan brusco, obvio, pero las cosas han cambiado tanto que hasta asociación de barrio tenemos.


En fin, cuando uno vuelve lo reconoce todo, lo recuerda todo, uno nota que algunas cosas han cambiado, quizá demasiado. Pero uno se siente en casa. Por supuesto, que soy consciente del cambio ocurrido, y eso me hace añorar otras tantas cosas, como por ejemplo la mejenga en la calle (ahora no hay forma, demasiados carros), los juegos al final de la tarde por todo el barrio, la pulpería de la esquina que ya no está, aquella tranquilidad que se solía sentir en el barrio. Todo eso es factible recordarlo, lo comparo, me doy cuenta de que este es casi otro sitio, pero es el mismo, y si veo la foto en la que estoy con mi hermano mayor jugando carritos en la acera (teníamos como cuatro o cinco años, tal vez menos) me doy cuenta de que este lugar ha cambiado todavía más.


Miro por la ventana de atrás y fácilmente me doy cuenta que los árboles han crecido significativamente, ya no me dejan ver “las calles” (así le decíamos a lo que ahora la Municipalidad de San José ha bautizado como el “Polideportivo Aranjuez”). Precisamente en este cuarto en el que estoy escribiendo esto, dormí por mucho tiempo, aquí tuve las peores pesadillas de la infancia (un frasco de pastillas con guantes de boxeo, se medía contra mí en un ring que cada se hacía mas pequeño, créanlo eso era una terrible pesadilla), en este cuarto muchos domingos me hice el dormido para no ir a la iglesia, también este cuarto encontré lecturas tan interesantes como las de “Kalimán”. En el cuarto de la par (que ahora es mi dormitorio) aprendí a jugar Atari, supe de Maradona, de Zico y de Platini, en ese cuarto escuché música disco, pero sobre todo tuve las mejores jornadas de juego de toda mi vida.


Esta vieja casa encierra mucho para mí, conozco cada rincón de esta casa, es más, cada rincón contiene un recuerdo, a veces muchos, de diferentes épocas, y es muy interesante ponerlos todos juntos, porque puedo verme a diferentes edades.


Es extraño volver luego de diez años, todo ha cambiado en este sitio que se me hace tan familiar, es el mismo sitio, solo que diferente. Pero más extraño, y melancólico es estar en esta casa, en esta querida casa. Que sigue siendo la misma, salvo por un pequeño detalle: ya no vive en ella mi abuela. Y eso lo cambia todo, esta fue su casa, esta fue mi casa, aquí crecí, con ella. Mi abuela murió hace un año, ¡cómo pasa el tiempo! Todavía puedo escuchar su voz, puedo ver su cara, puedo verla sentada en su mecedora, todavía puedo escuchar el canto del Ave María al mediodía, todavía me acuerdo a que sabía su comida, puedo recordar con toda claridad cuando me llamaba a comer y luego venían los dos confites de rigor ¡Cómo quisiera que estuviera viva! Porque con ella se murió mi niñez.

1 comentario:

  1. Es curioso como en las "ausencias" terminamos reconociendo nuestra historia, viéndonos a nosotros mismos... Si la escuchas ella está ahí, si la recuerdas ten por seguro que esa ausencia "física" si que es lo de menos, porque ellas, nuestras abuelas, siempre están con nosotros. Nos llevan de la mano de otra forma y nos siguen dando confites, de esos que nos saben a recuerdo.

    ResponderEliminar