Ignacio Martín-Baró
lunes, 19 de agosto de 2013
La culpa...
Pero más allá de la existencia o no de Dios, y de lo que yo crea o no crea, nuestra forma occidental de vivir está cimentada en el cristianismo, y más que en el cristianismo en una deformación muy mal intencionada. Nuestra civilización es la civilización de la culpa. Vivimos atrapados por la culpa. Y por la culpa hacemos y dejamos de hacer. La culpa está sostenida por una moralidad fundamentada en el pecado. En lo que alguna vez nos dijeron que Dios prohibía y castigaba. Nos han educado desde el miedo, desde el miedo al castigo... la condena es el infierno donde arderemos por los siglos de los siglos, amén.
Montados sobre esa moralidad de la culpa, de lo bueno y lo malo según el cura, que dice que dios le dijo al papa, o a no sé quién qué es lo se debe hacer, nos controlan, rebelarse contra esos santos preceptos es pecado, herejía condena, sobre eso se ha cimentado nuestra cultura. La culpa la llevamos tan adentro, tan asumida, que se nos hace ya natural, tanto como esa estupidez del pecado original. Somos hijos del pecado dicen algunos, esos mismos que quiere perpetuar el miedo, y dominarnos desde la culpa.
En lo que a mí respecta estoy hasta los huevos de esta maldita cultura de la culpa, pero más todavía de ese montón de hipócritas moralistas que pretenden que vivamos la vida muriéndonos de culpa, temiendo al infierno, pero que están llenos de odio y de prejuicios. Estoy harto de que quieran decirnos cómo vivir, cómo disponer de nuestro tiempo, de nuestro cuerpo, nuestro sexo... Estoy harto de esa fe ciega que no les permite pensar y ver las cosas desde el sentido común y no desde su mundo de delirio religioso surrealista.
Se darán cuenta que no estoy harto de Dios, y en el fondo no reniego de Dios, no me interesa, reniego de sus fanáticos. Esos que desde su discurso de la culpa se la han montado, y han hecho que la vida sea una apelación para gastar, consumir y acumular, mientras se despilfarra lo único que tenemos en esta vida, que es nuestro tiempo, como diría Mujica. Es por eso que el presidente uruguayo considera que esta civilización cristiana occidental es un fracaso, y gigantesco. Yo le agregaría que es una estupidez, nuestra forma de vida es una verdadera estupidez. Si uno se detiene a pensar para qué vive uno, se dará cuenta de que no tiene sentido gastarse la vida entera produciendo y consumiendo, pero claro pensar en esto atenta contra lo que nos enseñaron. Porque pensar genera culpa, genera culpa el liberarse, fuimos educados para creer eternamente que Dios existe y que el capitalismo es natural. Para eso son las Iglesias, para eso es la escuela. Por eso uno de los ejes transversales de los programas de educación cívica es la internalización de la ley. Por eso es que no me gustan las iglesias, porque son tremendamente verticales, rígidas, no hay margen, porque incuban fanatismo, obediencia ciega. Porque si no, la cosa no les funciona. Las iglesias perpetúan la dominación.
Será tremendamente difícil que algún día pueda volver a una iglesia y no ver esa verticalidad, ese machismo, la moralina y las dosis enormes de culpa que se reparten. No puedo. Y me da mucho más coraje que algunos se crean superiores bajo toda su moral, que es tanta, que les da para tenerla doble y hasta triple. Que sean tan reprimidos y desde su represión digan que es lo bueno y lo malo, porque es lo único que comparten, su culpa. He visto a los más explotadores y cerdos con sus trabajadores creer que tienen una moral intachable, creyendo fielmente que escondidos bajo la sotana de un cura irán al cielo. He visto a los pastores forrándose de dinero con la fe de los pobres. Todo tipo de barbaridades se ven en las iglesias. Yo no quiero participar de eso, porque además no necesito de su culpa cristiana para vivir.
domingo, 18 de agosto de 2013
Domingo por la noche...
Quienes me conocen muy bien saben que odio los domingos. Sobre todo cuando se hace de noche y el lunes es una sombra que pesa tanto como la guillotina sobre la nuca del condenado (algo exagerado yo sé, pero de verdad que odio los domingos y así me pesan).
Comparto en su totalidad aquello que escribió Luis Chaves, y que fue publicado en el diario de Tibás, hace ya 10 años: "Nunca he disfrutado los domingos y todavía hoy no comprendo la generalizada alegría dominical. Ya desde niño era el día que amenazaba con el estreno de una nueva semana escolar. Nada que intentara como distracción lograba borrar aquella ominosa sensación que solemos ubicar en la boca del estómago. Allá al final del día me esperaban las obligaciones: limpiar los zapatos, preparar los útiles y el uniforme, programar el despertador. El lunes empezaba el domingo a las seis de la tarde. Ese padecimiento, una vez iniciado, nunca desaparece. Ni siquiera cuando, adultos, toca aportar nuestro granito de arena al índice de desempleo". Me pasaba justo eso que describe Chaves, lo de los zapatos y las tareas siempre fueron un tormento. Aunque hace 25 años no lo sabía.
Desde hace algunos años, los más recientes, los domingos por la noche experimento una especie de muerte lenta, pero a diferencia de aquella famosa canción de Sui Generis que decía "... solamente muero los domingos, y lunes ya me siento bien...", yo no me siento bien los lunes. Los lunes me siento peor, porque son un martirio para mí, nunca he logrado dormirme temprano un domingo, y eso hace que empiece la semana con todo el sueño y la pereza que un ser humano puede experimentar. Aclaro, me gusta mi trabajo, y que la verdad agradezco mucho trabajar en la U, en otro espacio no podría crecer lo que puedo crecer en al Universidad. Pero desearía que los fines de semana fueran más largos, que pudiéramos disfrutar más de nuestro tiempo, agradecería muchísimo que nuestra vida no estuviera, como lo está determinada por los ritmos de producción, que estuviera determinada más bien por el ritmo de la vida. Seriamos mejores personas si simplemente pudiéramos relajarnos un poquito.
Los lunes siempre han representado el inicio de la jornada escolar (como decía Chaves) - que nos prepara para el trabajo, nos moldea para el trabajo -; ahora es el inicio de la jornada laboral, que aunque muchos la ven con optimismo, yo la veo como el inicio de una nueva jornada rutinaria en la que se nos va la vida.
Pero el tema es que es domingo, y estoy terriblemente aburrido... quizá porque a veces la extraño, y siento nostalgia profunda (saudade se diría en portugués), por aquellos tiempos viejos buenos que ya no volverán (aunque vendrán otros muy buenos, de eso estoy seguro) en los que quería que no se acabara el domingo para abrazarla más, odiaba los lunes y el trabajo que me sacaban de la cama, y arrancaban de ella.
Esta sociedad de la producción de las cosas por encima de la vida, se reaviva los lunes, y nos recuerda con absoluta crueldad que no podemos quedarnos en la cama abrazados, queriéndonos; que tenemos que producir, porque el amor no es rentable al sistema, por eso es mejor para esta consumir sexo, vender sexo, el amor nos aleja de esta farsa, el amor da sentido a la vida, la producción de objetos nos aleja de la vida, nos acerca a la muerte, nos seca en el acto del trabajo, que debiera ser para el bien común no para el bien de unos pocos por encima del de muchos. Odio los domingos por la noche porque me recuerda que mañana será lunes, y que empezamos de nuevo a destruirnos en la producción, a alejarnos de nosotros mismos. Odio los domingos por la noche, porque no está ella que mata todos mis demonios, y con un suave beso me recordaba que a pesar de todo, la vida tiene sentido.