Cada vez que voy a una marcha (y eso es relativamente frecuente) pienso en este extraño acto de colectivizarse, de hacerse uno a través de muchos, de mostrarse. De caminar junto a muchos otros, muchas otras. En eso de llenarse de esperanza entre todos y todas. Creo que para eso sirven las marchas. Para poner en colectivo tristezas, preocupaciones, esperanzas y alegrías.
Cuando todas esas cosas negativas - producto del acoso laboral, de las políticas públicas que discriminan, o las decisiones que acaban con nuestros derechos, y tantas otras cosas que simplemente nos somete - se quedan en lo individual, las dejamos guardadas para nuestra soledad, pues sencillamente no hay forma de que nos vaya bien. Porque luchar solos contra el mundo es frustrarse, es perder, por eso el poder apuesta por la división, y por eso el poder se mantiene, y casi siempre nos aplasta. Porque somos invisibles, nos hacemos invisibles, nos hacen invisibles. Porque no reconocemos en el otro (a) los mismos problemas, por ego a veces, por miedo otras tantas.
Por el eso el salir a la calle y demostrar que no solo uno siente discriminación, miedo, frustración, indignación, ira, eso nos hace VISIBLES. Porque ese miedo de uno se diluye en el miedo de los otros para transformarse en esperanza, en fuerza. Salir a la calle es convencernos a nosotros mismos que no todo está perdido y que vale la pena luchar, porque no estamos solos, es el acto de reconocernos en el otro.
Ayer pasó eso. Nos reconocimos en esa diversidad tan grande que hubo. Unidos, unidas, por la indignación del discurso fanático, por la indignación que produce la estupidez y la intolerancia, porque creemos que se puede vivir mejor, es más, porque tenemos la certeza de que podemos vivir mejor, decentemente, sin miedo, sin ocultar lo que somos, reconociendo que la diferencia es lo natural, no la imposición de lo homogéneo.
Salir a la calle nos marca el camino hacia el vivir mejor, hacia la dignidad. Ayer salir a la calle hizo que mucha gente nos viera, y mandó un mensaje claro a los portadores del discurso del odio, somos muchos y muchas los que queremos un país decente, que respete nuestros derechos a ser diferentes, a pensar diferente.
Esto no se acaba aquí, todo lo contrario, aquí comienza. Ayer salimos miles a la calle, y es sólo el ṕrincipio, hay que acabar de una buena vez con el discurso del odio. Esta es la vía, haciéndonos colectivo, desde la diferencia, aportando desde nuestra individualidad para construir una nueva subjetividad, un nuevo mundo.