Y así como sin querer la cosa pasó otro año y llegué a los 38, y peligrosamente a los 40. Lo que para ser exacto, no me preocupa, me da curiosidad. Y para seguir siendo exacto, pasó otro año, pero no fue como sin querer, porque quería, no llegar al cumpleaños o a los 38, si no que se pasara rápido el año, ya quiero que sea diciembre (hay todo un traslape de fechas, jejeje). Este último año y medio han sido muy duro, bueno, sigamos siendo algo exactos, año y ocho meses, y eso de que ha sido duro este tiempo, también resulta cercano a la exactitud.
Cursar la Maestría ha sido complicado. Me ha resultado agotador. No es fácil llevar un bloque completo de materias, es decir cursos casi todos los días por la noche, y antes una "nivelación en enero y febrero de dos cursos, cuatro días a la semana, porque los politólogos creen que los psicólogos debemos llegar a su nivel, ellos llevan tres cursos de investigación (creo) y nosotros ocho, pero somos nosotros quienes debemos nivelarnos, vaya cosa. El reclamo será eterno, fue muy desgastante, y aportó muy poco, la verdad. Pero bueno el apunte no es carta de evaluación/queja dirigida al SEP. A lo que quiero llegar es que la carga ha sido dura. Trabajar tiempo completo termina de completar el cuadro. Todo el día breteando y las noches estudiando, y este año impartiendo un curso en Güápiles, y recién ayer lunes arrancamos en la Escuela de Nutrición. Más lo todo lo otro, o sea, lo más importante, el resto de mi vida, que tuvo sus cosas, no viene a cuento ahora, ni después.
Todo este... no sé, ¿listado de quejas?... o... no sé cómo llamarlo, en realidad me sirve para poner en perspectiva lo que realmente quiero decir. Y tiene que ver con el tiempo.
Las veces que he ido a Talamanca, o salgo y me desconecto, los días son más largos, también las noches. Agarro un libro y avanzo un montón. No estoy pendiente de la hora, nada lo marca, solo el sol, que no mide el tiempo. En mi "normalidad" ocurre lo contrario, los días pasan y casi son iguales, tanto, que aveces no se puede distinguir uno de otro, particularmente en la oficina. De repente ya es viernes nuevamente, y lo que es peor, más de repente ya es lunes, y a darle otra vez.
Y me pregunto, con este ritmo, ¿a qué hora vive uno? Trabajar ocho horas, para salir pitando a clases, para luego comer algo, ponerse a estudiar (a veces sin siquiera abarcar todas las lecturas o leerlas reposadamente, sin sacarle el jugo al estudio pues), para acostarse tarde y levantarse temprano al día siguiente para iniciar otra vez. Los fines de semana pendientes de las obligaciones académicas, y de pronto no dio tiempo y a montarse en el ritmito este otra vez. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Un pinche título? Pues parece, porque el pinche título abre puertas, sobretodo en esta academia que se cobra despiadadamente el derecho de piso.
Y yo sé que así la pasa mucha gente, y más que la pasa peor que yo. Y claro, es una porquería, porque si yo la paso como la paso, para los otros es claramente peor. Y eso me da más rabia, porque al menos yo tengo la pretensión de subir en un régimen que se supone es de méritos y vivir algo mejor, otros aunque le pongan muchas ganas no tendrán esa oportunidad. O sea, me cabrea, y mucho, esta lógica de vivir para producir. Que nuestro ritmo de vida sea el ritmo de la producción, y que esa lógica sea la racionalidad de nuestra sociedad, a eso que le llaman estilo de vida. Por eso es que hay que tener un título, hay que ser algo. Porque es la ilusión del esfuerzo individual, para ser mejor dicen. Es una estafa.
Eso es, simplemente pensar que se nos va la vida trabajando, para que algún cabrón se haga millonario con nuestro trabajo, y mientras, las grandes mayoría piensen que de verdad esos pocos que les roban su trabajo, se lo merecen, y que nosotros estamos condenados al sacrificio, porque claro nos espera una vida mejor y todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Se nos va la vida, así de simple. Y mientras, estamos de pelotudos gastándola en trabajar para otro. Mientras estamos destruyendo el planeta en nombre de la acumulación de mercancías. Estamos enfermos, de verdad que estamos enfermos. Y pienso que somos tan estúpidos, tan destructivos, que somos, como especie, una plaga. Me parece absurda nuestra forma de vida. Me parece casi trivial todo. Me parece absurdo pelearnos de esta forma por tonterías mientras lo realmente importante lo tenemos frente a nuestras narices y no lo vemos.
La vida misma, tan frágil, tan nada, tan todo. Es lo único que tenemos, es menos que un punto en esta eternidad, en este tiempo que hemos transformado en la unidad de medida para producir, para desvanecernos, para hacernos insignificantes, para evitar fundirnos con el todo. Para que no importen 38 años, porque sería únicamente nuestra existencia larguísima, sin tiempo, ligada a todo lo que nos rodea. Podríamos vivir mejor, todos, absolutamente todos, pero la vida la gastamos en acumular mercancías, nos la gastamos en la tontería del consumo, sin darnos cuenta que al final lo único que tenemos es esta vida. Que al final de cuentas ¿qué dejamos? ¿hijos? ¿alguien que lo recuerde a uno y con el tiempo y el afecto nos deforme? Eso es todo.
Por todo eso es que decía que este año y ocho meses ha sido difícil. Porque siento que me ahogo, que se va la vida. Y me pregunto si de verdad vale la pena, pero ya estoy casi en la otra orilla, no me voy ahogar ahora, no. Solo cuatro meses más con este ritmo. Y espero que no se me acabe la vida antes, sería patético, merecería el infierno por baboso, no por mala persona, sino de mero baboso.
Los 38, como verán, me pillan en un momento no muy optimista (eufemismo barato), pero creo que es solo eso, el momento. Supongo que se me pasará, y espero que no sea muy tarde para que lo realmente importante no haya pasado justo en frente de mis narices y lo haya dejardo ir, de puro pendejo.
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“O se opta consciente y reflejamente, o la opción de nuestra vida se realiza sin que ni siquiera caigamos en la cuenta de ello. Pero en cualquier caso, nuestra vida y nuestra acción se inscriben en uno de los sectores contendientes. No hay marginados frente al conflicto social; hay sencillamente, contendores abiertos y contendores solapados, luchadores convencidos y tontos útiles. Demasiadas veces, y más por ingenuidad que por mala voluntad, los universitarios formamos parte de este último grupo. Todos estamos comprometidos: resta saber por quién”.
Ignacio Martín-Baró
Ignacio Martín-Baró
martes, 11 de agosto de 2015
lunes, 13 de julio de 2015
Villoro sabe de fútbol...
Se acabó este semestre, al fin. En determinado momento, casi hacia el final, una de las profesoras de la maestría preguntó cómo nos iba con el semestre. Yo le contesté que me sentía como uno de esos jugadores de fútbol ya veteranos, en un partido que va por el minuto 70 y ya no quedan cambios, el partido es un intenso ida y vuelta, y miro a la banca únicamente para corroborar la angustia que también se vive desde ahí, pero con la diferencia que ellos saben que no pueden hacer más que alentar, o putear, a mí no me da, eso es lo más angustiante. Esa era la descripción más gráfica que podía hacer, así me sentía yo entrando al tercer tercio de mayo, como ese jugador veterano que sabía que no le quedaban muchos arrestos. Pues bien, aguanté todo el partido, pero a un costo altísimo. No viene al caso hacer el recuento ahora... ya habrá tiempo, de eso (del tiempo) ya escribiré.
Pero el tiempo también viene a cuenta. Hoy domingo, que de repente me encuentro con "mucho tiempo"... enviadas las notas de mi primer grupo, de mi primera vez como docente, terminados desde el viernes a las 11:50 p.m. todos los informes para mis cursos de maestría... estoy de repente con tiempo, solo, y sin saber qué hacer con mi tiempo y mi soledad.
Como la televisión está terriblemente aburrida, prendo humo blanco y me digo que la mejor forma de disfrutar de este tiempo, sin tareas y en solitario, es con un libro. Pedro Aznar y Jorge Drexler ponen el fondo musical. Ahora la cosa es cuál libro, y afortunadamente hay muchas opciones (perdón por rajar, pero sí hay muchas opciones).
Me encuentro dos sobre Benedetti que compré en Uruguay. Los pongo aparte, y de repente me sale uno de Juan Villoro y Martín Caparros: Ida y vuelta. Una
correspondencia sobre fútbol. Debo haberlo comprado en Buenos Aires, pero no recuerdo el momento, y es curioso recuerdo el momento y lugar en que he
comprado mis libros. Lo tomo y me dejo llevar por estos dos grandes. Un placer realmente. Ya había leído algún artículo de Villoro sobre fútbol, genial. Leí la columna diaria que Caparrós tuvo durante el pasado mundial en el País, luego decidieron cancelar su columna, y los putié todos los días como un mes .
El texto es una correspondencia que sostuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial del 2010. Empieza Juan Villoro, le contesta Martín Caparrós. Reflexiones agudas sobre el fútbol, la cultura. Le dice Caparrós, "el fútbol es uno de los temas menos prestigiosos de este mundo y, al mismo tiempo, hay pocas lenguas tan habladas como el fútbol...". Y Villoro luego le responderá "La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas, ya lo sabemos. La discusión de goles y partidos fue el pretexto y el disfraz para aludir a lo que en verdad importa: la amistad, el viaje, el regreso a casa, el dolor, la pérdida. la identidad, las cosas que queremos y no sabemos decir".
Caparrós le tira un pelotazo a Villoro haciendo una brillante reflexión de porqué el fútbol es tan nuestro, está tan profundamente arraigado, entre otras muchas cosas porque cualquiera podría ser una de esos que está en el terreno de juego: "En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero en el fútbol pueden jugar todos...", cualquiera podría ser, no todos.
Villoro, hace un pase a Caparrós. Y habla de la camiseta negra de México, y dice que esa camiseta negra tiene la misión oculta de emular al árbitro "... el máximo aficionado del fútbol. El hincha desorbitado...". Y comparto lo que señala, si el árbitro no se equivocara sería un juego muy aburrido, y todo depende de él: "un hombre que suda a diez metros del balón y tiene un segundo para decidir si lo que no alcanzó a ver bien fue un penalti o una caída teatral de escuela (...) los futbolistas juegan a ser dioses y el árbitro a ser hombre".
Villoro le dice a Caparrós que: "La administración del error humano ha sido un oficio bien llevado en nuestras canchas. Cuando el árbitro se equivoca en favor de México, una fanaticada que entiende de ilegalidades exclama: ¡Árbitro Justo!".
No sería mala idea que algún día alguien gritara en un estadio nacional algo similar. Cuando el árbitro se jale una cagada (que en nuestro futbolito es frecuente) le espete: ¡Árbitro Justo!... algún extranjero que presencie semejante acto, no comprenderá qué tanto sentido puede tener eso acá, porque cuando alguien grita así, en realidad está diciéndo desde lo más profundo de su ser: ¡Árbitro hijueputa!
Pero el tiempo también viene a cuenta. Hoy domingo, que de repente me encuentro con "mucho tiempo"... enviadas las notas de mi primer grupo, de mi primera vez como docente, terminados desde el viernes a las 11:50 p.m. todos los informes para mis cursos de maestría... estoy de repente con tiempo, solo, y sin saber qué hacer con mi tiempo y mi soledad.
Como la televisión está terriblemente aburrida, prendo humo blanco y me digo que la mejor forma de disfrutar de este tiempo, sin tareas y en solitario, es con un libro. Pedro Aznar y Jorge Drexler ponen el fondo musical. Ahora la cosa es cuál libro, y afortunadamente hay muchas opciones (perdón por rajar, pero sí hay muchas opciones).
Me encuentro dos sobre Benedetti que compré en Uruguay. Los pongo aparte, y de repente me sale uno de Juan Villoro y Martín Caparros: Ida y vuelta. Una
comprado mis libros. Lo tomo y me dejo llevar por estos dos grandes. Un placer realmente. Ya había leído algún artículo de Villoro sobre fútbol, genial. Leí la columna diaria que Caparrós tuvo durante el pasado mundial en el País, luego decidieron cancelar su columna, y los putié todos los días como un mes .
El texto es una correspondencia que sostuvieron Villoro y Caparrós durante el Mundial del 2010. Empieza Juan Villoro, le contesta Martín Caparrós. Reflexiones agudas sobre el fútbol, la cultura. Le dice Caparrós, "el fútbol es uno de los temas menos prestigiosos de este mundo y, al mismo tiempo, hay pocas lenguas tan habladas como el fútbol...". Y Villoro luego le responderá "La vida es lo que sucede mientras hacemos otras cosas, ya lo sabemos. La discusión de goles y partidos fue el pretexto y el disfraz para aludir a lo que en verdad importa: la amistad, el viaje, el regreso a casa, el dolor, la pérdida. la identidad, las cosas que queremos y no sabemos decir".
Caparrós le tira un pelotazo a Villoro haciendo una brillante reflexión de porqué el fútbol es tan nuestro, está tan profundamente arraigado, entre otras muchas cosas porque cualquiera podría ser una de esos que está en el terreno de juego: "En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero en el fútbol pueden jugar todos...", cualquiera podría ser, no todos.
Villoro, hace un pase a Caparrós. Y habla de la camiseta negra de México, y dice que esa camiseta negra tiene la misión oculta de emular al árbitro "... el máximo aficionado del fútbol. El hincha desorbitado...". Y comparto lo que señala, si el árbitro no se equivocara sería un juego muy aburrido, y todo depende de él: "un hombre que suda a diez metros del balón y tiene un segundo para decidir si lo que no alcanzó a ver bien fue un penalti o una caída teatral de escuela (...) los futbolistas juegan a ser dioses y el árbitro a ser hombre".
Villoro le dice a Caparrós que: "La administración del error humano ha sido un oficio bien llevado en nuestras canchas. Cuando el árbitro se equivoca en favor de México, una fanaticada que entiende de ilegalidades exclama: ¡Árbitro Justo!".
No sería mala idea que algún día alguien gritara en un estadio nacional algo similar. Cuando el árbitro se jale una cagada (que en nuestro futbolito es frecuente) le espete: ¡Árbitro Justo!... algún extranjero que presencie semejante acto, no comprenderá qué tanto sentido puede tener eso acá, porque cuando alguien grita así, en realidad está diciéndo desde lo más profundo de su ser: ¡Árbitro hijueputa!
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